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Un
turning point o momento crucial tuvo lugar durante mi juventud, tan concluyente
que aún permanece firmemente asentado en mi memoria. Fue un hecho bastante
trivial pero para mi tuvo un efecto impactante. El caso es que estaba como
siempre montado en el escenario realizando mi trabajo (músico) y como siempre el
público se arremolinaba para ver y oír a su “famoso” de turno. Mi trabajo
consistía en hacer música como dije para esos famosos, lo que llamamos en la
jerga profesional “músico alquilado”, así es que normalmente cuando estás
arriba del escenario no te fijas en el público pues ya estás acostumbrado y
normalmente te concentras en tu tarea, hacia una noche esplendida, principio de
verano y estábamos en un auditórium al aire libre por lo que tenia enfrente de
mi un cielo oscuro remachado de estrellas preciosas que me reconciliaban
conmigo, con dios, con la humanidad, en fin que todo era como tenia que ser:
perfecto. Y súbitamente pasee la mirada entre las primeras filas del público y
me topé con una pareja que de pie flanqueaban a un niño de unos diez o doce años
sentado en una silla de ruedas, el muchachito tenia una expresión encantadora de
estar disfrutando del espectáculo, feliz y contento me di cuenta que lo único
que poseía era el tronco y la cabeza, ni piernas ni brazos; resulta difícil de
explicar cuales fueron mis sentimientos y sensaciones, me sentí mal, triste,
furioso y muy muy enfadado con dios por permitir aquella situación que carecía
absolutamente de lógica... tal como yo la enfrenté en aquellos momentos.
Si había un dios de amor todopoderoso,
benevolente y amante de su creación, ¿por qué imponía ese injusto sufrimiento a
un ser que aún no había tenido tiempo de pecar? A partir de aquel día poco a
poco, imperceptiblemente se fueron derrumbando todas las expectativas que yo
había depositado en la figura del dios justo amoroso que se encargaba de
cuidarnos; por supuesto que existían el sufrimiento y las injusticias en este
mundo pero no lo relacionaba con la divinidad heredada de mis padres. Evadía las
responsabilidades del dios amoroso anteponiendo a su antagonista el diablo, el
espíritu del mal y asunto concluido, para lo placentero dios, para lo feo y
desagradable... la competencia y como resultado de estas cabalas pues el
verdadero beneficiado era yo mismo, pues cargaba mis responsabilidades sobre las
espaldas del dichoso maligno, el vecino, la vida, etc., etc. lo que fuera menos yo
mismo.
Hoy al cabo de los años de andar de acá
para allá buscándole las triquiñuelas a la vida me doy cuenta o mas bien intuyo
que sólo yo soy responsable de las circunstancias que me sobrevienen, es decir,
que mis acciones de ayer conforman las situaciones en las que me veo inmerso
hoy, y que mi futuro depende cual sea mi conducta hoy, y que de existir algún
dios no seria tarea de este el castigar o premiar ni tampoco crear o destruir,
adivinarán que estoy hablando de la ley de causa y efecto o Karma (acción), pero
lo dejamos aquí para que podamos reflexionar un poco acerca de
responsabilidades y decidir si es rentable comportarse lo más honestamente que
uno pueda para fabricar un futuro sin culpas ni “mentirijillas”-
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