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Mas que una enfermedad es una plaga. Emponzoña el aire
y llena de tensión y malestar nuestras almas. No podemos escapar de ella
porque está en todas partes y a todas horas. Invade el receptor y se adueña de
nuestras vidas.
Los niños y adolescentes quedan marcados y su formación se
resiente, llenando de posos turbios la senda que deben recorrer en su
proceso educativo. Es como una droga que nos aturde y, ¡que paradoja!, despierta
nuestros instintos más infames, los que nos convierten en personajes
despreciables.
Sus bravuconadas sólo tienen una razón de ser, su certeza de revertir en
prebendas que se acompañan de suculentas concesiones dinerarias.
Si conectamos nuestro televisor, están ahí. A todas
horas. Repitiendo lo de la noche anterior o lo de hace una semana, o
transmitiéndonos, con su verborrea imprecisa y huérfana de eufemismos, sus
nuevos insultos e improperios. Son personajes que se han subido a la palestra
para mostrarnos su zafiedad, sin escrúpulos. El dinero, el único motor,
incentiva sus actuaciones. No les importa lo que dicen o como lo dicen, ni la
persona o personas a las que zahieren, sólo les interesa llenar, hasta que
reviente, su faltriquera, podrida y llena de odio y estupidez.
Y nosotros, ilusos e incautos, adornamos nuestras
vidas con el desatino y el desprecio, porque los escuchamos y hacemos caso de lo
que cuentan. El mundo está perdido. Los valores personales se diluyen sin
alcanzar su fin, que es llenar de humanismo nuestra existencia.
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