| La curiosidad mueve el mundo. El
ser humano quiere saber. Le gusta buscar temas de
conversación para que su capacidad imaginativa, mezclada
con la fabulación, llene sus horas de asueto.
Todos tienen ansia por conocer al personaje. No les
importa el riesgo que pueda correr el ‘heroe? anónimo’.
Lo que no se concibe es que unos profesionales de la
información (¿periodistas?) ocupen sus horas de trabajo
en buscar a la persona que, tal vez sin medir el alcance
de sus acción, ha contribuido a desmantelar un comando
asesino. Tampoco se entiende que los responsables
superiores permitan la publicación del descubrimiento.
La ética, opino, es uno de los motores que impide la
consumación de nuestros instintos animales. En algunas
personas la ética está aletargada o muerta, y la
irresponsabilidad alimenta sus actuaciones.
Nuestra intimidad se ha perdido. Estamos desnudos
ante los que nos rodean. No podemos contribuir, como
seres responsables, a eliminar la barbarie y la
injusticia. Siempre habrá alguien que trate de descubrir
nuestra identidad, para, después de darla a conocer a
todo el mundo, dejarnos abandonados. ¿Cómo pueden así
surgir ‘heroes anónimos’? ¿No es demasiado cara nuestra
heroicidad?
El mártir ya ha perdido su razón de ser.
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