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La vida está llena de sorpresas. Algunas de
ellas agradables y otras no tanto. Todo lo
que relatamos a continuación es real. Disfruta
con ello. La vida es así.
Meter la gamba
Servicio de urgencias en el hospital. Una mujer entra, según ella, con fuertes
dolores de barriga. El médico, antes de la exploración, intenta indagar sobre
las causas del dolor:
-- ¿No comería usted algo que le haya sentado mal?
-- No - respondió la mujer.
-- ¿Ha sufrido en alguna otra ocasión dolores similares?
-- No. Esta es la primera vez que tengo un dolor como este.
-- ¿No estará usted embarazada?
-- ¡Imposible! Mi marido y yo practicamos el corpore in sepulto.
Era un hombre presumido. Sus explicaciones intentaban mostrar un alto grado de
conocimientos. Aunque su nivel cultural, y ya no digamos lingüístico, dejaban
mucho que desear. Entre sus quejas, a veces desmesuradas, se repetía con
frecuencia la referente a las malas condiciones en que se encontraba la
carretera que iba a su pueblo natal. "Después de una inmensa recta - decía - te
encuentras, justo en la curva, con un inmenso sovacón".
De él era también la expresión: "Tengo que pintar el coche. Me va a salir
carísimo. Tengo que hacerlo con pintura mentalizada".
La farmacéutica de aquella pequeña villa era una mujer
afable, simpática y que, además, trataba a sus vecinos con exquisita amabilidad.
Y, si era necesario, prestaba su apoyo incondicional para ayudar,
económicamente, a familias o personas que tuviesen dificultades monetarias.
Todos la tenían por una mujer extraordinaria. En cierta ocasión, un parroquiano
de cerca de setenta años, famoso por utilizar expresiones que no tenían nada que
ver con lo que se mentaba, le dijo, delante de varios clientes, en el interior
de la farmacia: "Doña Lucía, a usted, que siempre ayuda a todos y que no tiene
un mal gesto para nadie, debían levantarle en la plaza del pueblo un falso
testimonio".
No se sabía el dinero que tenía. Su empresa de
transportes iba viento en popa. Era un hombre joven, no pasaba de los cuarenta,
que cuidaba su aspecto y vestía, según los entendidos, con exquisita elegancia.
Era presumido y, cuando hablaba, daba la impresión de que entendía de todo.
Hacía propuestas para que, los políticos de turno, tuviesen en que ocupar su
tiempo. En cierta ocasión dijo, refiriéndose a la orilla del río en un paseo
frecuentado por mucha gente: "Habría que plantar unos arciprestes".
Los que deben tener un nivel cultural adecuado son, en
algunas ocasiones, los que más se alimentan de la ignorancia. En una reunión de
profesoras de religión en unos salones del obispado, una de las presentes
explicaba sus temores: "Lo que me da más vergüenza es cuando tengo que besarle
el prepucio al señor obispo".
La mujer no estaba obligada a saber. No había ido a la
escuela y casi no sabía leer ni escribir. Un día contó: "Mi marido y yo
compramos una mesa de fornica para la cocina". Una de las personas que
estaba presente, apostilló: "Si era de fornica mas que una mesa sería una cama". |