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Sociólogos y otros estudiosos
de las relaciones humanas han dado la voz de alarma: el deterioro en la
convivencia social que distancia a algunos padres de sus hijos y a los
educadores de sus alumnos, y que, en su peor versión, llena las páginas
de sucesos, tiene mucho que ver con el hecho de que las últimas dos
generaciones han transformado parte de un sistema de valores que parecía
asumido, o percibido como positivo, en sociedades desarrolladas como la
europea. La imparable violencia machista, los desencuentros entre padres
e hijos y entre estos y sus profesores, el culto que rinden a la
violencia ciertos sectores juveniles, el nuevo fenómeno de adolescentes
descontrolados durante fines de semana llenos de drogas y alcohol, el
creciente fracaso escolar y la consiguiente desmotivación de chicos y
chicas, la competitividad inhumana en algunas empresas... son
manifestaciones de una problemática que tiene muchas y complejas causas,
una de las cuales podría ser la quiebra de algunos valores universales
despreciados por su aroma a viejo o poco moderno, como el respeto a las
personas mayores, el cuidado con las cosas que son de todos o la cultura
del esfuerzo como medio para el progreso material y personal. Más de un
psicólogo y psicopedagogo comienza a reivindicarlos, aun a costa de
cargar con una imagen negativa de reaccionario o contrario a la moda y a
los valores en boga, como el individualismo, la satisfacción inmediata
de cualquier deseo o la diversión a toda costa. Parte de nuestra
sociedad parece solicitar que quienes tenemos responsabilidades, entre
otros padres, educadores y medios de comunicación, rescatemos esos
valores \"de siempre\" que promueven la vida en sociedad y dotan de un
sentido humano, cívico (¡qué palabra tan aparentemente arcaica y sin
embargo tan plena de significado hoy mismo!) y solidario a nuestras
vidas. Los valores nos hacen más humanos y más libres Tengamos presente
que la escala de valores y creencias de cada persona es la que determina
su forma de pensar y su comportamiento. La carencia de un sistema de
valores definido y compartido por la mayoría de la población instala al
sujeto, especialmente al menos maduro, en la indefinición e indefensión
y en un vacío existencial que le deja dependiente de otros y de los
criterios de conducta y modas más peregrinos. Por el contrario, los
valores asumidos como cultura, como lo que compartimos con los seres
humanos que nos rodean y con todos en general, nos ayudan a saber
quiénes somos, a dónde vamos, qué queremos y qué medios o herramientas
nos pueden conducir al logro fundamental de nuestra existencia: el
bienestar emocional, uno de los elementos esenciales de eso que
denominamos calidad de vida. Estos valores no dependen de los tiempos ni
de las coyunturas, porque nada tienen que ver con el sistema económico o
político vigente ni con las circunstancias concretas o modas del
momento. Son intemporales, de puro humanas y potenciadoras de la
sociabilidad y del equilibrio en la relación entre las personas que
resultan. Están por encima de las circunstancias, por su sólida
vinculación con la dignidad humana. Y porque promulgan el respeto a las
opiniones y necesidades de los demás. Son valores del yo, que no puede
desarrollarse si no vive en libertad y en coherencia con unos principios
íntimamente relacionados con la responsabilidad de entender que todos
somos seres humanos, con nuestra dignidad, nuestras necesidades,
nuestros gustos y nuestra propia emotividad. Iguales en nuestra
diferencia, en suma. La Declaración Universal sobre Derechos Humanos de
la ONU reconoce al hombre como portador de valores eternos, que siempre
han de ser respetados. Estos valores, reconocidos por todos, sientan las
bases de un diálogo universal y pueden servirnos de guía: al individuo,
para su autorrealización; y a la humanidad, para una convivencia en paz
y armonía. Enseñar con el ejemplo En las últimas décadas han primado,
quizá como reacción a anteriores planteamientos más coercitivos que
dialogantes, unas posturas pedagógicas más permisivas y abiertas,
basadas en el dejar hacer y en el principio de no coacción a la
espontaneidad de la persona. Esto se ha percibido especialmente en las
relaciones entre padres e hijos y entre estos y sus profesores. Hay
muchas causas sociales, políticas e incluso económicas (la mujer se
incorpora al trabajo remunerado y los padres apenas tienen tiempo para
ver, y mucho menos para educar, a sus hijos) que explican esta
evolución, pero no nos detengamos ahí. La sensación que prima en algunos
padres y educadores es que la experiencia aperturista no ha sido del
todo positiva. A los adolescentes les cuesta reconocer la autoridad
moral de padres y educadores y los problemas de convivencia afloran en
muchas familias. Y son demasiados los jóvenes (y mayores, por supuesto)
que se comportan ignorando los más elementales principios de solidaridad
y de respeto a los demás. De un seco y frío autoritarismo, poco proclive
a las explicaciones y menos aún a escuchar al niño o joven, hemos pasado
(permitámonos la exageración) a una permisividad del \"todo vale\" y se
estima que quizá tardemos toda una generación en recuperar la autoridad
dialogante, una autoridad que fija y marca límites justos, razonables y
negociables, necesarios para el aprendizaje de la libertad personal y la
convivencia social. Necesitamos una vuelta de tuerca. Si no se discute
que es difícil educar en valores cuando se mantiene una actitud
controladora y represiva, cada día está más claro que no es más sencillo
conseguirlo desde la tolerancia casi sin límites que parece reinar hoy
en muchos hogares. No son pocos los padres y educadores, y en general
adultos, que temen contrariar a los jóvenes, aunque la razón les asista.
Ahora bien, no se trata de autoculpabilizarnos, ni de culpar a nadie de
por qué y cómo hemos llegado donde estamos, si no de que cada uno, como
parte implicada, asumamos la cuota de responsabilidad que nos
corresponde en la educación en esos valores. Pero sólo en la medida en
que vivamos los valores que queremos trasmitir conseguiremos el
objetivo. Porque educar es, fundamentalmente, comunicar a través del
ejemplo, trasmitir actitudes y comportamientos. El testimonialismo pasó,
y muy justamente, de moda. No olvidemos nunca que ante los educandos
somos sus modelos. Uno a uno, diez valores muy rescatables :
1) Respetar a las personas
mayores: lo hemos vivido casi como una imposición \"por ser el padre o
madre, abuelo o abuela\"; cambiemos esa obediencia ciega por el sincero
respeto hacia quienes, con una vida de esfuerzos, nos han trasmitido la
próspera sociedad que disfrutamos.
2) Prestigiar a los educadores: volver a revestirles de la dignidad y
respeto que su profesión merece y aceptar su autoridad. Y trasmitirlo a
niños, jóvenes y adultos. Es imprescindible.
3) Solidaridad con los débiles (y no sólo con los marginados) que nos
rodean.
4) Respeto a los bienes y servicios públicos: educar en la máxima \"esto
es de todos y hemos de velar porque se encuentre en buen estado\" y en
la obligación de cuidar como nuestro el patrimonio común.
5) No dejarnos llevar por el consumismo. Nada tiene de malo el bienestar
material, pero intentemos ser consumidores conscientes e informados, y
controlar la ansiedad de comprar por comprar. Sólo conduce a la
frustración, al deterioro ecológico y a otros disgustos más prosaicos.
6) Aprender a escuchar: de forma incondicional (sin juicios ni
prejuicios), activa y empática, comunicando de verdad con el
interlocutor e intentando ponernos en su piel.
7) Aprender a esperar, a respetar el turno. Superar la ansiedad de ser
el primero, de conseguirlo todo a la primera y rápidamente. Los demás
también esperan.
8) Aprender a perder, a fallar, a asumir el fracaso como proceso básico
de todo aprendizaje de crecimiento personal. Un \"no\" hay que saber
asumirlo sin dramas. Tendremos que oír muchos en nuestra vida.
9) Desarrollar el sentido de responsabilidad, potenciar la cultura del
esfuerzo. Organización, puntualidad, empeño por hacer bien las cosas...
son planteamientos muy positivos.
10) Potenciar la autoestima, cuidar de nosotros mismos. Aceptación,
valoración y mimo hacia uno mismo. |