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Bajo la sombra de un olivo, en la campiña, cordobesa,
después, de haber regado con mi sudor los terrones de la
tierra, seca, por la larga y pertinaz sequía que padecemos,
comencé a meditar sobre mi futuro más inmediato, pues, tanto
yo, como mi familia depende de lo que buenamente la tierra
nos quiera dar. Sin querer llegaron a mi mente recuerdos de
mi pasada niñez, recuerdo como si fuese hoy mismo, lo que me
decía mi inolvidable MAESTRO. "Estudia, Enrique, el
futuro será del que éste bien preparado. Los conocimientos
son una buena mercancía y, cuanto más tengas mejor será
valorada en el mercado del trabajo".
Del fruto del amor que profeso a mi compañera, nació
nuestro hijo. Por él, nuestro hijo, estoy comprometido con
la comunidad escolar de un colegio publico y es por ello por
lo que plasmo en este dúctil papel lo que llega a mi mente
sobre su formación y próximo futuro y me es muy extraño, por
no decir imposible, que haya existido en todo el mundo algún
niño a quien no le hayan formulado la típica pregunta: “¿Y
tú, que quieres ser de mayor?” Ser mayor es el único
objetivo de cualquier niño. Se trata de crecer y de ocupar
algún puesto en la sociedad de los adultos. La pregunta
implica un necesario cambio de estado. Si insistimos en lo
que quiere ser, es señal de que no va a ser lo mismo que en
su infancia. Querer ser es cambiar, elegir, buscar y, toca
madera, encontrarse a gusto con el destino que se ha
elegido. Crecer es también admitir que los destinos no
siempre se pueden elegir y lo que normalmente sucede es que
somos nosotros los elegidos por el destino. A la pregunta,
“¿que quieres ser de mayor?”, se puede responder con sueños
o con prudencias. Hay quien dice que quiere ser como Carmen,
LA DIRECTORA, o como JUAN DE DIOS, con “mercedes”,
millonario, ingeniero, banquero, no bancario y otros que se
limitan a decir que de mayores van a ser lo que buenamente
puedan. Esa es la repuesta lúcida y correcta. Se acabó
preguntarle a los niños qué quieren ser de mayores, porque
eso les crea la falsa expectativa de que basta que ellos
quieran para que sus deseos se cumplan.
Hoy no basta con querer ser. Los miles de estudiantes que
entran cada año en los últimos cursos de su formación saben
de antemano que sus conocimientos y su competencia no van a
ser ninguna garantía de nada cara a su inserción en ese
invento tan deshumanizado llamado “MERCADO LABORAL”. Todo es
provisional y temporal. Y la propia valía o simplemente el
trabajo bien hecho no se corresponde con esa fuerza del
destino que son las reconversiones de plantilla, las
absorciones, fusiones o liquidaciones de empresa. Lo normal
es que de mayores seamos náufragos. Y la suerte estará en
encontrar la isla adecuada o el barco insumergible. Los
olivicultores o filósofos de los años 80, crecidos en la
Andalucía que acababa de estrenar la democracia o “ demos
gracia”, hablábamos o cantábamos la evidencia de no tener
futuro. Hoy, cuando desde las pantallas se nos dice que el
futuro no ha hecho mas que empezar, ¿cuál es el papel de los
ciudadanos del futuro? Quedan lejos los tiempos en los que
un trabajador entraba de aprendiz en una empresa y ahí
transcurría su vida entre promociones, trienios y
especializaciones. Hoy se pide a los estudiantes que se
preparen para esa carrera tan vaporosa llamada flexibilidad.
Se nos augura un mundo laboral abierto, siempre variable, en
el que quien vale, vale, y donde el tele trabajo
acaba con la imagen de la máquina de fichar y de las
oficinas siniestras. Los criterios ya no dependen de las
manías del jefe de personal o de los encargados. Hoy el
único criterio proviene de un programa de ordenador en el
que se sabe en todo momento la rentabilidad de cada tele
trabajador y su eficiencia cuantitativa. La flexibilidad
no tiene horarios, no tiene centro de trabajo, no tiene más
contrato que el que se deriva de la rentabilidad del puesto
que se ocupa. En realidad ya no existe esa antigualla
llamada “PUESTO DE TRABAJO”. Ahora lo que hay son proyectos
y equipos. Culminado el proyecto, el equipo se deshace y a
otra cosa mariposa. Si hay suerte, el gran hermano de la
pantalla reincidirá en emplear a los que lo hicieron bien.
Pero no necesariamente. La vida laboral es cada vez más
corta. Y esos estudiantes permanentes, artistas del sálvese
quien pueda, coleccionistas de master, domesticadores de los
teclados y políglotas de papel, esperan la oportunidad de
comerse el mundo sin darse cuenta de que el sistema se los
está comiendo rápidamente y les abandonará a su suerte
cuando les haya sacado lo mejor de sus primeros años al
precio más bajo. De vez en cuando aparecen por los medios
esos jóvenes de oro que han sabido abrirse paso a golpe de
ideas y de codazos. Pero por cada triunfador que sonríe,
¿cuántos de aquellos niños continúan sin saber siquiera si
algún día van a ser laboralmente mayores? |