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Dos cuentos taoístas: El dóberman y el reformatorio

Los perros, y también los gatos, forman parte de la vida de muchos de nosotros. Los que tenemos algunos con nosotros sabemos de lo que son capaces, de su nobleza y de su fidelidad. El pequeño cuento taoísta que tenéis a continuación es una prueba de ello.

La educación es fundamental. Todos los seres humanos deben tener acceso a todos los procesos que les permiten recibir todo lo necesario para convertirse, con el paso del tiempo, en personas, en individuos capaces de vivir en sociedad. El segundo cuento, El reformatorio, nos anima a reflexionar y a tratar de arbitrar todos los medios para que la educación sea elemento primordial en el devenir de la humanidad.

El dóberman

El dóberman

Un hombre decidió suministrar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro dóberman, porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que se resistía con todas sus fuerzas, le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote.

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Pero, un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para asombro de su dueño, el perro volvió dócilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces cuando el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.

El reformatorio

El reformatorio

Se hablaba de construir un reformatorio para muchachos y se solicitó el parecer de un célebre experto en educación. Éste hizo un apasionado alegato en favor de unos métodos educativos abiertos al diálogo y a la comprensión, urgiendo a los fundadores a no escatimar medios para conseguir los servicios de unos cuidadores bondadosos y competentes.

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Y concluyó diciendo: “Con lograr salvar a un solo muchacho de la depravación moral, ya habrán quedado justificados los gastos y los esfuerzos que se invierten en una institución de este tipo”.

Un miembro de la junta directiva, le dijo: “¿No ha estado usted ligeramente exagerado? ¿Cree de veras que el salvar a un solo muchacho justificaría todos los gastos y esfuerzos?”

“¡Si se tratara de mi hijo, sí!”, fue la respuesta.

NOTA: He visto ambos cuentos en el libro Gracias, maestros, escrito por Juan Carlos López Rodríguez.

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