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El que se casa trata de solucionar con la expiación su deseo de mujer.
Son más largas las calles de noche que de día.
El incienso es la naftalina que conserva sin apolillarse la religión.
Hay unas beatas que rezan como los conejos
comen hierba.
El capuchón de la pluma estilográfica es el dedal del escritor
siempre rodando entre la labor, siempre en medio.
Las monjas tienen los senos cóncavos.
Las calaveras son como huchas agujereadas de las que se repartió el
dinero entre los que siguen viviendo. La muerte se queda en la vida.
A las viejas bondadosas y queridas habría que
enterrarlas en las cómodas, en el último cajón de abajo, que casi nunca
se abre, y en el que se tienen las ropas de menos uso.
Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas.
Los tornillos son clavos peinados con ralla en
medio.
La lagartija es el broche de las tapias.
La tabla de lavar es el pentagrama de los
calzoncillos.
El termómetro es la pluma estilográfica de la fiebre.
Dormir la siesta es morir de día.
Tocar la trompeta es como beber música empinando el codo.
Entre los carriles de la vía del tren crecen
las flores suicidas.
El reloj no existe en las horas felices.
El péndulo del reloj acuna las horas.
Cuando el cisne sumerge en el agua cabeza y cuello es como la mano de
un brazo femenino que buscase en el fondo del baño una sortija.
Sobre la tumba del gran vanidoso crece el árbol
genealógico.
La araña es la zurcidora del aire.
Las golondrinas cortan con las tijeras de sus
alas el traje de la tarde. |