|
Ciento ochenta millones de mensajes de texto se
intercambiaron los usuarios de móviles en España durante la primera
hora del nuevo año. Mensajes de felicitación, cabe suponer. Pequeñas
efusiones verbales con las que desear a familiares y conocidos una
venturosa entrada en 2004. Ciento ochenta millones, es decir, una
media de más de cuatro mensajes por cada español. Y, sin embargo,
¿de qué extrañarse? ¿No nos ha vendido la publicidad que la libertad
reside en poder utilizar un móvil? ¿No vivimos persuadidos de que
nuestras necesidades de comunicación se hallan perfectamente
cubiertas si tenemos a mano en todo momento un artilugio que nos
pone en contacto con los demás? Entonces hagamos uso de él, para
sabernos libres, para sentirnos comunicados. Hagamos uso de él
aunque sea para transmitir, en esa jerga atrofiada que degrada el
idioma hasta lo irreconocible, el mismo mensaje predecible y
convencional que millones de usuarios están lanzando al aire en esos
momentos. Todo es una cuestión de dinero, sin duda, un formidable
negocio en el que las compañías de comunicación se embolsan
cantidades astronómicas por ayudarnos a satisfacer una necesidad que
ellas mismas nos han creado. Pero hay algo más en este asunto de los
mensajes, y no es que pretendamos sacar las cosas de quicio. Es sólo
que detrás de la imagen de una multitud que teclea al unísono
desaforadas fórmulas de felicitación para espantar el fantasma de la
soledad, para crearse una ficción de compañía justo en nochevieja,
cuando las convenciones sociales nos advierten de que quien no se
encuentre en medio del desmadre de la fiesta es un bicho raro, ya
saben, una especie de tarado social, hay materia para la reflexión.
Y esa reflexión nos lleva a considerar el orden que nos rodea como
una especie de fabricación de las apariencias dictada por unos
cuantos señores que conocen muy bien todo este asunto de la
psicología de las masas y la mercadotecnia, de la anulación del
sentido crítico. De modo que es el instinto de lo gregario lo que se
impone subrepticiamente, la paulatina claudicación del individuo en
una sociedad adocenada y autocomplaciente, y así, a poco que nos
descuidamos, nos encontramos felicitando la nochevieja vía mensaje
de texto, o haciendo guardia en la puerta de unos grandes almacenes
a la espera de que empiecen las rebajas, o inmersos en cualquier
otra iniciativa que dicte la moda del momento. Y así sucede con
todo, en realidad. Bailamos al son de la música que nos tocan,
guardamos cola cuando nos dicen que debemos hacerlo, en silencio,
sin un atisbo de desagrado o incomodidad. Y aguantamos porque en el
fondo creemos que somos libres, que somos singulares y que un montón
de rasgos nos hacen distintos de los demás. Y eso es lo más
sorprendente. Que en medio de los millones de mensajes de todo tipo
que se cruzan de un lado a otro del mundo, que a pesar del torrente
de palabras que circulan por la inmensidad de canales de
comunicación que nos rodean, todavía sigamos pensando -cada uno de
nosotros como un ser único, como un especimen aparte- que tenemos
algo diferente que decir.
Carlos Marín
- Blázquez
La Verdad
Digital
|