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Aprovechando un extenso artículo de Jorge Volpi, en El País el día 26 de enero, bajo el título "Expulsar a Dios de las escuelas", puede resultar interesante reflexionar sobre algunas cuestiones que hoy día se están debatiendo en la opinión pública, a raíz de la decisión del Gobierno francés de prohibir el uso del velo islámico y de cualquier otro símbolo religioso en las escuelas.
En primer lugar, y aunque sólo sea de pasada, el citado artículo contiene numerosos errores de concepto, y aunque no constituyen el motivo de este artículo, sí que pueden dar lugar a confusión, pues Jorge Volpi califica a las religiones monoteístas (judía, cristiana y musulmana), de profundamente antidemocráticas. Por ejemplo llama "facciones" a los distintos ritos litúrgicos de la Iglesias Católica (copto, armenio...), además de afirmar que se "detestan desde hace siglos". El autor no justifica de ninguna forma esta afirmación, sobre todo por una poderosa razón: porque no puede hacerlo, pues la realidad es la armonía y confraternización de estos ritos, la viven cada día millones de fieles, en unidad con el sucesor de Pedro.
Este articulista intenta convencernos que para vivir en democracia se requiere aparcar las creencias religiosas y vivir en un estado "laico" de una forma meramente aséptica. Pero una cosa es ser "laico" y otra muy distinta es plantear un estado "laicista" en la sociedad, igual que es diferente hablar de estado "no confesional". Es evidente que un estado no tiene porque ser confesional, imponiendo una determinada creencia religiosa, pero otra cosa distinta es la facilidad que debe dispensar a sus ciudadanos para el ejercicio y práctica de sus respectivas creencias, tanto de forma pública como privada, mientras no supongan una imposición al resto de ciudadanos.
Como bien dijo el conocido jurista italiano, Norberto Bobbio, conciencia crítica de la izquierda: "soy laico pero no laicista, porque también el laicismo es una iglesia con sus dogmas y anatemas".
Para Jorge Volpi, llevar un velo, un crucifijo o cualquier otro objeto u adorno, implica una actitud profundamente discriminatoria. Bajo este punto de vista, cuando alguien abra su cartera para enseñar el DNI, debe tener especial cuidado en tapar la estampa de la Patrona de su pueblo, pues puede ser catalogado de intolerante, discriminatorio y antidemocrático.
Hay una discriminación positiva y otra negativa. Es positiva la que radica en la propia diferencia, y que puede basarse en lo natural o en lo razonable, por ejemplo un varón no puede sentirse discriminado porque la mujer da a luz una nueva vida, mientras él no. Hay discriminación negativa, cuando ante la realización de un mismo trabajo, el varón percibiese una cantidad superior que la mujer. Estos conceptos deben tenerse muy claros, pues de lo contrario cualquier situación que se produce diariamente podría ser injustamente catalogada de discriminatoria.
Por último, Volpi quiere encerrar la religión en el ámbito privado (más bien en las catacumbas, de acuerdo a sus argumentos) y dice que "nosotros debemos expulsar a Dios de las escuelas". Pero de alguna forma, el articulista cae en su propia trampa, pues incurre en la intolerancia de sus propios argumentos. ¿Dónde deja la libertad de los padres para elegir la escuela que consideran más adecuada para sus hijos? Volpi habla de libertad, pero de una libertad sui generis, es decir para los demás lo estrecho y para él lo ancho.
Es evidente que nadie debe imponer sus creencias a los demás, pero debe poder ejercerla en libertad y con las garantías que cualquier Estado democrático debe salvaguardar. Recordemos la conocida votación que se realizó en España en los años 30, en la que nuestros representantes se preguntaron "¿Dios existe?", y al final Dios ganó por un solo voto. Hoy también nuestros representantes políticos, pueden hacerse preguntas de ese tipo, o si les parece difícil, podrían preguntarse a las 12 del mediodía ¿si es de día o es de noche?, o la que se ha hecho el Gobierno francés: ¿se puede llevar velo a la escuela?, pero además de hacerse la pregunta, han asumido la respuesta y en breve prohibirán este "dañino" adorno fundamentalista, que pone en peligro la armoniosa convivencia ciudadana.
Ante esta decisión, habrá quienes, como Volpi, se alegrarán por conseguir un paso más en su "estado laicista", pero otros pensarán que la libertad vuelve a ser zarandeada en pro de una incomprensible intolerancia.
José Javier
Ávila Martínez
opinadigital.com
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