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Hace días leí una noticia que me produjo un
evidente desasosiego. El alcalde de una de las más bellas
localidades marineras de Cantabria había decidido, sin previo
acuerdo municipal, retirar la cruz sita en el cementerio de la
villa. En el denominado camposanto. Las justificaciones dadas por el
primer edil, y que también se reflejaban en el medio informativo,
eran, como mínimo, muy poco fundamentadas y nada sólidas. Fue una
decisión personal y, en mi opinión, muy poco acertada.
Hubo reacciones, muy diversas y numerosas, de la ciudadanía, y el
alcalde, con buen sentido, rectificó. La cruz fue colocada
nuevamente en el cementerio.
Recordé entonces, ante la actuación del político socialista
cántabro, lo hecho por el profesor don Enrique Tierno Galván. Este
señor fue elegido alcalde de Madrid encabezando la lista electoral
del Partido Socialista. Cuando fue a ocupar el despacho oficial en
el Ayuntamiento, sobre la mesa de trabajo había un crucifijo. Uno de
los acompañantes del señor Tierno sugirió la oportunidad de
retirarlo. El «viejo profesor» -como cariñosamente se señalaba al
señor Tierno -dijo «Dejen el crucifijo donde está. Es un símbolo de
paz».
Me pareció entonces, y me lo sigue pareciendo hoy, un hecho
singularmente positivo de un hombre considerado agnóstico. Esa
ejemplar conducta de respeto debe ser norma de un político abierto a
ideas distintas a las suyas. Actualmente estamos viviendo
situaciones de cierta preocupación y el hecho reseñado al principio
de nuestras líneas no es un suceso aislado.
Parece que se quieren volver a plantear viejos debates sobre lo
laico y lo religioso que, en mi opinión, es una cuestión que quedó
suficientemente solventada en nuestra Constitución. Una Carta Magna
que apuesta sensatamente por la aconfesionalidad del Estado y asume
el hecho religioso de una forma inteligente, logrando un correcto
equilibrio entre ciudadanos creyentes o no creyentes. Todos están
amparados por nuestra Ley de Leyes.
Como dice Jiménez Abad, «no se trata de volver la vista al pasado,
sino de fundar seriamente al porvenir, un porvenir abierto a todos,
creyentes o no». Las trasnochadas luchas o enfrentamientos por causa
de las creencias deben ser ajenas, excluidas en nuestra convivencia.
Cada uno es libre en su opción. Pleno respeto a todos. Y no
busquemos problemas donde no debe haberlos. Sigamos en paz «por la
senda de la Constitución». Será lo mejor para toda la ciudadanía. Ni
fundamentalismo religioso ni sectarismo laicista. Simplemente, mutua
tolerancia y respeto. Parece que se quieren volver a plantear viejos
debates sobre lo laico y lo religioso que, en mi opinión, es una
cuestión que quedó suficientemente solventada en nuestra
Constitución.
Adolfo Pajares
Compostizo
El
Diario Montañés
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