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Ya vengo mal herido de mil dolores,
del ahogo de muerte que nos circunda.
Este dolor hoy se llama Madrid, Atocha,
retorcido entre rieles y desgarrados "ayes".
Yo sé quién empuñó primero la guadaña,
Sé quién se ceba en los pueblos con tanta saña
y la fiebre bestial que lo empuja.
El llanto del verdugo ya no me engaña,
y sé que los que mueren son siempre pobres,
en Palestina, en Kabul, en Bagdad, en África,
América y España.
Rafael Amor.
Fue un 11 de marzo, y fue a las ocho menos cuarto de la mañana, y
fue a dos exactos años y medio del terror en Nueva York, a casi un
año del inicio de la invasión aliada yanqui a Irak, y a tres justos
días de que se habilitaran en España las urnas electorales.
Los que viajaban en los trenes que explotaron, la sangre de los que
volaron desde los trenes en la estación de Atocha, no fue de
mandatarios, no del que se autorreparte la torta o la comparte con
sus amigospatrones del furor imperialista. Fue de laburantes, de
estudiantes, de pobres, de inmigrantes legales e ilegales, de los
que viajan en los trenes.
Las vísceras esparcidas por los durmientes no fueron las de los
declaraguerras, las de los arrancavísceras iraquíes, haitianas,
palestinas, africanas, latinoamericanas en su conjunto, hoy o ayer.
No fueron los cráneos rotos de los que por siempre mal albergaron
malas conciencias, no cayó en la volteada ningún Blair, ningún Bush,
ningún Aznar. Si eran simples González, Gómez y Rodríguez,
deteniendo el reloj para no llegar tarde. Y el reloj se les detuvo
para siempre de un bombazo, o de cinco o de diez o de más.
Desde el primer instante, tres días previos a las elecciones, el
gobierno español necesitó culpables y señaló a sus por siempre
enemigos, los terroristas, una raza execrable, condenable desde
cualquier punto de la humanidad posible, asquerosa, repugnante,
oprobiosa, hijaputeable.
Setenta y dos horas antes de los comicios bien convenía que fuera la
ETA, y así lo fue para el gobierno español, aunque todo indicó luego
que habían resultado ser los religiosos islamitas de Al Qaeda.
Mal anduvieron los gobernantes levantando baldosas y rieles para
adjudicar responsabilidades sobre el crimen, cuando desde el primer
estallido todos supimos que el verdadero culpable había sido el
gobierno español. También el terrorismo, que fue la mano ejecutora
de tanta muerte, pero ¿acaso apoyar una guerra no es también una
actitud terrorista?, ¿no es también terrorismo caerles de golpe y
desde el cielo a centenares de poblaciones inocentes y completamente
desarmadas bajo las bombas inteligentes?
¿Quién puede poner en duda que el principal responsable por la
masacre de Atocha fue el propio presidente José María Aznar, fiel
alumno y ejemplar seguidor de aquel otro genocida español Francisco
Franco?, el mismo que el domingo perdió en las urnas con su Partido
Popular, ese que demasiado poco de ídem ha tenido durante su
xenofóbica administración.
Pero el que pagó los platos rotos en Irak fue otro en España. Casi
200 muertos con sus familias y amigos, unos 1.500 heridos y el
terror que hoy invade a 40 millones de españoles. Porque los
terroristas amenazan seguir con sus atentados contra los
yanquialiados y sus socios menores. Y podrán continuar por cualquier
parte donde los seguidores de Bin Laden, el ex dilecto amigo de Bush,
consideren que se atacan las cuestionables prácticas de los
principios del Islam.
También el gobierno pagó, pero su cuota de pago fue muchísimo menor:
perdió las elecciones, quizás por buena parte de voto castigo, y en
su lugar asumirán los "socialistas a la europea" del PSOE.
Ahí la muerte fue en las urnas, pero no en las que llevan las
cenizas de todos los muertos a manos del servilismo frente a la
mayor potencia imperial.
No estaban los gobernantes en los trenes, como tampoco lo estaban en
las Torres Gemelas. Estaban otros, esos por siempre carne de cañón
de cuanto conflicto nacional o internacional provocan en el mundo
los que tienen el poder.
Y en Uruguay... En Uruguay flamearon todas las banderas a media asta
por tres días.
Fueron las mismas banderas que siguieron a lo alto y sin duelo
cuando se inició la invasión armada a Irak, a Afganistán, a Granada,
cuando la Guerra del Golfo, cuando los gurises de Biafra o de
Artigas se morían de hambre, cuando el imperialismo asentó su bota
en todos los países latinoamericanos con tutela extranjera, cuando
se decretó el boicot a Cuba, cuando se apoyó el frustrado golpe en
Venezuela, cuando pasó lo de Panamá, cuando, cuando, cuando,
cuando...
Porque por este mundo y estos tiempos, los genocidas pagan así: a lo
sumo con elecciones perdidas, que luego recuperarán, y con muertes
de esa gente para la que nunca gobernaron.
Que la memoria nos ayude y que el letrista no se olvide, como
cantaba la Falta.
Fredy
González
Rodelu
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