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"Magdalena, no sé qué sucede. Siento como un
murmullo en mi cabeza y algo punzante en el corazón. Podría ser una
gran pena. ¿Dime Llorona? ¿Tendré algún motivo para sentir pena?
¿Dónde estoy? Parece que durmiera y sin embargo pienso. No sé por
qué estas ideas vienen ahora a mi mente. Es curioso. Escucho algún
murmullo, es cierto. Siento los ojos cerrados y sin embargo veo.
Creo que estoy tendido. Hay demasiado ajetreo a mi alrededor. No me
agrada uno de los hombres vestido de verde que junto a los otros se
afana por mí. Los otros, aunque también anden de verde y con
mascarilla y gorro, me son gratos. Conozco sus caras. Diría que por
ellos siento cariño. ¡Tanto trajinarme! Sí, el resto parece
quererme. Siento que me quieren. Pero el que me desagrada, no...
aunque también lo recuerdo... como alguien muy dañino"
De un salto se colgó en el techo. No pudo saber cómo. Sólo intuía:
el techo era, en ese momento, un límite para no ir más allá. Miró al
grupo de antes, rodeando, casi en círculo, una mesa quirúrgica. Uno
de sus integrantes, al correrse un tanto, le permitió ver. ¿No era
alguien muy parecido a él quien yacía en esa camilla, conectado a
cuanto aparato imaginable? - ¡Pero, si es mi equipo! ¡Están operando
a uno que podría ser yo! ¿Por qué no estoy entre ellos? Se supone
que soy el jefe de cuadrilla. Además, ese de abajo, no puedo ser yo
porque lo estoy mirando desde aquí, y según me enseñaron en la
escuela, uno no se puede ver entero si no es con un espejo. Después
de unos instantes de sosegada meditación, decidió jocoso :
- Es mi clon. Le están colocando sangre. Ojalá esté libre de SIDA.
Un ataque de risa hizo mover su cuerpo. Se asustó al sentir como
traspasaba la barrera del techo que lo había contenido hasta esos
instantes. Pasado el asombro vino la satisfacción y flotó libre por
el espacio.
- ¡Quiero cantar, gritar, crear un himno a esto tan nuevo!
Su voz sonó diferente a como la recordaba." Pero soy yo el que
habla", se dijo. Lo intentó nuevamente. Un gallito escapó de su
garganta. Eso no fue grato. Cuando adolescente y su hablar inició el
cambio que las hormonas le exigían, sus amigos no paraban de reír a
costa suya. Los muy condenados crecieron sin conocer esa experiencia
cacareante.
Para ensayar, y esperando que nadie lo escuchara dijo: "a". No
estuvo mal y se fue volando en un torbellino de aes.
Un viento muy suave empezó a arrastrarlo. Era exquisito ese paisaje
a través del cual viajaba ingrávido. Un cielo de un celeste
espléndido, se matizaba de pequeñas nubecillas. Flotaba por entre
ellas, tan cerca, que alargó una de sus manos para alcanzarlas. De
pronto captó algo aún más diferente: primero fueron delicadas
caricias de minúsculos rayos; luego, muy próximo a él, unos labios
sonrientes, que al abrirse, lo invitaban a entrar en su interior
luminoso.
- ¡Buen portal para la entrada a algún recinto! - meditó.
Nada le pareció extraño y entonando la melodía de su vocal única, se
dirigió a esa boca tentadora, sin importarle ya para nada el clon
dejado entre sus compañeros.
Alguien lo esperaba. Una forma humana, se aproximó desde el interior
del pasadizo.
- ¿Puedo pasar? - exclamó pensando ser gracioso.
Entonces observó mejor al ser que le interceptaba la entrada. Tenía
cara de pocos amigos. Más aún en verdad. Parecía demasiado enojado.
En una de sus manos, una espada flamígera, semejante a la utilizada
en La película La Guerra de las Galaxias, lo apuntaba amenazante.
- ¡Déjame pasar! - insistió - ese túnel de luz se siente hermoso.
De inmediato su exclamación le sonó extraña. ¿Hermoso? ¿Podía él,
Alberto Ramírez hallar algo hermoso?
En un chispazo recordó lo último que habitaba en su mente.
- ¡PUM...! ¡ El sonido de un disparo! Eso fue. Un disparo.
Meditó un instante. El tipo con cara agria parecía un sermón del
cual se desprendían los sucesos de sus días anteriores.
- ¡Un balazo, al parecer afortunado!
- No - le dijo el guardia agitando el arma - Ese disparo fue lo
menos afortunados que pudiste hacer, imbécil. Agradece a tus "santos
en la corte".
Gestionaron elocuentes y con mucho éxito. Gracias a sus intentos se
te permitió volver. ¡Regresa de inmediato al quirófano! ¡Ni intentes
poner uno de tus desagradecidos pies en el Camino de la Luz.
¡Atrás! ¡Qué impotencia no poder rebanar tu vitalidad para siempre,
aunque a punto estoy y lo hago! El fulgor del Misterio tiembla entre
mis manos!
Supuso que se refería a la espada cada vez más cerca de su cuello.
Se dio vuelta rápido, y sintiendo algo así como un puntapié en el
trasero, llegó al lugar que antes abandonara a una velocidad
fantástica, pasando primero por una sala de espera.
- Aquí estás, Magdalena, como siempre llorando - murmuró al ver a su
mujer. Le dio un empellón que en vez de moverla le hizo pasar a
través de ella. Comprendió, no lo había sentido ni escuchado.
Quiso seguir en ese juego. Imposible. La velocidad lo llevaba
soplado. Intentó pegarse una vez más al techo. Lo logró por un
instante. El justo para escuchar a uno de los de delantal verde
manifestar su opinión.
- ¡No entiendo por qué trabajamos tanto en este estúpido! Cinco
horas ya, y a cada rato parece irse. ¡Él se pegó el tiro! ¡Con una
bala pequeña, por desgracia!
- ¡Es Camilo! - gritó con rabia - Camilo quiere que vuelva a morir.
¿Escuchan monigotes? Si no fuera por ustedes, él habría empujado más
adentro la bala, para dañar por completo mi valioso tejido cerebral.
¿Y saben el motivo? Él y la Magdalena están enamorados. Se decía mi
amigo y ya ven. Quiere matarme para quedarse con la Llorona. ¡Mi
Llorona!
Nadie lo escuchó y él continuó con su murmullo, esta vez en la oreja
misma de Camilo. Pronto aterrizó en la camilla.
- ¡Está volviendo! - era Javier su fiel compañero de trasnochadas,
en los interminables turnos de urgencia. - ¿Por qué debí caer en
manos de Javier? Si había decidido morir, Javier no es quién para
impedírmelo, por muy inseparables que seamos. Eramos cuatro los
inseparables en la universidad ¿Recuerdas, Javier? La Magdalena, tú,
Camilo y yo.
Se sentó cerca de la cabecera para observar por primera vez como
trabajaban, maravillándose de su destreza.
- ¡Este es mi equipo! - alabó ufano - ¡Nuestras manos a la par con
nuestras inteligencias! ¡Es una real lástima que no esté entre
ellos!
Una enfermera, reconoció a la Rosita, fulminaba a Camilo con la
mirada. ¡Rosita! Su cuerpo lo atraía como imán pese a sus esfuerzos
por resistirlo. ¿Y si entrara en ella? Tal vez fuera rico estar
dentro de esa preciosura. Lo intentó, pero sólo pudo pasar a través
de la muchacha. Se aterrorizó, sorprendido. Necesitó recordar y
poner su mente en claro:
La Llorona, después de una insoportable escena de celos a causa de
la Rosita, se había metido a la cama de Camilo, quien la aceptó
calientito de años por ella. Habría pasado quizás cuanto tiempo sin
saberlo, pero la Magdalena estaba en verdad picada y cuando supo que
veía a la Rosita tan seguido como antes, se lo escupió en la cara.
-¿¡Llorona, cómo pudiste!? - realmente dolido - Yo te quiero,
Magdalena. Eres mi vida completa. ¿Tú poniéndome los cuernos? ¡Y con
Camilo!
- ¿Qué te extraña tanto? - respondió ella desafiante - tienes a la
Rosita y a todas las enfermeras que persigues como mosca. ¿ Te
molesta y te duele si hago lo mismo que tú? ¡No me digas, estás
llorando! ¿Pensaste alguna vez si lloré por "tus pequeñas e
insignificantes infidelidades no dañinas para un matrimonio feliz"?
- Yo soy hombre...
- Y yo mujer. ¡Hombres maricones! ¿Piensan acaso que las mujeres
sentimos diferente a ustedes? ¡Y es regio como amante Camilo! ¡Hemos
gozado al tope! ¡Ya, deja de llorar, muñequito de porcelana!
La cara de Magdalena estaba roja. No supo sí de rabia o por el
esfuerzo de contener las lágrimas que pugnaban por caer de sus ojos
ambarinos. Se abalanzó sobre ella. Quería matarla. Algo lo detuvo.
Si, ya recordaba. Fue la triste serenidad de esa mirada casi
llorosa.
Dejó la habitación dando un portazo. ¡Qué dolorosa humillación! No
podría resistirla. Lo sabrían sus colegas? ¡Imposible volver a estar
entre ellos, sospechando a cada instante una risita condescendiente
o maliciosa!
Se había suicidado. Ahora, tendido en la mesa de operaciones, sus
compañeros lo atendían. Estaba casi muerto dentro de su cuerpo y
fuera de él completamente vivo... y sabía que eso era imposible...
la negación completa de una certeza absoluta.
Dio un gran salto con su humanidad que todo lo traspasaba, volviendo
una vez más al espacio o dónde fuera.
Sentado a la entrada del portal de luz, parecía esperarlo el
guardián de antes.
- ¡Vaya, vaya, vaya! - le dijo tres veces - Tu abogada lo advirtió.
Eres porfiado. ¿No te lo dije? ¡Debes quedarte donde estabas! ¿Qué
intentas con venir aquí antes de tiempo?
Su voz había sido un rugido.
- Podría dejarte entrar. Allá tú con las consecuencias ... pero,
bueno, ella me lo pidió... debo impedirlo... te quiere y yo la
quiero, ¡fuera...!
- No me golpees nuevamente - suplicó - sólo volví a preguntar. ¡A
preguntar nada más!... Después del balazo debería estar durmiendo "per
sempre"... muerto, según los cánones acostumbrados y mira lo que
pasa... no entiendo...
El ser guardando la espada flamígera en su vaina lo miró
benevolente:
- Podría decirte tantas cosas - comentó - ella, tu protectora es más
linda que tu Rosita y tu Magdalena. ¡ Uhm....! No puedo contestar
preguntas. Se acabó el diálogo. De vuelta a casa. ¡Ya, ya.,
rapidito! ¡Sacándole el quite a los problemas creados por ellos
mismos!
No pudo saber como lo echó esta vez. Sólo se sentía avanzar a su
destino murmurando otra canción recién inventada. Ya en el
quirófano, al pasar por el lado de Camilo, no pudo evitar la
tentación y le gritó "Uhuuuuuu" en el oído, sin que nada sucediera.
Miró luego su pobre cuerpo desvalido, objeto de tantos merecidos
cuidados, lamentando no estar a cargo del equipo para atenderse
mejor.
- ¡Qué fea me va a quedar la cara! - pensó antes de volver a entrar
en él.
Lo último que escuchó antes de caer en la inconsciencia operatoria,
fue a Javier.
- ¡Lo tenemos! ¡Al parecer se estaría salvando! Ojalá el daño
cerebral sea leve, como parece. Si la recuperación continúa, no nos
agradaría tener a este eminente neurocirujano con los cables
pelados.
Adriana
Monsalve Lamas
Rodelu
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