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Es como una fuerza ciega del destino. Cuando el horizonte se abre
al conocimiento y al despliegue del espíritu, con los mayores medios
y recursos que se recuerdan en la historia humana, un perverso
olvido de los errores educativos, incluso recientes, nos lleva a
repetir los fracasos contra los que hemos combatido en busca del
saber y de la verdad libre de supersticiones. El naufragio del
conocimiento liberador, en un mar de información manipulada y
confusa, tal vez se deba a la persistencia del castigo bíblico de la
Torre de Babel, que impedía a unos entender la lengua de otros, y el
hecho, no menos trágico, de la falta de memoria colectiva, para
impedir los silencios, los falseamientos y las selecciones
tendenciosas de la Historia. El babelismo se explayó en nuestro
inmediato pasado, con la ayuda de los refinamientos totalitarios de
la «neolengua» de Orwell, donde «la guerra es la paz» o «la libertad
es la esclavitud». Pero nuestras democracias «posguerra fría» se
complacen en imaginar desarrollos de la neolengua, que hubieran
sorprendido al mismo Orwell, como la «guerra humanitaria» de los
Balcanes, la «guerra misericordiosa» del general Gadner, el
«nacionalismo universalista» de Robert Kagan o el «federalismo
asimétrico» de Maragall. Como se ha relegado a los clásicos, ya no
se recuerda el verso de Píndaro: «Ser sincero es el comienzo de una
gran virtud». Ahora se prefiere ocupar el tiempo de los alumnos con
disertaciones transversales sobre «el ligue». Y cuando se constata
la profunda ignorancia de las generaciones «mejor educadas de la
historia», se pretende paliar el desastre con una nueva ley
educativa. Esta manía «legiferante» es un viejo vicio español. Ya,
en los comienzos de nuestra Ilustración, Melchor de Macanaz prevenía
contra el exceso legislativo. «La multitud de nuestras leyes ¬decía¬
más confunden que dirigen a la equidad y la justicia». Y aconsejaba
promulgar un código en que las leyes «fueran pocas, sólidas y no
ocasionadas a ofuscar el entendimiento en vez de ilustrarlo». La
consecuencia de esa proliferación legislativa hispana fue el escaso
respeto y cumplimiento de las normas. «Se acata y no se cumple» fue
la fórmula corriente en nuestra historia, especialmente en los
dominios ultramarinos.
Ahora, ya ni siquiera se acata, ni se espera a sustituirla por otra
ley, como exigen el principio de legalidad y la jerarquía normativa,
que garantiza nuestra Constitución. Simplemente, se empieza por
considerar suspendida la ley educativa vigente, por mera declaración
voluntarista de quien carece de competencias para ello. Como
escenificación de la tragedia de nuestros avatares educativos no
puede ser más elocuente. Luego, cuando se vea el daño que tales
actuaciones suelen producir en una educación democrática, la
neolengua acudirá en socorro del necio de turno: «Yo lo hice con la
mejor intención». El hecho no es nuevo. Por eso, los griegos,
convencidos de que la necedad es la cosa del mundo mejor repartida,
elegían por sorteo a los responsables de la ciudad.
Luís
González Seara
La Razón
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