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He visto Troya y podría haberme quedado sin verla. No pasa
de ser la tropecientos mil «de romanos» para marear la perdiz con
movimientos de masas y despliegues de escenarios que ahora parece
que la Informática facilita más de lo debido. Y digo que más de lo
debido porque al final nos quedamos en el «Much ado about
nothing» de Shakespeare, es decir, el mucho ruido y las
pocas nueces.
Supongo que no hace falta mucha Informática para llenar la pantalla
de barcos, para clonar masas, para maquetas espectaculares, etc.
pero eso no es Troya, no es Ilíada, no es Aquiles, no es Homero, que
son hechos y personas que llevan tres mil años dando que hablar
precisamente por ser la antítesis de esas horteradas de la cantidad.
Si Homero fuera tan mediocre e irrelevante como la película Troya,
hoy yo sería ¡qué sé yo! gran chambelán en Buckingham, o perito en
lunas en Monte Palomar, o sexador de avestruces en el Serengeti,
pero no alimentaría a mis hijas con alfa, beta, gamma, delta¿ porque
no habría Filología Clásica. Esto es lo que les hago ver, y me
entienden, a los alumnos que, enfrentados a un texto de Homero,
Sófocles, Tucídides¿ traducen unas simplezas o unos galimatías que
no se tienen de pie. Aquella gente era antigua, pero aguda y con
estilo.
A la película no le vamos a poner ni un pero por toda cuanta
licencia se permite respecto de Homero, pues ya Homero es un pozo
sin fondo de licencias, anacronismos, incoherencias,
contradicciones¿ y todo ello es parte esencial de su clase y altura
¡Bueno! hay algún pero que cuesta mucho no ponerlo: por ejemplo, que
se carga a Agamenón y el pueblo fiel se aliviará de un tío tan borde
y que no se entera de quién es Brad Pitt.
Pero cargarse a Agamenón es grave porque es mandar al paro a
Clitemestra, Egisto, Orestes, Electra, las Euménides¿ y es quedarnos
sin la Orestía de Esquilo, que, según el poeta
Swinburne, es «el logro más alto que ha alcanzado la Humanidad» y a
lo mejor el poeta exagera, pero más exageró el que se cargó a
Agamenón y, de pasada, miles de páginas de la mejor Literatura
europea desde los trágicos griegos a nuestro Cunqueiro. Esa muerte
de Agamenón es de una necedad profunda y menos mal que dejan vivo a
Ulises por si mañana es negocio marear la perdiz con él, los
cíclopes, las sirenas, etc.
Al Homero de toda la vida esta Troya de formica le ha metido
un caballo mortífero. Han dejado fuera los mil puntos de fantasía,
poesía y humanidad que habrían resultado en una película alta y
noble. Los diálogos y los comportamientos son ramplones de hoy, nada
que ver con la grandeza caballeresca, incluso locoide, que tenía
aquella gente capaz de parar el combate porque sus padres habían
sido huéspedes. Aquiles prefirió morir joven con gloria que vivir
largo en oscuro. Me lo imagino gritándole al peliculero desde el
Hades: ¡Qué suerte tienes, oh mortal insípido, que ya soy sombra
inerte, porque tus nalgas iban a saber de mis pies ligeros!
Juan J.
Moralejo
La Voz de
Galicia
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