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Internet es el único medio por donde circulan con naturalidad las
medias verdades y las falsedades a medias. Quizá ahí radique el
éxito de la red, en la posibilidad de percibir una realidad
manipulada o inventar una falsedad con visos realistas. Lo falaz y
lo infalible circulan con la misma propiedad e idéntico derecho de
un ordenador a otro. Como muchos otros internautas, yo he aprendido
a apreciar las páginas que deforman, por ejemplo, la personalidad de
un presidente del Gobierno por encima de los sitios oficiales donde
está garantizada la imparcialidad. El hábito de navegar por internet
nos ha convertido en unos individuos abiertos (al engaño y a la
información), comprensivos, propensos a la risa y satisfechos de
pisar siempre la frontera entre lo que es y lo que no. El ingenio
viaja en el mismo vagón que el genio, el crédito que el descrédito,
la autoridad que la anarquía, etcétera.
Quizá lo más opuesto a internet sean los boletines oficiales, esas
publicaciones secas y graves donde no sólo es auténtico todo lo que
allí sale reflejado sino que cualquier anuncio o acontecimiento por
el hecho de constar allí logra la verosimilitud administrativa, que
es el mayor grado de certeza a que podemos aspirar. Uno ya tenía
pruebas de que el influjo de internet había contaminado, para bien o
para mal y en mayor o menor medida, a los medios por definición más
fidedignos, desde los periódicos a los informativos audiovisuales.
"Quién sabe", he pensado alguna vez leyendo todos esos documentos
manipulados que caen en la cesta del correo electrónico para
diversión de propios y extraños, "igual un día la afición a deformar
la realidad se cuele incluso en la prosa de las escrituras de
hipoteca". En realidad ha ido más allá, y ya afecta a los
publicaciones oficiales.
Mucho ha tenido que desacreditarse la realidad de un país y de una
Administración para que el internauta no sepa si está leyendo un
documento oficial o una broma, una construcción ficticia o formal.
El decreto de la presidencia de la Junta de Castilla-La Mancha,
aparecido el pasado 4 mayo, que concede la medalla de oro a quien
fue su presidente de forma ininterrumpida durante 21 años y hoy
ocupa la cartera de Defensa, José Bono, es quizá el primer ejemplo
de literatura mixta. Cuando llegó a mis manos, vía internet
naturalmente, no supe de qué lado del espejo estaba, si en el del
amigo o del enemigo, si en el de Alicia o en el del Conejo Blanco.
Su anónimo redactor ha inventado una suerte de realismo
administrativo mágico al incluir digresiones como las siguientes:
"Bono, como el caminante de Antonio Machado, hizo camino al andar
(...) Bono ha hecho realidad el sueño contando con todos. Con Don
Quijote y Sancho. Con el cura y el barbero. Con el ventero y el
cabrero. Con Dulcinea y la sobrina. Todo por Castilla-La Mancha,
pero con Castilla-La Mancha. Porque despotismo, ni siquiera
ilustrado". Y sigue.
Lo más extraordinario de este estilo es que, por añadidura,
convierte a sus protagonistas en seres y en esperpentos, en
perturbados y en cuerdos, prudentes y desquiciados.
Alejandro
V. García
Diario de
Cádiz
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