| La impresión
es que los patriarcas de la Europa actual andan muy flojos
de cultura general y todavía más flojos de cultura
filosófica y religiosa. Por ahí veo yo el fracaso actual de
la práctica política, pero éste es otro tema. La palabra
cristianismo no ha entrado en el proyecto de Constitución
europea. Y con todo es el cristianismo el que ha contribuido
más poderosamente a cincelar la Europa culta, solidaria,
justa que muchos deseamos. El clima intelectual y cultural
de Europa no es una realidad ajena al cristianismo, a sus
teólogos, sus pensadores, sus literatos, sus artistas. De
acuerdo en que, como dice la Constitución europea, Europa es
un continente portador de civilización y que se ha inspirado
en las herencias culturales, religiosas y humanistas, pero
creo que sería de justicia una mención expresa a la
influencia concreta del cristianismo. |
Los patriarcas de Europa, antes de deliberar y decidir
deberían leerse, la Història del pensament cristià, un libro
que nos acerca 40 figuras gigantes del pensamiento, donde la
teología se entrelaza con la historia de la filosofía y con
la de la cultura. Se trata de personajes de primera fila,
específicamente cristianos, desde la antigüedad hasta el día
de hoy, que han pensado sobre el hombre, sobre su función
vital en la tierra, sobre sus posibilidades y sus
contradicciones.
Me pregunto si la cultura europea puede olvidar a decenas de
personajes del mundo de la inteligencia y del espíritu que
han contribuido enormemente a dar consistencia a Europa como
Agustín de Hipona, por ejemplo, quien de hecho dedicó su
poderosa inteligencia a reflexionar sobre todas las
cuestiones que podían interesar a un cristiano culto de la
antigüedad tardía: el sentido de la existencia, el enigma de
la conciencia, el sentimiento de culpa, el origen del mal,
la instrucción popular y hasta incluso el destino de Roma.
El de Hipona llega a la conclusión de que nadie es
irresponsable ante Dios de lo que ocurre en el mundo.
Además, Agustín muestra que tiene una concepción
absolutamente moderna cuando afirma que el cristianismo es
una religión histórica, razón por la cual el intelectual
cristiano debe asumir el compromiso de poner de manifiesto
cómo ese carácter histórico le otorga la posibilidad de
insertarse en la historia universal de la humanidad entera.
La incidencia formidable de Ramon Llull en muchos países de
Europa se debe a su proyecto de cambiar la “forma y manera”
de estructurar el contenido de la fe y exponerlo por
“razones necesarias”, es decir, por razones de sentido de la
vida humana, sin recorrer a argumentos de autoridad. Ya en
la época moderna, y a título de ejemplo, encontramos a Blas
Pascal, científico, escritor, pensador cristiano de una
profundidad excepcional, que dejó una huella imborrable en
el panorama europeo. Nos recuerda el profesor Pere Lluís
Font que Pascal tuvo como objetivo básico la difusión de una
convicción personal: que el cristianismo es la única
doctrina que permite penetrar en el misterio del hombre, de
la condición humana, mezcla de miseria y de grandeza.
Precisamente esta grandeza consiste en el pensamiento.
Podríamos citar a continuación toda una retahíla de nombres
con gran peso específico en el siglo XX –como Teilhard de
Chardin, Henri de Lubac, Karl Rahner, Gabriel Marcel, Karl
Barth, entre otros muchos– que han influido enormemente en
el desarrollo de nuevos planteamientos y nuevos objetivos.
Este despliegue de grandes figuras capaces de moldear ideas
y despertar actitudes en toda Europa, ¿no dice nada a los
políticos que han negado a la Constitución una alusión al
cristianismo como el inspirador más significativo de los
valores de Europa?
Es cierto que Europa es un crisol de culturas e incluso de
religiones, pero ha sido el cristianismo, a pesar de sus
errores el que ha inspirado generaciones de hombres y
mujeres que han pasado por la vida poniendo en práctica esas
actitudes humanas que todavía aguantan el sentido de la
vida.
¿Todos esos no cuentan? ¿En beneficio de quién se ha
adoptado en la Constitución Europea esa fórmula de
neutralidad? Pienso que no son sólo los no cristianos los
que se han opuesto a una mención del cristianismo en la
Constitución europea. Es también la dejadez y la
superficialidad de los propios cristianos.
¿En apoyo de qué laicismo se ha rehuido la constatación de
la influencia del cristianismo sobre la formación del
espíritu de Europa? En tiempos pasados el laicismo era
combativo y sacaba a menudo las armas ideológicas con las
que quería achantar al cristianismo. Hoy en día, no. No van
por ese camino los partidarios de una sociedad laica. El
laicismo de hoy lleva fácilmente a la indiferencia. Sus
argumentos, o están pasados de moda, o no tienen mordiente
para convencer. Al militante laicista pocas veces se le
descubren horizontes idealistas o apelaciones a la utopía,
eso tan necesario para compensar la insatisfacción de la
vida humana, que uno encuentra en el mensaje del Evangelio.
Hay, evidentemente, otras explicaciones para no incluir la
mención al cristianismo. Entre ellas, una posible
reivindicación del islam, pero su influencia es francamente
poco significativa en la configuración del espíritu europeo.
Fuente:
La
Vanguardia
Autor: Josep-Maria Puigjaner |
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