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Yo no puedo hablar del maestro sin recordar a mis padres.
Los dos "ejercieron", por utilizar un verbo del argot
profesional, durante toda su vida con entusiasmo y
dedicación exclusiva. En casa no se oía hablar de otra cosa
que de sus experiencias e ideales pedagógicos. Las horas
extraescolares eran para las asociaciones de maestros o para
seguir dedicándose a la formación de adultos. Mi madre que
llegó, con gran lucidez, hasta los 98 años, movió Roma con
Santiago para seguir en la escuela pública después de la
jubilación forzosa, cumplidos los 70 años. Se enfadaba con
los que sustituían el prestigioso nombre de "maestros" por
el más sindicalista de "trabajadores de la enseñanza". La
educabilidad del alumno es una categoría esencial del ser
humano, como pensaba Pedro Poveda siguiendo la pedagogía de
Johan Friederich Herbart. "De la educabilidad evolutiva se
encuentran rasgos en los animales más nobles, pero la
educabilidad de la voluntad para la moralidad sólo la
reconocemos para el hombre" (Herbart). El niño necesita para
crecer, además de los cuidados físicos de los demás, la
presencia, la acogida y la seguridad afectiva. Ésta surge en
el encuentro, primero con sus padres y después con el
educador. Aquí es donde el maestro se mide con la grandiosa
proeza de su arte. Porque los niños son seres sociales
libres, cuya libertad constituye el ingrediente esencial de
su socialización.
Educación viene de edutio, de sacar una cosa de otra, de
convertir una cosa menos buena en otra mejor. En la
pedagogía vitalista de Ortega y Gasset el educador tiene que
prestar atención prioritaria a la vida en cuanto fuerza
creadora, en cuanto sustrato biológico del que proceden
todos los impulsos y las energías que llevan al hombre a
actuar. Si queremos tener una cultura dinámica, que
realmente sea plenitud humana, hay que centrarse en el
estudio, análisis y potenciación de esa vitalidad primaria
que, como explosión de sí misma, generará nuevas formas de
cultura. No hay que dejar al niño a su libérrimo desarrollo,
no hay que imitar los procesos de la naturaleza; las
acciones educativas son acciones intencionales reflexivas,
tras la consecución de una meta: cooperar técnicamente en la
maximización del potencial vital más profundo de los niños.
Desde John Dewey (1859- 1952) se viene luchando contra
los dualistas que oponen mente y mundo, pensamiento y
acción. Tras dedicar mucho tiempo a observar el crecimiento
de sus propios hijos, Dewey estaba convencido de que no
existía diferencia apreciable en la dinámica del aprendizaje
entre los niños y los adultos. Estaba convencido de que los
niños no llegan a la escuela como limpias pizarras pasivas
en las que los maestros pudieran escribir las lecciones de
la civilización. Cuando el niño llega al aula "ya es
inmensamente activo y el cometido de la educación consiste
en tomar a su cargo esta actividad y orientarla". El niño
también lleva consigo intereses y actividades de su hogar y
del entorno en que vive y al maestro le incumbe la tarea de
utilizar esta "materia prima" orientando los infantiles
intereses hacia resultados positivos.
Nada más admirable y misterioso que el encuentro del
maestro con el niño. Respetar y poner en juego su libertad
sin abandonarlo a su libérrimo desarrollo. Ese encuentro es
posible porque el niño es educable y la acción educadora a
fondo es capaz de emancipar las conciencias. Francisco Giner
de los Ríos, persona profundamente religiosa (aunque no
confesional), afirmaba en los primeros años de su formación
como educador que "sin espíritu religioso, sin levantar el
alma del niño al presentimiento siquiera de un orden
universal de las cosas, de un supremo ideal de la vida, de
un primer principio y nexo fundamental de los seres, la
educación está incompleta, seca, desvirtuada, y en vano
pretenderá desenvolver integralmente todas las facultades
del niño e iniciarlo en todas la esferas de la realidad y
del pensamiento" (Giner, VII-76).
El elemento básico y que más hay que cuidar es el
maestro. Las reformas no las hacen las leyes, sino los
maestros, los profesores. Hay que confiar en ellos como
educadores auténticos, que tengan un nivel cultural bastante
alto, que sean honestos y ganen un sueldo digno de la gran
función que se les encomienda; de tal manera que nadie,
llámese Estado, municipio o sociedad, les despoje de su
dignidad. De modo especial deben ser considerados los
maestros de la escuela rural ¿Por qué no compensar a estos
maestros si asumen la función añadida y trascendental que
pueden realizar, si residen en el mismo pueblo, dentro de la
estructura social de las pequeñas poblaciones?
Una persona que se dedica a la educación no es sólo un
técnico y mucho menos un simple funcionario. La enseñanza es
una práctica de comunicación e intercambio social. No puede
encerrarse ni termina su función en los muros de la escuela.
Necesita respirar con el conocimiento de las familias, con
la contribución organizada y cooperadora de todo el barrio o
el municipio. Hay que transformar la escuela en comunidad de
aprendizaje y aquí tienen que contribuir decididamente las
administraciones territoriales. La ordenación del territorio
depende del desarrollo humano y en esta tarea el maestro es
una pieza clave.
Enseñar no es un oficio; es una vocación. Sólo los
iluminados, los que poseen un alto sentido de la vida y de
la sociedad son capaces de llegar a ser educadores. Me sumo,
con todo el alma, a este merecido homenaje al maestro que
nos propone la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción.
Estoy convencido de que la educación es el arma más poderosa
contra esa lacra que arruina tantas vidas.
Fuente:
El País
Autor: JJosé María Martín Patino |