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El fracaso de las ideologías

 

 

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Desde sus primeros tiempos el hombre ha sido un esclavo de las ideologías. Los primitivos habitantes de las cavernas creyeron en los espíritus de las plantas y en la procedencia divina de las fuerzas naturales. Los súbditos de los faraones los adoraban como dioses. Los patricios y filósofos de Grecia y de Roma aceptaron que la vida de los seres humanos estaba determinada por el destino, muy ligado éste a las fuerzas del cosmos.
En la edad media el poder de dominación de los reyes se explicó como consecuencia de la voluntad del Dios. En la edad moderna se erigió al pueblo fuente del poder político y una derivación de esta ideología erigió a una parte del pueblo, el proletariado, en el sector llamado a construir el palacio de la felicidad sobre la tierra. No sobra decir que el hombre ha adecuado sus modos de ser y de actuar de acuerdo con las ideologías dominantes y en las cuales ha creído. Y que todas ellas tuvieron su cuarto de hora en la historia y luego le dejaron el puesto a otras.

La vida se ha encargado de demostrar que todas las ideologías son apenas un modo singular y fragmentado de mirar la realidad, que ninguna de ellas puede aspirar a interpretar fielmente el mundo y mucho menos a transformarlo. En todas hay una parte de verdad y una porción muy limitada de la gran fórmula que la sociedad requiere para seguir adelante. Pero hasta ahí. No es sino mirar el panorama político contemporáneo y comprobar los fracasos del fascismo, del comunismo y del capitalismo salvaje (¨neoliberalismo¨ le llaman ahora) para constatar la veracidad del título de esta columna. Y saber, como creo lo saben todos los católicos del planeta, que casi mil años de prédica cristiana no han servido para convertir al ser humano en algo distinto de lo que es: la bestia que logró sobreponerse a todos los animales gracias al lenguaje articulado y a la ciencia y a la tecnología que aquél hizo posible.

Pero las ideologías tienen una semilla de certeza, un perfil de humanidad y un modelo de solución que deben ser recibidos con beneficio de inventario y no del modo sectario o dogmático que es común en nuestra civilización. Tampoco resulta de buen recibo el criterio nihilista que las considera dañinas a todas y sin ninguna credibilidad. La masonería enseña que todas las religiones son el resultado del desarrollo deformado de la verdad religiosa original. Desde esta óptica, todas las religiones tienen algo de verdad; ninguna es totalmente falsa ni puede haber una que pretenda ser absolutamente verdadera. Lo mismo puede predicarse de las ideologías políticas. ¿Puede alguien afirmar que toda la concepción liberal de la sociedad ha triunfado o que todos los preceptos del marxismo son falsos? Creo que no, sin dejar de ser objetivos. Tal vez la verdadera ideología sea la de no creer en ninguna en particular sino en todas, pero situándolas sobre la tierra y tomando los principios aplicables al momento y creyendo que los mismos deben favorecer al hombre, hacer avanzar la sociedad hacia formas mas avanzadas de solidaridad, que es la estrategia de supervivencia de la especie. El futuro de la humanidad parece estar ligado a este concepto de solidaridad, tan ultrajado en nuestra patria. La ciencia, la tecnología y el comercio así lo determinan. Lo contrario seria la guerra, nuclear o convencional, regular o guerrillera, guerras que en el menor de los casos desgastan a la sociedad y animalizan mas al hombre de lo que es.

Como lo señala Desmond Morris, un hombre que anda destruyéndose a sí mismo no puede aspirar a seguir reinando sobre la creación. Y menos si lo hace a nombre d e tal o cual ideología. Es necesario volver a la reflexión, ahondar un poco en los contenidos ideológicos y en la aplicabilidad concreta e histórica de los mismos. Saber si conviene, como lo dice el ´neoliberalismo´, dejar que las fuerzas del mercado lo decidan todo o si recurrimos al socialismo democrático y le encomendamos al estado la prestación de los servicios y las medidas encaminadas a disminuir la brecha en materia de riquezas que el capitalismo produce. Saber si suprimimos la propiedad privada, como lo planteó el comunismo, o dejamos que la economía progrese con base en ella bajo el control de la sociedad civil representada por el Estado. Saber si es mejor un partido único que monopolice el poder y ahogue la critica o varios partidos que compitan con ideas y programas por la rienda del Estado, así se corra el riesgo de verlos convertidos en simples agencias de empleos y de negocios al servicio de sus dirigentes y conmilitones.

De eso se trata, de actuar como seres pensantes, libres de fanatismos, creyentes en una trascendencia que no es solo espiritual sino terrenal, como lo planteó Teilhard de Chardin, y que aspire a hacer feliz al hombre en la tierra antes de llevarlo al cielo. Lamentablemente vivimos en Colombia y este país, como lo dijo el ex presidente Laureano Gómez es un pobre "país de cafres".

Fuente: rodelu.net
Autor: Antonio Mora Vélez

 

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