| “A mi hijo no
le ha matado una raza ni una religión, a mi hijo le ha
matado el odio asesino que han sido capaz de inculcar en
corazones mesiánicos, Aznar, el trío de las Azores, ese odio
ha matado a mi hijo y a 190 trabajadores que son nuestra
clase, no lo olvidéis, los nuestros, que también caen en
Irak, en Palestina y que caen donde muere un trabajador,
ellos también son nuestra clase, sólo nos han cambiado un
dolor solidario por un dolor real. Perdonadme, pero lo
siento con el corazón y os lo tenía que decir". |
“La comisión ha sido decepcionante y absolutamente
irrespetuosa con las víctimas... Tenemos claro desde hace
tiempo que nosotros cerrábamos el turno de comparecencias.
Vistos los resultados, alargar en el tiempo la comisión no
merece la pena, ya que a las víctimas nos haría más mal que
bien. No parece probable que se sepan más cosas en ese
foro".
“A las 7 y media de la mañana del 11 de marzo los fascistas
que han venido a provocarnos no iban en los trenes, les
llevaba a clase su papá en el Audi”
Pilar Manjón. Representante de la Asociación de Víctimas del
11-M.
Querida Señora:
Me he pensado mucho si escribir o no esto, ante el temor de
que fuese interpretado como una desconsideración a su dolor,
o como un despecho político. Prefiero jugar al trapecio sin
red y dejar al juicio del lector si acierto o no. Si triunfo
o fracaso en mi intención de que el enorme respeto y afecto
que mi corazón siente por todas las víctimas del terrorismo,
queden nítidamente deslindados de los reproches a los que
ese mismo corazón me obliga.
Señora, su hijo murió víctima del acto más cobarde e
inhumano que hasta la fecha se haya cometido en suelo
español. Aquella ignominia que sacudió a toda España y al
Mundo entero, no fue una catástrofe, no fue un accidente,
fue un asesinato colectivo cometido por unos fanáticos,
seguidores de un Credo que algunos se empeñan en interpretar
en clave dominadora. Una doctrina religiosa que se lleva al
extremo de someternos por la vía de la muerte, de su muerte,
de la mía o de la de su hijo, lo mismo da. Los que mataron a
Daniel y a 191 personas más, los que sembraron Madrid de
desolación, dolor y sufrimiento sin límites tienen nombre y
apellidos, y Vd. y muchos otros yerran al invocar
identidades, autorías y responsabilidades.
No fue Aznar quien los mató Señora, su acto terrible no
necesitaba causas, sino objetivos. Fue su odio asesino, sí,
pero ese odio no se lo inoculó nadie desde España. Les vino
por la vía del ardiente verbo de unos cuantos megalómanos
que creen a pies juntillas aquello que dice el Corán: “No
sois vosotros quien los matásteis, Dios los mató”. Para
creer esto, o eso otro de “Matadlos hasta que no haya
persecución, y en su lugar se levante la Religión de Dios”,
no hace falta que nadie te inocule nada, porque ese odio
asesino que se llevó a su hijo está latente en esas
palabras, no necesita de provocación, ni servirse de excusa
alguna. Está ahí, y alimenta la causa de quienes dan a
nuestra vida el nulo valor que tiene en el mercado de su
aberrante lucha.
No quiero ser tan torpe de decirla que entiendo cómo se
siente, ni tan vanidoso como para creer que puedo entender
su dolor, pero sí quiero expresarle que comprendo que todo
es más fácil cuando se encuentra a un culpable, alguien a
quien señalar y a quien poder cargar la factura de nuestra
pérdida irreparable. Hágalo, pero apunte mejor Señora,
porque por lo menos en lo que a mí toca, no voy a sentir ni
el menor complejo de culpa moral por lo sucedido. No crea
Vd. que no lo he pensado Señora, pero ni a base de hacer
tanto ruido, provecho cierto de unos cuantos, van a
conseguir que mi conciencia se tambalee por haber apoyado y
seguir apoyando la Guerra de Irak. Y se lo digo, porque
todas las proclamas altisonantes, todas las manos alzadas,
los insultos, todas las piedras, los huevos, las manos
pintadas de rojo y los brillantes artículos de opinión no
iban sólo dirigidos a un Gobierno ni a un partido. Señalaban
a media España, un buen puñado de ciudadanos que tenemos
todo el derecho del Mundo a creer que al Terrorismo se le
vence con firmeza. Que sabemos que enfrentarse a la Bestia
puede tener un precio, y lo asumimos. Y no me venga Vd. con
que a mí no me han pasado la letra, porque de sobra sabe que
a quién hacen acreedor estos hijos de puta no lo decidimos
ni Vd. ni yo.
No juegue a dividir, Señora, no caiga en la fácil tentación
demagógica de vestir a los muertos con un mono grasiento y
las manos agrietadas. Sano es el “Divide y vencerás”, ya que
su determinación de vencer en algo me parece inequívoca;
pero no practique el “Divídenos y Vencerás”, porque eso sólo
es vergel para los que mataron a su hijo. No califique a los
asesinados por su condición de trabajadores, pues eso no
añade a su asesinato ni una pizca más de la tremenda
injusticia y maldad que ya contiene. Su hijo no es,
lamentablemente, la última víctima del Terrorismo que
lloraremos en España, puede estar segura, pero Vd. sabe que
no es la primera, y las que le precedieron merecen nuestro
recuerdo y homenaje. Antes que él, han sido vilmente
asesinados Empresarios, Militares, Guardias Civiles,
Policías, niños y una tenebrosa retahíla de inocentes que
cayeron víctimas de quienes les consideraron pérdida
aceptable para la consecución de sus fines. De quienes no
necesitan causas porque primero disparan y luego preguntan,
primero matan y después nos dicen por qué lo hicieron,
primero siembran dolor y luego acaban encontrando la causa
del mal que comenten. Fíjese qué poco les importó a ellos la
condición, edad y cualquier otra circunstancia de quienes
iban en esos trenes.
No se regodee en vetustas invocaciones de clase que un día
sirvieron a fracasadas revoluciones, para volver a reeditar
el tajo; la partición entre quienes, no lo dude, estamos en
la misma trinchera, por más que la vehemente voluntad de
separar con objetivos políticos ciertos, nos coloque en la
de enfrente. No se complique, Señora, los que mataron a su
hijo querían cambiar nuestro Gobierno. Empiece a buscar por
ahí, y se dará cuenta de que la capacidad adquisitiva de las
muescas que hay en sus siniestras culatas les traía al
pairo. Estos cabrones no eligieron a su hijo, ni a ninguno
de los que con él murieron. Lo mismo les daba Daniel que yo,
su hijo que el mío. Su diana no estaba en ningún carné de
identidad, estaba centrada en objetivos que para ellos son
más altos que la vida de nadie, incluida la de su hijo,
quien si me lo permite, era de los míos. De los míos,
Señora, porque era un ser humano y una persona de Paz, no
por su condición de asalariado, y sólo espero que si mañana
la ruleta de estos malnacidos saca mi número, vuelva Vd. a
decir que han matado a uno de los suyos.
Y mire, Señora, mire con ojos generosos y verá que todo lo
que parecía tan claro al calor de la tragedia ya no lo es
tanto. Verá que nadie ha sido capaz de demostrar las
jaleadas mentiras que sacaron a lomos de la ira a un montón
de españoles a la calle. Verá que en esa Comisión en la que
Vd. dice no confiar han mentido algunas personas, han
ocultado información y cometido perjurio algunos
comparecientes. Verá que los culos al aire pertenecen a
gente que testificaba a favor de las tesis de quienes
alcanzaron el Poder después de la matanza, y que esos culos
se sentaron en la Comisión porque fueron llamados por ellos.
Y si apelo a su generosidad es porque somos muchísimos,
mayoría, los españoles que no deseamos que se dé carpetazo a
esa Comisión cuya labor Vd. ningunea. Muchos los que
quisimos saber entonces, y seguimos queriendo saber,
mientras que los que tanta ansia de Verdad mostraron a voz
en grito con música de cacerolas se oponen ahora a que
declaren confidentes y traficantes de explosivos cuya
importancia minimizan, pero cuya aparición en escena les ha
obligado a cesar a responsables de la Guardia Civil. No
ponga Vd. otra piedra en el tabique de clausura, por favor.
Y por último Señora, no alimente coartadas. No busque Vd.
más causas al asesinato de su hijo que la vocación asesina
de quien le mató. No haga Vd. ese favor a los genocidas, ni
les ahorre el fastidio intelectual de encontrar un torpe
agravio que justifique lo injustificable. Ninguna razón
tenían para matar a doscientos madrileños, ninguna para
asesinar en Manhattan, ninguna para cegar el porvenir de
tantos niños en Osetia, pero lo hicieron. No haga mecánica
habitual que ellos maten, nosotros pongamos los muertos y
además les brindemos sus razones. Sólo se lo pido, o si lo
prefiere se lo ruego, porque al que mataron fue a su hijo y
yo no me siento autorizado a más. Pero sepa Vd. que si
mañana mataran al mío, y oyera de su boca semejantes
justificaciones a sus asesinos la buscaría hasta
encontrarla, para expresarle la indescriptible repugnancia
que me produce que alguien pueda hallar peregrinas
motivaciones a que me quiten lo que más quiero, de la forma
más cobarde y cruel.
Reciba un saludo Señora.
Fuente:
El Cortijo Digital
Autora:
Antonio Cabrera |
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