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Pero allí faltaba Ana Obregón, y digo que faltaba porque la
barroca presencia de Ana vale siempre por tres o cuatro
vicetiples y dos kilos justos de gomaespuma pectoral. Así y
todo, pese a la ausencia de nuestra chica, que se les
olvidó, A Chorus Line quedó como el musical más inteligente
de un género que no deslumbra demasiado por su inteligencia.
Todos fuimos ingratos olvidando a esta chica.
Desde entonces, Ana Obregón se ha quedado colgada de una
aguja del reloj de Sol con un cacho de sostén que no le
alcanza por un lado y otro cacho de gomaespuma tan
voluminoso que no lo envolvía la capa del galán ni el
visonazo de la estrella. Los pelos rubios y como fritos, el
cuerpo pectoralísimo, los glúteos injustamente
desproporcionados, escasos, el vientre con estética de faja
de cuando se usaba faja y las piernecillas pataleando en el
aire, delgadas sin lirismo y prolongadas en unos zapatos
altísimos o coturnos de rabiza griega.
Por sobre todo esto sobrevuela una sonrisa abundante,
excesiva, una falsa alegría que se consigue manteniendo
siempre los ojos muy abiertos y una boca que el maquillaje
ha llevado al exceso y a la espuma, no sabemos si con o sin
goma. Uno vive de observar el monstruario social que nos
rodea, y uno de mis monstruos preferidos es Ana Obregón, tan
derrotada como Don Quijote, ahora que estamos en el
centenario (en el centenario de El Quijote y quizá también
en el centenario de Ana Obregón).
Asiduo visitante del Museo del Mal Gusto Nacional, le
extraña a uno que el señor Pérez reclame para sí los
archivos de Salamanca y no reclame los archivos, en años y
novios de Anita. Porque Anita es pura Comunidad de Madrid si
entendemos Madrid como una creación de Churriguera más que
de Carlos III.
Porque no basta con decir que Anita es una belleza
barroca (desde luego a mí me pone), sino que hay que
especificar. La Obregón es una obra de Churriguera o de la
familia Churriguera, que todo quedaba en casa. El poeta
Verlaine hubiera definido a Anita como una belleza maldita,
musa de sus poetas malditos. Porque el Barroco genuino, de
Quevedo a Bernini, es ya una cosa académica, pero nuestra
bella sigue pecando con Churriguera, o séase con la voluta
de oro falso de otras volutas.
A la Obregón le falta de todo y le sobra de todo, aunque
a uno no le importaría empezar por cualquier parte. Pero
ella es la máxima mixtificación de Madrid en una ciudad
mixtificada que suena horas como uvas de moscatel. Lástima
que el moscatel de Ana sea industrial, pero ella llena su
imagen, contenta a su público, estupidiza a los estúpidos y
se merece un ensayo de José Antonio Marina sobre la
inteligencia frustrada.
Fuente:
El Mundo
Autora:
Francisco Umbral |