| En el tema de
la violencia contra las mujeres y en lo que toca a la
discriminación real y cotidiana de las mismas en nuestra
sociedad, los hombres, en general, unos por comisión y otros
por omisión, somos culpables de no haber actuado antes, de
no haber concedido importancia real a este problema, tal vez
porque muchos han pensado y piensan que no era su problema,
sino que tal vez era el problema de ellas. |
Y esto tiene que ver con algo tan simple como nuestras
conversaciones, con las conversaciones que seguimos oyendo y
tolerando cada vez que cuatro o cinco amigos se reúnen en un
bar y sale el tema de 'ellas'. De esa otra subespecie
genérica que al parecer, y ahí empiezan nuestras dudas y
matizaciones, no hay quien comprenda. Porque ésa es una de
las frases favoritas con las que se inicia cualquier
conversación entre hombres y que está, como un lugar común,
totalmente aceptado en nuestra cultura machista e
insolidaria.
Antes de seguir, sólo un apunte para decir que yo prefiero
la expresión de 'violencia de género', por ser clara y
contundente. La Real Academia Española ha terciado pidiendo
que se hable de 'violencia doméstica', pero esta acepción
casi topográfica o espacial podría incluir, ¿por qué no?, la
violencia entre hermanos, y eso nos llevaría muy lejos. Yo
conozco algunas familias numerosas, de las de antes, en
donde las palizas entre hermanos son de juzgado de guardia,
pero en fin, eso es parte de otra polémica.
Lo cierto es que el «no hay quien entienda a las mujeres» ya
esconde la actitud de quien comprende muy bien su propia
causa. Pero no la del otro, o la de la otra. Salvo que sea
la de tu mujer, la de tu hija o la de tu madre. Las únicas
mujeres que exceptuamos a la regla general mientras no haya
problemas y todo vaya según nuestro gusto y criterio. Porque
una de las especialidades de la cultura 'sólo para hombres'
consiste en aplicar un doble rasero a la hora de juzgar
cualquier conducta. Y no hace falta decir que ese doble
rasero se inclina hacia nuestro lado siempre. Y es hora ya
de que digamos las cosas por su nombre.
Va ahora por delante que cualquier persona con un mínimo de
sensibilidad, educación y cordura supongo que estará más que
satisfecha con el cambio de actitud respecto de este
problema que emana del nuevo Gobierno de la nación. La nueva
Ley Integral de Violencia de Género, las distintas medidas
de alejamiento de agresores, la protección laboral de
mujeres maltratadas, la formación y sensibilización de
jueces, fiscales y cuerpos de policía y la propuesta
asignatura de 'Ética e igualdad entre hombres y mujeres' en
el currículum de la ESO inician una etapa de beligerancia
administrativa y de tolerancia cero en algo que sólo ahora
nos parece tan evidente como escandaloso: el hecho de que
apenas hace unos meses, para el Gobierno anterior, no fuera
igualmente evidente la necesidad de lanzar una cruzada legal
y mediática para abordar este tema. Estaban en otras
guerras, sin duda.
Pero vuelvo a lo de antes. Este artículo lleva en romanos un
II porque con ese mismo título publiqué otro en estas mismas
páginas en 2002 a propósito de los burkas, la guerra en
Afganistán y la excusa de liberar a la mujer, que también
eso se nos vendió en su día, y ya vemos que todo ello ha
quedado escrito en el mismo libro de Pinocho donde se
escribió lo de las famosas armas de destrucción masiva. En
aquel artículo me hacía eco de un libro publicado por la
historiadora norteamericana Eva C. Keuls donde se analiza la
política y el sexo en la antigua Atenas. Lleva por título
'El reino del falo' y fue impreso por Harper & Row en 1985,
y luego por la Universidad de California en 1993.
Siguiendo la historia, la mitología y el arte que nos han
quedado en frisos y vasos griegos, se nos propone un repaso
novedoso a la sexualidad griega, desde la pederastia y la
prostitución, a la educación de los jóvenes y el rol de la
mujer y la familia. Leerlo equivale a repensar nuestra
cosmovisión, nuestra intrahistoria, pero allí se nos narra
también una de las primeras revueltas feministas contra los
aristocráticos y exclusivistas ciudadanos del foro. Se
produjo en el verano del año 415 a.C., durante los
preparativos de una expedición contra Sicilia, en el marco
de la guerra contra Esparta. El belicoso y apuesto
Alcibiades, por otro lado acusado por su esposa Hipparete de
introducir hetairas en el hogar, convenció a los atenienses
de la necesidad de esta arriesgada y militarista operación
de castigo, contra la opinión de los más sabios y moderados
de la ciudad. Una noche de ese verano, todas los monumentos
dedicados al dios Hermes, los falos que adornaban las calles
y residencias de Atenas fueron decapitados y mutilados.
El escándalo fue mayúsculo y se produjo una investigación
llevada a cabo por los magistrados. Pues bien, para esta
historiadora se trata de la primera conspiración histórica
organizada por las mujeres contra una guerra extenuante y
considerada inútil. Como la de ahora. Un acto simbólico de
castración contra el poder de los hombres, contra el
elemento icónico principal de su virilidad y dominio. Ésta
es la tesis; es preciso leer el libro para ir al fondo de
las razones allí expuestas.
De entonces acá, y pasando por una educación católica de
oprobio y segregación y por siglos de oscurantismo legal que
han llegado hasta nuestros días, y es que hasta hace casi
treinta años en España las mujeres tenían que pedir permiso
a su marido para abrir una cuenta en el banco, por poner un
ejemplo banal, digamos que ellas han acumulado tantos
agravios que aún no sé cómo su santa paciencia no las ha
llevado hacia grupos de acción directa a imitación de sus
congéneres griegas. Y no para emprenderla con las estatuas,
precisamente.
Y, mientras tanto, ¿qué se sigue diciendo en nuestro bar-ágora
invocado? Lo de siempre. Y lo sabemos. El padre que festeja
los primeros ligues de su hijo varón pero que se revuelve de
sólo pensar que su hija esté con uno o varios. El empresario
modelo que te cuenta los lances eróticos de su último viaje
de negocios al extranjero (¿es que no sabes cómo están!)
pero que se subiría al techo si le dijeras que su mujer
también ha ligado, o liga de vez en cuando. Porque ya
sabemos que no es lo mismo. Uno, casado o en pareja, puede
tener aventuras de vez en cuando. Pero no tu mujer. Es un
tema de posesión que no admite reciprocidad. Y además, ya se
sabe, ellas se cuelgan, ellas no controlan. Con la segunda
copa oímos que sí, es cierto, lo que hacen esos, lo otros,
es una salvajada, pero si se contasen los hombres que son
asesinados por sus mujeres sin que se sepa ya veríamos. Las
risas acompañan a éste y dan pie a escuchar las quejas de un
funcionario que protesta porque ahora tiene jefa. Y también
se sabe cómo son las jefas, implacables, intransigentes, y
claro, es porque les falta algo que no les dan. Menos mal
que en la empresa privada eso está bastante controladito.
¿Es que sólo faltaba meterlas en el consejo de
administración! ¿Y es que ahora quieren ser hasta curas! O
sacerdotisas, deberíamos decir...
No quiero cansar al lector. Podría seguir relatando nuestras
conversaciones, pero todos nosotros las conocemos muy bien.
Y nunca decimos nada. No vaya a ser que nuestros amigos
piensen que nos hemos pasado al otro lado. Y como dice el
poema de Bertolt Brecht, mejor es cerrar la puerta de casa y
hacer que no hemos visto nada. Bienvenidas sean las nuevas
leyes, y la reforma de una Constitución que impide a una
mujer heredar la Corona y la Jefatura del Estado, pero hasta
que no cambien nuestras conversaciones de todos los días,
los anuncios sexistas, los socorridos chistes de mal gusto y
tantas cosas cotidianas, no cambiará el run-run de fondo que
alimenta el caldo de cultivo de los exaltados, o ignorantes,
o pobres desgraciados que cometen esas salvajadas que
nosotros condenamos unánimemente. Me temo que las mujeres
van a seguir enfadadas por muchos años.
Fuente:
E-leusis.net
Autora:
José Tono Martínez |
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