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Pese a todo, la esclavitud persiste en países fuera de
nuestra área y tiene unos cuantos millones de víctimas. En
nuestro hemisferio, la esclavización adquiere formas más
sutiles y no menos horrorosas. La del goteo de pateras que
año tras año llegan a la costa cargadas de personas que
serán repatriadas al lugar del que han necesitado marchar.
La de los muertos que se han quedado en el camino.
La del reciente episodio del barco desvencijado que
transportaba 227 infelices hacinados, desnutridos y
finalmente dejados a su suerte, su mala suerte. Toda una
tipología de esclavitud. Los dos hombres blancos que los
embarcaron y los abandonaron son los negreros del presente.
Lo son por acción; preguntémonos si nosotros lo somos por
omisión.
Por conocer con indiferencia cada vez mayor el naufragio
o desdichado desembarco de hombres, mujeres, niños,
embarazadas, incluso bebés. Vienen de África y son negros.
Igual que hace siglos pero con otros mecanismos.
Si el África subsahariana es la principal cantera de que
se nutren los nuevos negreros, por algún motivo será.
Marginada del comercio mundial -que acaparan los países
industrializados y se concentra en compañías
transnacionales-, se ve obligada a exportar sólo materias
primas, las que generan menos valor añadido.
Algunos países africanos entraron a formar parte de la
Organización Mundial de Comercio (OMC), creada en 1995, pero
¡vaya fiasco! Los grandes hacen las regulaciones a su medida
y, llegado el caso, dirimen las negociaciones a su favor.
La UE y EE.UU. disponen de expertos, técnicos y grupos de
presión a los cuales los países pobres, que quizá no cuentan
ni con una delegación, les es imposible enfrentarse.
Los países desarrollados deciden qué aranceles aplicar a
la importación de productos elaborados en los países
subdesarrollados, hasta el punto de que éstos sólo pueden
vender materias básicas. Cultivan el 90% del cacao mundial,
pero sólo elaboran el 5% del chocolate que se consume en el
planeta.
Venden barato y han de comprar caras las manufacturas que
necesitan; eso quienes pueden hacerlo. Los demás se montan
en un barquichuelo de negreros para convertirse en
inmigrantes ilegales, si llegan, pensando que aún así no
vivirán peor.
El G-7 anuncia su disposición a condonar la deuda externa
de los países más pobres, una dádiva que recuerda las de la
antigua nobleza dando caridad a sus siervos. "Perdonarás las
deudas de aquellos que has hecho tan míseros que ya no te
pueden pagar".
Si no se impone un cambio de reglas, si a los africanos
pobres se les mantiene al margen de la industrialización y
el comercio, las pateras y los barcos desvencijados seguirán
llegando.
Hay que dejarles que manufacturen, y hay que igualar los
aranceles que se les impongan a los de los países ricos
entre sí. Porque no iremos a permitir que se nos endurezca
la conciencia hasta verlos como si fueran cosas.
Fuente:
La
Vanguardia
Autora:
Eulàlia Solé |