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Cito los tres hechos con intención política, no
historicista. La renuncia a Roma es la renuncia al derecho;
la destrucción de la ciudad cordobesa, el fin de las
ciencias y de las artes; la desaparición de Al Molk, la
imposibilidad de separar religión y Estado. En tales
circunstancias, el mundo árabe no ha necesitado de ninguna
intervención externa para seguir anclado en la mayor
contribución que ha hecho a la ciencia política en los
últimos mil años: la decadencia permanente, cruz de la
moneda dialéctica donde su contraparte mediterránea, Europa,
es cara e inseparable contrario.
No voy a entrar ahora en el fondo de esa cuestión; es
información de contexto, por si despierta la curiosidad de
algún lector y decide informarse por su cuenta, lejos de los
analistas superficiales y de los que andan soltando no se
qué bazofia sobre el malvado occidente al hilo de los
atentados de Londres. Los gobiernos de EEUU, Gran Bretaña e
Israel, los perros de la guerra que han emponzoñado aún más
las relaciones en esta parte del mundo, tienen razón en una
sola cosa: no hay relación directa entre la invasión de Irak
y los motivos de Al Qaeda y de los grupos fundamentalistas
de su entorno. Si lo sabrán ellos, que los alimentaron
inicialmente (¿sólo inicialmente?) y se benefician de un
conflicto cuyas principales víctimas son, por este orden, el
propio mundo árabe y la Unión Europea.
La familia de Al Qaeda tiene sus propios objetivos. Lo he
dicho muchas veces desde los ataques a las Torres Gemelas:
en el mundo árabe, es el equivalente a una organización de
extrema derecha. Ocupa su espacio, piensa como ellos, mata
como ellos y por supuesto cuenta con las habituales y
oscuras conexiones de cualquier grupo terrorista de extrema
derecha. La guerra de Irak, el conflicto palestino-israelí,
son excusas que desde luego no necesitaron antes ni
necesitarán mañana en el caso de que cambien las cosas. No
son la resistencia iraquí ni la palestina; son un cuerpo
ajeno que pretende manipularlas y que busca destruir
cualquier atisbo de progreso en el mundo árabe, para lo cual
deben conseguir una reacción desmedida, necesariamente, por
parte de eso que llaman Occidente, esa vaguedad que a
efectos de la partida sólo esconde tres nombres ya escritos.
Una vez más, Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel.
Adivina, adivinanza: el ex patrocinador dice ser enemigo
del ex patrocinado; el ex patrocinado, del ex patrocinador.
Los dos buscan la reacción del otro. La banca juega y gana.
Lo más curioso del caso, por no decir lo más patético, es
descubrir que docenas de autores y periodistas que afirman
hablar desde la izquierda caen en la trampa, asumen el
lenguaje de los protagonistas de esta historia y se
convierten, supongo que de forma inadvertida, en
propagandistas de los asesinos. Qué otra cosa es insinuar
que Al Qaeda mantiene una lucha antiimperialista, como he
leído últimamente en varias publicaciones latinoamericanas
(¿es antiimperialista la extrema derecha? ¿desde cuándo,
borregos?). Qué otra cosa son las repugnantes comparaciones
morales entre la muerte de civiles londinenses, madrileños e
iraquíes, si todos son víctimas del mismo enemigo. Qué otra
cosa es tapar la verdad bajo el manto de la apelación a
Occidente, cuando estamos hablando de Bush, Blair, Bin Laden
y su objetivo, común, es aniquilar el derecho, la ciencia y
la separación de religión y Estado.
Poco antes de los atentados de Londres, un columnista del
diario El País criticaba la ley española que concede derecho
de matrimonio y adopción a los homosexuales porque, en su
opinión, ponía en peligro el «diálogo de civilizaciones» con
el Islam. Un gran progresista, el caballero. No me había
reído tanto desde que hace uno o dos meses, en plena campaña
xenófoba de la prensa peruana contra Chile, varios
columnistas acusaron a los chilenos de piratearles (sic) las
aceitunas y las chirimoyas. Y si me quedaran carcajadas,
prometo que me reiría a pierna suelta con el combinado de
izquierdistas y periodistas analfabetos que prefieren
abonarse a las tesis culturalistas y aplaudir masacres, o
justificarlas, porque sus pequeños cerebros no saben sumar
dos y dos.
Por mi parte, me remito a lo que ya dije el pasado día
ocho, en estas mismas páginas, y a una convicción: las
palabras cambian el mundo. Pero si se escriben con renglones
torcidos, si se asume el lenguaje de la barbarie, el sentido
del cambio puede ser inverso al previsto.
Fuente:
La
Insignia
Autor:
Jesús Gómez Gutiérrez |