Si no luchamos contra nosotros mismos, es decir, si ante el
dilema seguridad-libertad, optamos por la libertad, estamos
perdidos. Porque el tumor interior nos devorará. Nos
enfrentamos con un enemigo más fanático y más numeroso que
el marxismo y el nazismo juntos. Y encima lleva muchísimo
más tiempo que ellos sobre la faz de la tierra. Al fin y al
cabo, comunistas y nazis eran contemporáneos nuestros. Pero
estos otros son enemigos venidos directamente de la Edad
Media, en una sarcástica pirueta por el túnel del tiempo.
Una sociedad abierta carece de resortes para combatir con
eficacia contra este Leviatán... a menos que se blinde,
endurezca la legislación y esconda el rostro amable tras la
máscara de hierro.
Pero si luchamos contra nosotros mismos, es decir, si
optamos por la cirugía interna, estamos ofreciendo una
oportunidad de oro a nuestros gobernantes para que caigan en
su tentación favorita: controlarnos más y acaparar más
poder. La lucha contra el mal (con o sin eje) ha sido la
coartada de las democracias para asemejarse a las
dictaduras. Es más, ninguna democracia ha conseguido vencer
a dictadura alguna sin cierto grado de brutalidad y
barbarie. Uno de los más salvajes crímenes contra la
Humanidad fue cometido por la reina de las democracias: la
bomba atómica que redujo a la nada Hiroshima y Nagasaki, y
acabó con 150.000 personas en el plazo de tres días. Por no
hablar de los engaños, trampas o violaciones de derechos a
los que, a veces, recurren las democracias en función de esa
suprema ley que reza: el fin justifica los medios. Desde las
mentiras para provocar guerras (las famosas armas de
destrucción masiva invocadas para atacar Irak) hasta el
siniestro atajo de los GAL, pasando por la ingeniería social
que implican los experimentos biogenéticos. Es la teoría del
mal menor de Michael Ignatieff, tan de moda estas semanas
posteriores a la matanza del día de San Fermín. Una teoría
que pone el acento en la eficacia, como criterio supremo, y
concede patentes de corso para suspensiones temporales de
derechos, guerras preventivas e invasión de la privacidad.
Una teoría que se compadece mal con conceptos como el bien
común, la ética o la ley. A menos que sean relativos. Y
mucho me temo que en Occidente todo es ya relativo, menos
ganar elecciones y pasar por caja. El relativismo lleva, a
veces, a la democracia a negarse a sí misma... en función de
la democracia. No es una frase de Groucho, sino la
descripción de lo que ocurrió hace 14 años en Argelia,
cuando trataron de impedir que el FIS (Frente Islámico de
Salvación) se presentara a la segunda vuelta de las
elecciones, porque amenazaba con ganar. ¿Lejano? No
tardaremos mucho en ver situaciones análogas en una Europa
cada vez más poblada por musulmanes, es decir, más
islamizada sociológica y culturalmente y, por tanto, menos
democratizada. Si el dilema seguridad-libertad es, de por
sí, un círculo cuadrado, ese otro panorama que nos espera a
la vuelta de la esquina será un endiablado arabesco.
Fuente:
Época
Autor:
Alfonso Basallo |