| Se permite, en
un medio laico, media palabra sobre una Realidad tan
apasionante que hace imposible la neutralidad ante ella? ¿Se
permite en el marco inevitablemente ligero de los medios de
masas? Con temor y temblor, voy a intentarlo. |
El problema de Dios no se resuelve con una respuesta que
liquide la cuestión. Cualquier respuesta sólo la convierte
en misterio. Dios es, a la vez, la Alteridad Total y la
Profundidad más Honda. Por lo primero no sería posible
hablar de Él. Por lo segundo cabe sobre Él una palabra
balbuciente. Para quienes creen que Dios, sin salir de su
Misterio, se ha dado a conocer algo en Jesús de Nazaret, esa
palabra iría por lo que escribe la conocida hispanista Rosa
Rossi: "Recurriendo a la única experiencia humana que se
parece a la búsqueda de lo que es totalmente Otro: el amor".
Dios es la Misericordia escondida y anónima. Escondida por
su misma vulnerabilidad, y porque, de tenerla más accesible,
los hombre sólo sabríamos abusar de ella.
El acceso a Su Realidad tiene un precio, que consiste en
ahondar y bajar hasta la mayor calidad y hondura de nosotros
mismos. Hasta esa dimensión donde sólo se llega a través del
silencio, de la entrega del yo, de la apertura a la
vulnerabilidad propia y a la gratuidad misteriosa que anida
en todo. Acercarse a Él implica algo así como sentir una
radiografía del propio yo, que no es demasiado grata pero
que, al ser aceptada, abre caminos nuevos e imantados. Pero
es también como acercarse a "la Fuente que mana y corre", a
la Madre Vida que es pura gratuidad y fuente de toda vida,
que existe sólo porque sí, y se da porque sí. Como la
Belleza que cantó el místico A. Silesius: "La rosa es sin
por qué, / florece porque florece, / no se cuida de sí misma
/ ni pregunta si la ven".
Entre las cosas más serias que se han dicho de Él (o de
Ella) es que "allí hay más alegría por uno que regresa que
por noventa y nueve que ya están" (Lucas 15,7). Por eso,
creerse de los Suyos no es ninguna ventaja, ni motivo de
superioridad o de autocomplacencia.
Dios se entregó a los hombres a través de Jesús, en la
discreción y el anonimato. Como uno más de ellos, a veces
casi "sin apariencia humana" (Isaías 53), como tantas
víctimas de la historia a las que Él recapitula. Pero
despertando la sospecha de que ahí "hay palabras de vida
eterna" (Juan 6, 69).
Se entregó de tal manera que, como escribió Teresa de Ávila,
"no tiene otras manos que las nuestras". Y busca en los
hombres la máxima bondad que brote de la más profunda
libertad, y no de un orden exterior autoritario y
fascistoide como el que preferirían muchos profesionales de
la religión. San Agustín expresó todo esto con dos de sus
frases afortunadas: "Te creó sin ti pero no te salvará sin
ti". Y para esa salvación, "nos creó con Su poder pero nos
busca a través de Su debilidad".
Se entregó no necesariamente para que todos creyeran en Él:
en el mundo de Lo Santo todo es posesión común, y el que
cree o espera, cree y espera por los que no creen. Se
entregó para sacar de nuestra libertad la mayor y más plena
bondad posible (Mateo 5,48).
Por lo general, Dios tiene poco que ver con casi todo lo que
de Él se dice. Además, ha de soportar la incapacidad de sus
representantes oficiales (entre los cuales me incluyo),
tentados siempre de confundirle con los propios intereses
personales o institucionales, y de hacerle presente allí
donde Él no se presenta: a través de las filacterias, las
campanadas, las cámaras y los espectáculos... Cuando Él,
como explicaba Jesús, ve "en lo secreto y nos espera en lo
secreto" (Mateo 6).
Refiriéndose a Él dijo Ignacio de Loyola que "no el mucho
saber harta y satisface, sino el sentir y gustar las cosas
internamente". No el mero sentir y gustar: pues el Capital y
el Mercado (falsos dioses de nuestra cultura) han tejido un
clima donde sólo se pretende sentir y gustar las cosas
externa y superficialmente, para cambiarlas en seguida por
otras.
En una de las escenas más bellas de los evangelios, Jesús se
desprende del abrazo de María Magdalena y le dice: "Déjame,
que aún no estamos en la dimensión del Padre. Ve a mis
hermanos" (Juan 20,17)... A pesar de la belleza del relato,
éste es uno de Sus rasgos más incomprensibles: Dios
interrumpe el encuentro, cuando creemos por fin haberle
hallado, para enviarnos a los seres humanos: a los hermanos
de Su Hijo.
Y éste acaba siendo el único criterio del encuentro con Él:
no las misas, ni los rezos ni los trisagios, ni las
pancartas en manifestaciones, sino la ida (que no la
indiferencia) hacia los hombres. Y hacia los hombres como
hermanos, no como infieles ni como enemigos... Porque no se
puede pronunciar con verdad el Santo Nombre de Dios sin que
todos los seres humanos queden hermanados en Él.
No hay otro criterio. Pero ahí quizá le encuentran muchos
que creen no poder encontrarle, según la paradoja que canta
un soneto de P. Casaldáliga: "Cuanto menos Te encuentro, más
Te hallo".
Dios seduce y marea a la vez, efectivamente. Por eso ninguna
palabra sobre Él puede concluir sin reconocer que ha dicho
más mentira que verdad. Pero también que, en esa mentira
balbuciente, sobrenada la certeza de haber tocado algo muy
serio. Una certeza bellamente cantada por Juan de Yepes:
"Que bien sé yo la Fuente que mana y corre, aunque es de
noche"...
Fuente:
La
Vanguardia Digital
Autor:
José Ignacio González Faus |
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