El calentamiento
global reduce la nieve y el hielo y nos aboca a alteraciones
muy traumáticas.
La noticia de la contaminación de sustancias cancerígenas
que sufre el río Songhua (y se teme que pueda llegar
rápidamente a otros, como el Amur, en Rusia), producida por
la explosión de una planta química, contaminación que ha
obligado a cortar el suministro de agua de Harbin, ciudad
situada en el extremo noreste de China, trae a la actualidad
de nuevo la cuestión del agua, el bien más preciado para el
ser humano. |
Entre el 70% y el 80% de nuestros cuerpos, no se olvide,
están formados por agua. Podemos vivir sin muchas cosas,
podemos apañárnoslas para sustituir unos alimentos por
otros, pero sin el agua nuestros días están contados.
Incluso en lo que se refiere a esos alimentos a los que
acabo de referirme, a la postre ¿cómo producirlos sin agua,
el mismo líquido que necesitamos para mantener nuestra
salud?
Hasta hace muy pocas semanas, nadie tenía que recordarnos en
España la importancia del agua: la prolongada sequía que
estábamos padeciendo reducía muy peligrosamente nuestras
reservas, y todos nos preocupábamos e interesábamos por el
tema. Ahora que ha empezado a llover, la preocupación y el
interés decrecen rápidamente, aunque, naturalmente, no sea
posible todavía saber en qué medida nos recuperaremos; no se
llenan los pantanos sin más ni más. Haríamos mal, no
obstante, si dejamos que la cuestión del presente y futuro
del agua deje de ser un tema preferente de nuestra atención.
La Institución Scripps de Oceanografía de la Universidad de
California, en San Diego, acaba de hacer público estos días
un informe en el que se señala que el calentamiento global
que, según muchos (cada vez más), está sufriendo la Tierra
tendrá consecuencias importantes para las reservas de agua
mundiales. Uno de los aspectos que más destaca este informe
es que los gases de efecto invernadero que, por encima de
protocolos como el de Kyoto, continuamos produciendo, dará
lugar a algo que ya estamos advirtiendo desde hace tiempo:
que caerá más agua en forma de lluvia que de nieve.
Y para algunos países y regiones del planeta esto puede
tener consecuencias dramáticas. Se derretirá la nieve (de la
que habrá, además, menos) antes de lo habitual, lo que
modificará la secuencia tradicional de suministro de agua a
través del deshielo, un hecho para el que algunos países no
están preparados. Y no debemos olvidar a los glaciares, que
también contribuyen, por supuesto, al suministro de agua, y
cuyos tamaños se están reduciendo a pasos agigantados (la
superficie de los glaciares de extensas áreas del Perú, por
ejemplo, se ha reducido en un 25% en los últimos 30 años).
La madre naturaleza, en otras palabras, actuará de ahora en
adelante cada vez menos como un depósito natural, y las
praderas canadienses, las regiones centroeuropeas de la
cuenca del Rin, extensas regiones de Asia (de China y la
India), al igual que de Suramérica, en la zona al oeste de
la cordillera de los Andes, sufrirán las consecuencias,
debiendo sus habitantes iniciar programas de construcción
de, por ejemplo, presas para paliar lo que se les viene
encima.
No se trata, por otra parte, únicamente del agua que
necesitamos para beber, lavarnos, producir cosechas o
mantener ganado, el agua es también un elemento central para
múltiples tipos de producciones o aplicaciones industriales,
para la generación de electricidad, así como para el
transporte. De manera que una modificación significativa en
los patrones de "producción" de agua por parte de la
naturaleza y de la cantidad que nos será accesible
originará, sin duda, alteraciones profundas, y muy
traumáticas, en las sociedades que se vean afectadas.
Hay, además, que tener en cuenta que la demanda de agua
lleva mucho tiempo incrementándose de una forma tan
llamativa como alarmante. Durante los últimos 50 años el
consumo de agua se ha triplicado. En qué proporción
continuará creciendo es algo que tiene que ver,
evidentemente, con factores como el desarrollo de regiones
en las que hoy domina la pobreza (los pobres consumen menos
agua), aunque, en cualquier caso, hay que tener en cuenta
que si hoy somos en la Tierra 6.000 millones de personas, la
estimación es que en un futuro próximo (en vida de nuestros
nietos) la cifra llegará a los 8.000 millones, y todos ellos
necesitarán, y reclamarán, claro, el derecho a disponer de
agua suficiente para sus necesidades.
Dos tercios del uso de esa agua se destina en la actualidad
a la agricultura, alrededor de un cuarto a la industria y
sólo el 10% a uso doméstico. Y hay otro factor que no
debemos olvidar: crecientemente, el agua almacenada durante
cientos o miles de años en acuíferos subterráneos está
siendo utilizada, esto es, consumida, despojándonos, a
nosotros y a nuestros descendientes, de reservas
"estratégicas" de las que la naturaleza generosa y
pacientemente nos ha provisto.
A España algunos de los problemas que he citado le afectarán
y otros no, o al menos no tanto. No dependemos, por ejemplo,
apenas de los glaciares, y no demasiado, salvo en algunas
regiones, del deshielo de la nieve. Aunque, por el
contrario, nos amenaza la desertización, lo que significará
menos precipitaciones.
Es evidente, pues, que es preciso, absolutamente preciso,
analizar detenidamente la situación y las perspectivas de
futuro, e implementar las políticas necesarias. Todo indica
que no es únicamente un legado que dejaremos, si tomamos
esas iniciativas, a nuestros descendientes, sino actuaciones
de las que muchos de nosotros nos beneficiaremos durante
nuestras propias vidas.
Fuente:
El Periódico
Autor: José Manuel Sánchez Ron*
* Miembro de la Real Academia Española y catedrático de
Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid |
|
|