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De tomar en consideración algunas afirmaciones recientes, la censura estaría a punto de volver a establecerse en España. Pero no todas las opiniones coinciden con esa creencia y, por el contrario, abundan aquellas que estiman que nos encontramos ante la oportunidad de poner un poco de sentido común sobre el desordenado mundo de los medios de comunicación.
El debate no es nuevo. Hace sesenta años, en Estados Unidos, se cuestionó que la prensa, en exceso sujeta a intereses económicos, cumpliese con el papel que le asignaba la democracia. Amparados bajo el paraguas de la libertad de expresión, ¿atendían los medios el derecho a la información de los ciudadanos? Se formó una comisión de notables, presidida por el rector de la Universidad de Chicago, Robert Hutchins, que llegó a la conclusión de que el mercado no había nacido para defender la democracia y que, si se desvirtuaban ciertos principios fundacionales, el Estado debería intervenir para garantizar lo que llamaba "la función social de los medios".

Hoy, en Estados Unidos, especialmente después del 11-S, el espíritu de Hutchins vuelve a ser reivindicado. Desde una posición netamente liberal, la comisión definía la intervención del Estado como un mal, pero siempre menor que la degradación de la democracia, y proponía, para evitar ese mal, la autorregulación de los medios. Una autorregulación ética que inscribiese su acción dentro de la cultura democrática, con respeto a la veracidad de la información, la pluralidad y la dignidad de las audiencias.

En los países centrales de la Unión Europea, el mundo de la comunicación y de los medios difiere bastante de lo que percibimos en nuestra proximidad cotidiana. Los mecanismos de regulación y autorregulación están consolidados en todas las naciones y alcanzan al conjunto de los medios. Los audiovisuales aparecen sujetos al control de altas autoridades o consejos, establecidos por ley, que velan por el cumplimiento de normas que tienen un mínimo denominador común: las directivas europeas de Televisión sin Fronteras. En el resto de los medios, la labor informativa –la más sensible a la manipulación, el control y la censura–, está amparada por los Consejos de Prensa e instancias de autorregulación, que aseguran el derecho fundamental de los ciudadanos a la información.

En España, tal vez por inercias que vienen de la dictadura, la cuestión de los medios no ha estado exenta de complicidades, favoritismos, clientelismos e intervenciones inherentes a la relación directa que aquí se da entre los gobiernos y los medios. Todo conato de regulación, de ruptura del ventajoso statu quo –para los gobiernos y los medios–, ha sido presentado, con muy pobres argumentos, como un intento de recuperar la censura, criterio compartido por cierta élite de la profesión periodística, que es la primera víctima del todo vale.

Una prueba de que el camino europeo es otro no sólo se manifiesta en las prácticas bien diferenciadas de Francia, Alemania, Reino Unido, etcétera, sino en la voluntad expresa de la UE de evitar dos velocidades en materia de libertades públicas. La resolución del Parlamento Europeo de 22 de abril de 2004, referida a la libertad de expresión en Europa, es clara e inequívoca, y apunta a Italia y, en menor medida, a España, como las naciones comunitarias donde las prácticas mediáticas están más alejadas de la cultura democrática.

La cultura democrática, recuerdan Hallin y Mancini, autores de un excelente trabajo sobre sistemas de medios y sistemas políticos, busca el consenso, y en España los medios despliegan estrategias bipolares –estos autores hablan de democracia polarizada–, que afecta a la calidad de la vida cívica y al espacio público. Los medios no se basan en la riqueza y contraste de sus fuentes, sino que, con frecuencia, confunden credibilidad con identidad ideológica. La sobredosis editorializante y el sesgo polarizado terminan por limitar la creación de opinión libre. Son, advierten Hallin y Mancini, rasgos de países que han vivido cercanas dictaduras y eluden los mecanismos de regulación y autorregulación.

A río revuelto, la sacrosanta libertad de expresión queda en manos de políticos y empresarios, en encuentros y desencuentros donde cabe la extorsión, las concesiones bajo sospecha, la parcialidad, la privatización gubernamental de los medios públicos y los múltiples usos de la publicidad institucional.

En este panorama, democráticamente deficitario, hay quienes opinan que mover una coma es retornar a la censura, incluso lo dicen algunos periodistas, que se olvidan de reivindicar mejores condiciones profesionales (véase la creciente precariedad en el Anuario de la Profesión Periodística, Asociación de la Prensa de Madrid), autorregulación y códigos éticos que restablezcan la confianza con las audiencias y garanticen el derecho de éstas a la información y a la dignidad de los contenidos.

Fuente: Diario de Sevilla
Autor: Bernardo Díaz Nosty*

* Catedrático de periodismo de la Universidad de Málaga

 

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