La fisonomía de Anders Fogh Rasmussen se parece más a la de
un hombre sacado de la España rural y profunda que a la del
típico alto y rubio nórdico. De pelo negro, mandíbula ancha
y permanente sombra de barba recién afeitada, Rasmussen
tiene unos ojos de expresión sonriente, como los de un niño
sorprendido por un regalo, que le dan un inevitable aire
infantil, aunque a veces se vea temeroso.
Sin embargo, y aunque ante los ojos de muchos pudiera
parecer una presa fácil de engañar, en su interior se
esconde un hombre de principios, voluntad férrea e ideas
claras, que lidera con firmeza y habilidad un Gobierno de
coalición liberal conservadora, en un país donde las
tendencias políticas de sus pocos más de cinco millones de
habitantes siempre han estado divididas en un amplio
espectro de ideologías, donde todos caben y ninguno se queda
fuera.
Hace un par de semanas, la galerna de las caricaturas del
profeta le estalló en la cara. No tenía nada que ver con el
asunto pero los imanes daneses, acostumbrados a aprovecharse
de las debilidades de los socialdemócratas, que por no tener
conflictos y en aras de la tolerancia siempre han cedido a
sus exigencias, se encontraron con la firme negativa del
jefe del ejecutivo danés a pedir perdón por algo que no
había hecho.
De la noche a la mañana Dinamarca, el reino de las 500 islas
que no todo el mundo sabe donde emplazar en un mapa, se
convirtió en el ojo del huracán de las protestas musulmanas.
Para Rasmussen ya no se trataba de defender una postura
política local. El asunto se convirtió en un pulso en toda
regla entre dos civilizaciones y a Rasmussen le había tocado
sin querer, el papel de ser el que ponía el brazo occidental
en la confrontación.
Como buen "jyde" (originario de Jutlandia, la zona
peninsular de Dinamarca), Rasmussen nunca ha estado
dispuesto a dar su brazo a torcer y menos, a ser amedrentado
por amenazas. Sin perder los nervios ni la compostura, está
demostrando al mundo la firmeza, a veces tozudez, que tanto
caracteriza a los daneses de esta zona del país. Dinamarca
estaba siendo atacada y esto unió aún más a los daneses y
políticos de este pequeño país que, con algunas excepciones,
naturalmente de la izquierda, apoyaron en piña y sin
aspavientos la postura de su primer ministro.
Anders Fogh Rasmussen no tiene el carisma de Uffe Elleman
Jensen, su antecesor al frente del partido liberal danés "Venstre"
que, aunque el vocablo significa "izquierda" no tienen nada
que ver con la ideología. Tampoco tiene la oratoria de Tony
Blair, ni la prepotencia de Chirac, ni la mano izquierda de
Merkel, ni mucho menos el talante flácido de la sonrisa de
Zapatero. Pero sí tiene el coraje y la valentía de
enfrentarse a la situación y resistir un asedio donde
políticamente, otros hace tiempo que ya habrían claudicado.
Rasmussen es un hombre de principios, liberal hasta la
médula, que defiende a capa y espada la democracia y
libertad que generaciones de sus antepasados lucharon por
conseguir y mantener hasta nuestros días.
Hijo de un propietario rural, terminó el bachillerato en la
escuela de Viborg (Jutlandia) en 1972 con el especial de
idiomas y estudios sociales. Seis años después se licenciaba
en Economía en la Universidad de Aarhus, en Jutlandia.
En su autobiografía, Rasmussen cuenta una pasaje de su
adolescencia que, según el mismo dice, nunca ha podido
olvidar. "Cuando iba a empezar a estudiar el bachillerato,
mi padre me soltó uno de esos instructivos discursos
paternos. Me dijo claramente que no creyera que yo era
especial porque iba a estudiar en un instituto y que, si
ahora podía tener estudios gratuitos, era porque otros, con
sus manos, habían trabajado duramente para crear los valores
que hacían posible que una gran parte de mi generación
pudiera tener estudios"
Tras la avalancha de violencia y protestas del mundo
musulmán que la semana pasada cayeron sobre Dinamarca, los
líderes de la UE no supieron reaccionar. Los que lo hicieron
fue a base de unas tibias declaraciones que mostraban su
miedo y aún más, la desunión y debilidad existentes en el
mundo occidental. Rasmussen se sintió solo pero se mantuvo
firme y no ha cedido a las exigencias de los musulmanes
porque hacerlo, sin tener culpa de nada, sería el principio
del fin de la civilización, de la cultura y de los valores
de occidente. Rasmussen está demostrando al mundo que él es
lo que los daneses llaman "en ægte mandfolk", algo así como
"un tío con dos cojones".
Autor: Miguel Mielgo - Copenhague *
* Miguel Mielgo es periodista freelance y editor del sitio
web JM
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