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La soberanía ya no es lo que era

 

 

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Durante tres siglos y medio, las relaciones internacionales se han estructurado a partir del principio de soberanía, o sea, la noción de que los Estados son los actores centrales en el escenario mundial y los gobiernos, por naturaleza, son libres de hacer lo que les plazca dentro de su territorio, pero no en los de otros Estados. Ha llegado el momento de revisar este concepto.

En el mundo hay más de ciento noventa países. Hoy, coexisten con un número mayor de actores poderosos, no soberanos y parcialmente independientes (a menudo, en grado considerable) que van desde corporaciones hasta organizaciones no gubernamentales, desde grupos terroristas hasta carteles de narcotraficantes, desde instituciones regionales y mundiales hasta bancos y fondos accionarios privados. Un Estado soberano puede recibir su influjo, para bien o para mal, tanto como influir sobre ellos. Asistimos a una erosión del cuasimonopolio del poder que otrora ejercieron las entidades soberanas.

Por ende, hacen falta mecanismos de gobierno regional y global que incluyan a otros actores, además de los Estados. Esto no significa asignar bancas en la Asamblea General de la ONU a Microsoft, Amnistía Internacional o Goldman Sachs, sino incluir a representantes de tales organizaciones en las deliberaciones regionales y mundiales que puedan incidir en la consideración, o no, de problemas regionales y globales, así como en el modo de encararlos.

Asimismo, para que el sistema internacional funcione, los Estados deben estar dispuestos a ceder parte de su soberanía a los organismos mundiales. Ya lo hacen en la esfera comercial. Los gobiernos aceptan los dictámenes de la Organización Mundial del Comercio -aun cuando alguno en particular les exija cambiar una práctica que aplican por derecho soberano- porque, en última instancia, la existencia de un orden comercial internacional los beneficia.

Algunos gobiernos están dispuestos a renunciar a ciertos elementos de su soberanía para enfrentar la amenaza de un cambio climático mundial. Por ejemplo, los países signatarios del Protocolo de Kyoto, vigente hasta 2012, acordaron fijar topes a las emisiones de determinados gases. Lo que hace falta ahora es otro convenio para después de 2012, en el que un mayor número de gobiernos (incluidos los de Estados Unidos, China y la India) acepten limitar las emisiones o adoptar normas comunes, basándose en el reconocimiento de que ellos mismos saldrían perjudicados si ningún país lo hiciera.

Todo esto indica que es preciso redefinir la soberanía para que los Estados puedan hacer frente a la globalización. Esta trae aparejado un aumento del volumen, velocidad e importancia de los flujos internos e internacionales de personas, ideas, gases de efecto invernadero, mercaderías, dólares, drogas, virus, mensajes electrónicos, armas y muchas otras cosas. Es un reto a un principio fundamental de la soberanía: la capacidad de controlar las fronteras. Los Estados soberanos tienden cada vez más a no medir su vulnerabilidad respecto de otros Estados, sino de las fuerzas que escapan a su control.

La globalización implica, pues, que en realidad la soberanía no sólo se está debilitando: necesita debilitarse. Los Estados deberían tener la sensatez de debilitar su soberanía para protegerse, puesto que no pueden aislarse de lo que sucede en otros lugares. La soberanía ya no es un refugio sagrado.

Esto quedó demostrado por el modo en que Estados Unidos y el resto del mundo reaccionaron frente al terrorismo. Derrocaron al gobierno afgano de los talibanes que había acogido y mantenido a Al-Qaeda. Del mismo modo, la guerra preventiva de Estados Unidos contra Irak -que había desairado a la ONU y, supuestamente, poseía armas de destrucción masiva- demostró que la soberanía ya no daba una protección absoluta. Imaginen cómo reaccionaría el mundo si se enterara de que algún gobierno se propone usar o transferir un artefacto nuclear, o de que ya lo ha hecho. Muchos sostendrían correctamente que la soberanía no ampara a ese Estado.

La necesidad también puede llevarnos a reducir o aun eliminar la soberanía cuando un gobierno, ya sea por ineptitud o por carecer de una política consciente, es incapaz de cubrir los requerimientos básicos de sus ciudadanos. No es una mera cuestión de escrúpulos: vemos que la desintegración del Estado y el genocidio pueden provocar flujos desestabilizadores de refugiados y dar pie a que el terrorismo eche raíces.

La intervención de la OTAN en Kosovo fue un ejemplo de cómo varios gobiernos decidieron violar la soberanía de otro (el de Serbia) para poner fin a la limpieza étnica y el genocidio. En cambio, las masacres de hace una década en Ruanda y las actuales en Darfur (Sudán) muestran cuánto cuesta respetar la soberanía, por considerarla suprema, y hacer poco para impedir la matanza de inocentes.

Por lo tanto, debemos concebir una soberanía condicional y aun contractual, más que absoluta. Si un Estado no cumple sus obligaciones contractuales -si financia el terrorismo, usa o transfiere armas de destrucción masiva o lleva adelante un genocidio- pierde los beneficios normales de la soberanía y se abre a un ataque, la remoción de su gobierno o una ocupación. El reto diplomático de estos tiempos es ganar un amplio apoyo de los principios de conducta estatal y hallar un procedimiento para "prescribir los remedios" cuando se violen dichos principios.

El objetivo debería ser redefinir la soberanía para esta era de la globalización, encontrar un equilibrio entre un mundo de Estados absolutamente soberanos y un sistema internacional de gobierno mundial o de anarquía. Hay que preservar la idea básica de soberanía, todavía útil para refrenar la violencia entre Estados. Pero es preciso adaptarla a un mundo en que los principales desafíos al orden no provienen tanto de las acciones recíprocas entre Estados, sino más bien de lo que las fuerzas globales les hacen a ellos y lo que los gobiernos hacen a sus pueblos.

Richard N. Haass es presidente del Council on Foreign Relations y autor del libro The Opportunity: America´s Moment to Alter History´s Course.

Fuente: La Nación.com
Autor: Richard N. Haass

Traducción de Zoraida J. Valcárcel

 

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