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Los niños que comen basura
La Voz de Galicia
(http://www.lavozdegalicia.es)
Muchas madres desean que sus hijos ingresen de forma
transitoria en los hospitales porque de esta forma tienen garantizada su
alimentación y cuidados.
Ricardo, el militante de izquierdas que guía mi viaje por los horrores de San
Miguel de Tucumán, ha decidido comenzar con un «shock». Este gallego quiere
ver cosas fuertes, pues se las vamos a mostrar, debió de pensar. Yo ya estoy
arrepentido de habérselo pedido. El olor es insoportable y la visión, todavía
más. Estamos en el Vaciadero de Vázquez, en las afueras de Tucumán. Delante de
nosotros hay un inmenso socavón, donde antes se depositaba la basura. Al otro
lado se agolpan varias decenas de personas dispuestas a pelearse por un trozo
de inmundicia. Hace un calor sofocante. Las moscas y los mosquitos se mueven
en enjambres. Dan ganas de volver a Galicia en teletransportador.
«Ya verá cuando llegue el camión», me anuncia Tomasa. Esa mujer, mayor,
morena, es la verdadera guía sobre el terreno. Antes de que entremos en las
villas miserias (los poblados de chabolas), Ricardo busca a sus contactos,
gente como Tomasa, que vive cerca, conoce a los vecinos y nos garantiza la
seguridad.
Triste botín
Al otro lado del agujero aparece un camión de la basura amarillo. La gente se
prepara. El vehículo se detiene para echar los desperdicios. Comienza la
batalla. A lo lejos, porque no conviene acercarse, se ve perfectamente como
los hombres y los niños se empujan en pos de su triste botín.
«Se pelean porque buscan comida. Muchas veces llega carne de las carnicerías,
que los carniceros la dan por estropeada, pero que se puede comer. Los
supermercados también tiran cosas que son comestibles», explica Tomasa. ¿No es
peligroso? «Es lo que tienen para comer», responde. No hay lugar para fechas
de caducidad u otras exquisiteces.
La de la basura es una de las industrias en alza en Argentina. Ahora se
recicla todo, no por convicciones ecologistas sino por falta de empleo y
alimentos. En Buenos Aires, las autoridades calculan que hay 40.000
cartoneros, los que viven de los desperdicios. Se han adueñado de la noche
bonaerense y el Gobierno acaba de lanzar una ley para regular su labor.
Recogen el cartón y el vidrio, lo clasifican y después lo venden. A veces
encuentran algo de valor.
«É increíble porque nos 50, cando cheguei a Arxentina, tiraban todo, pizzas
enteiras, enormes bistecs... Ninguén andaba na basura. Eran tempos de fartura.
E agora, cando a xente ten que ir ós cubos a buscar, é precisamente cando non
hai nada», me dijo una vez una gallega de Viana do Bolo.
El camión amarillo se marcha. Y nosotros vamos del vertedero a la villa
miseria que hay justo al lado. En la ladera brotan una especie de lechugas
gigantescas. Tomasa advierte: «Son venenosas. No se pueden comer, pero mire lo
buena que es aquí la tierra, que hasta de la basura salen las plantas».
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