El dóberman
Un hombre decidió suministrar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro dóberman, porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que se resistía con todas sus fuerzas, le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote.
Pero, un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para asombro de su dueño, el perro volvió dócilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces cuando el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.
El reformatorio
Se hablaba de construir un reformatorio para muchachos y se solicitó el parecer de un célebre experto en educación. Éste hizo un apasionado alegato en favor de unos métodos educativos abiertos al diálogo y a la comprensión, urgiendo a los fundadores a no escatimar medios para conseguir los servicios de unos cuidadores bondadosos y competentes.
Y concluyó diciendo: "Con lograr salvar a un solo muchacho de la depravación moral, ya habrán quedado justificados los gastos y los esfuerzos que se invierten en una institución de este tipo".
Un miembro de la junta directiva, le dijo: "¿No ha estado usted ligeramente exagerado? ¿Cree de veras que el salvar a un solo muchacho justificaría todos los gastos y esfuerzos?"
"¡Si se tratara de mi hijo, sí!", fue la respuesta.
Fuente: "Gracias, maestros" (Juan Carlos López Rodríguez) |