En el colegio conseguí una aceptable reputación, pues al final si
te haces la simpática, y no armas demasiados líos, lo único que queda
son las notas. Y yo las tenía bastante buenas. No pienso que sea dueña
de unas dotes deslumbrantes, pero sí que tengo la cualidad de saber
sacarle partido a lo que tengo. Estudiaba mucho, pero sin orden ni
constancia. Lo mío era el último momento, el "por los
pelos", y el haber comprendido a tiempo que en muchas ocasiones
puedes vivir de las rentas de haber sido bien etiquetada.
Soñaba con ser la mejor arquitecto del mundo pero, cuando empecé la
carrera, no dedicaba ni dos horas diarias al estudio. Gastaba el tiempo
en dar rienda suelta a mi gran imaginación, que me exigía dibujar
casas exóticas para famosos. Así que, después de aburrirme yo y luego
mis padres con mis cosechas de calabazas, me conformé con hacer un
curso por correspondencia de delineante. Estos cursos tenían la ventaja
para mí de funcionar a mi aire, lo que me encantaba; pues me hacía
sentirme más libre. Aunque había que entregar trabajos, poco a poco, y
casi siempre "por los pelos", fui superando las pruebas. Con
lo que me convertí en una flamante profesional.
Con estos detalles queda bien dibujado mi carácter blando, blando,
blando. Me disculpaba a mí misma diciendo: «A mí lo que me va es la
práctica, pero eso de la teoría... », y así me fue. Porque ahora
comprendo, ahora veo muy claro lo difícil que resulta lograr una buena
práctica sin el fundamento de una excelente teoría.
Pues bien, yo no era mala. Ni robé, ni maté, pero era algo peor,
era tibia. Ni sí, ni no. Ni frío ni caliente. Si algún domingo estaba
con los amigos y me lo estaba pasando muy bien con los piropos de
fulanito, y ya eran las ocho... y era la última Misa..., al principio
sin previo aviso, salía corriendo y llegaba "por los pelos",
pero había cumplido..., luego —como eso no era vida—, la
satisfacción del deber cumplido empezó a cansarme... y comencé a
pensar de otro modo: la verdad, ¡por un domingo sin Misa!... Y aquella
otra vez con otro amigo... sólo fue un beso... total...
Mi vida era siempre una huida hacia delante. Todo se resolvía en que
no me pillen, en tener siempre preparada una buena coartada. Si un día
tenía un buen motivo, otro día era otra razón; siempre las había.
La cochina soberbia me llevó a la ceguera. Necesitaba ser estimada,
llamar la atención. No estaba hecha para ser una chica buena, de las
del montón. Me espantaba convertirme en una marujona cargada de niños
y siempre sumisa a su maridito, con el único consuelo de ir diciendo
por ahí que "en mi casa mando yo". Lo de pasar oculta, seguro
que no se había escrito por mí. Si no podía ser una gran mujer,
terminaría siendo... Sí, sentía orgullo de ser apetecida y poder
acostarme con quien me diera la gana, como si por eso fuera más mujer,
con más puntos que las demás y fuera más cotizada, más admirada.
Aunque creí que dominaba mis sentimientos y que estas aventuras no
dejaban huella en mi corazón, un día me enamoré... Yo sabía que
aquel hombre no me convenía. Y como ya tenía «motu proprio» mis
malas inclinaciones, aquello fue como atarme una gran bola de hierro a
la muñeca y tirarme al mar. Mi acompañante de aventuras, la soberbia,
se encargó de poner un decorado adecuado. Y, por arte de magia, mi
nueva situación dejó de parecerme algo horroroso. Pensaba que más
valía estar mal acompañada que quedarme sola. La venda del orgullo me
tapó los ojos y quedé ciega.
Estaba convencida de que en mi familia nadie me podría comprender;
eran de otra época. Lo que son las cosas: la imaginación me convirtió
en la persona valiente y coherente, y atribuyó a mis conocidos el papel
de hipócritas y cobardes. ¡Qué sabían ellos de mi vida!, ni
remotamente se lo imaginaban.