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VOCACIÓN, TEMPERAMENTO
Y SUERTE
La afición, la vocación
nuestra, emana de raíces hondísimas hundidas en nuestra personalidad,
y hay que buscarla, por lo tanto, cuando el hombre es niño; casi antes
aún: en los escalones de su herencia. Cuando las historias nos cuentan,
por ejemplo, que Galeno fue médico porque un espíritu
le insinuó a su padre, estando durmiendo, que el niño tenía aptitud
genial para nuestro arte, debemos interpretarlo como el símbolo de lo
que es la vocación: algo que está infundido en la raíz lejana de cada
hombre y que debe buscarse mucho antes de la edad reglamentaria de ir
al Instituto de Orientación. Mucho antes. Quizá antes de que el ser
nuevo haya nacido. Por eso los espíritus orientadores de Galeno se pusieron
en comunicación con el padre, porque es en éste donde está la raíz de
la vocación del hijo. El único problema está en no delegar por completo
el asunto en manos de los espíritus, sino en plantearlo con arreglo
a las leyes inteligentes. 0, tal vez fuera mejor, en interpretar los
espíritus, esto es, la herencia y el azar, como debemos interpretarlos,
es decir, como ocasiones favorables, que debe fecundar después nuestro
esfuerzo, nuestra voluntad. Así debemos entender el símbolo de los espíritus
de Galeno. Y así he entendido siempre la llamada suerte de los hombres;
a saber: como posiciones ventajosas que el hombre "con suerte"
sabe aprovechar, y el "sin suerte" deja pasar, casi siempre
por desidia, delante de sus narices. La suerte en las batallas guerreras
resulta siempre explicada por una posición o por un minuto trascendente,
bien elegidos por el general afortunado. Y en las batallas de la vida
pasa igual: la suerte, el hada, el espíritu favorable, el Ángel de la
Guarda, no son, ni más ni menos, que el arte y la decisión de saber
escoger el terreno propicio para pelear. Y esto es también obra de la
vocación. Ningún hombre sin vocación tiene buena suerte.
En resumen: la vocación nace del
temperamento, y el temperamento corresponde a señales externas, fáciles
de estudiar y catalogar. Por donde el examen de los hombres, en su constitución
morfológica y espiritual, nos lleva de modo seguro al conocimiento,
de sus aptitudes. No corresponden las ideas que Huarte, en plena época
galénica, tenía de los temperamentos a las que hoy poseemos y propugnamos
sobre esta materia. Nuestras ideas son más racionales, más próximas,
a la verdad que las suyas, aunque las nuestras están todavía lejos de
la verdad. No obstante, es indudable que Huarte no sólo estableció sobre
bases científicas la orientación de, las vocaciones, sino que entrevió
con nitidez el problema de las correlaciones entre las distintas formas
humanas y los distintos temperamentos, problema que en la actualidad
constituye una de las preocupaciones más afanosas de nuestra ciencia.
(Gregorio Marañón)
Tiempo viejo y tiempo nuevo
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