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Cansancio
A tu embate me rindo. Ya no lucho por conseguir tu beso. Estoy cansado, y a través de la carne luminosa he conseguido ver. Saber de ti.
Tú, tan remota, tan alejada siempre del caudal de esta sangre, te has entrado como un viento en las venas y tu furia desordenó la gracia de mis trigos.
Me llegan las palabras, de ti misma, y en ti, cuajada, queda la mirada. Soy un ajeno mármol que rechaza tus calientes caricias de pantera.
Perseguías girar en mis hogueras, azotarte en mis llamas, reclinarte sumisa entre mis cardos violentos, mientras la sangre choca y se devela.
Pero ya no es posible. Estoy cansado; seco como una estrella. Ya no lucho. Sonrío, contemplando hombres de sueño, buscándote en callejas temerarias. _____________________________________________
Canción para dormir a un niño pobre
Ángeles con espadas custodian el aire. Un toro de sombra mugiendo en los árboles.
—Madre, tengo miedo del aire.
Mira las estrellas. Aún no son de nadie; ni son del Obispo ni son del Alcalde.
—Madre, quiero una que hable.
Patitas de cabra siguen vacilantes al osito blanco de la luna errante.
—Madre, quiero un oso que baile.
Pandero de harina: luna en el estanque. Las cinco cabrillas sin cesar, tocándole.
—Madre, se me hielan las carnes.
Floridas de escarcha ya son como panes. La aurora las dora y acorteza el aire.
—Madre, no te oigo. ¡Tengo hambre!
¡Uuuuuuuh...! Duerme, mi niño; que viene el aire y se lleva a los niños que tienen hambre. _____________________________________________
Mujer redonda
Hasta los niños la miraban, cuando doblaba las esquinas de la calle; tan azul y radiante, que una llama parecía tener entre los dientes.
Huía de la luz con la pereza de una cierva cansada, y sonreía sintiendo las miradas de las gentes resbalar por su vientre abovedado.
Se llevaba las manos a la henchida plenitud de su carne y las dejaba allí sumidas, por sentir el eco caliente y vivo del amor, haciéndose.
Hasta entonces, los hombres la siguieron con ronca voz de barro; y los temía; porque el hombre fue sólo para ella lobo furtivo y sal de madrugada.
Pero ahora les miraba desde un cielo grávido y fuerte. Ellos la veían, redonda poderosa, como un puño abriéndose caminos en la niebla.
Si entonces una voz gritaba: -Mira; tiene un hijo... Se apretaba doliente la cintura de vidrio, y, en la tarde, era como una encina coronada.
Los oscuros balcones con geráneos; los húmedos zaguanes; las buhardillas; las frescas herrerías; las campanas que las monjas tañían en el alba...
Todo, a su paso, sin cesar latía al compás de su vientre... Todo, atento al dulce peso de su vientre... El aire, de cristal y de gloria, por su vientre...
Ya la carne de trigo se atiranta y duele extensamente. ¡Cómo sabe el dolor de los hijos! ¡Porque tienen sabor a junco verde por la sangre! _____________________________________________
Encuentro
Un hombre de carne recorre arterias y laberintos gloriosos huele a exterminio de medusas y en su mirada lleva cielos sumergidos páginas escritas en la arena La otra mitad llamado Erguido y seminal busca la espesura de mi cuerpo- abismo que lo traga en todos los idiomas Mi amapola volcánica estruja lo inabarcable de su mar Cada trazo suyo se extiende como un pez de ámbar entre danzas libertinas condenadas a morir por las mañanas Los álamos que habitan sus manos dejan caer movimientos celestes relámpagos que apartan en su origen las líneas paralelas y en su boca yace el vaticinio de los besos Este hijo de la claridad de las redondas noches suelta los demonios de mi cuerpo me atrapa en el olimpo de los dioses Me pertenece en un instante eterno porque torrenciales los hilos que conducen a su río abrazan mi estructura sin piedad a un olor de hombre terrenal y divino _____________________________________________
Muchacha fea frente al espejo
Tímidamente pregunto por mi carne de nardo a los hondos espejos de la noche, en la soledad de las alcobas.
Como ríos inmóviles, naciendo de improviso, la imagen desolada me devuelven, en un oscuro grito sumergido:
(Mi quebrada cintura, el amplio abrazo, que sostienen mis hombros; mis duros besos, la mirada de doliente tigresa y este mi vientre estéril que soporta su brío de mar encadenado.)
Los encajes marchitan sus frescas azucenas entre olor de manzanas; y los oscuros cuencos que contendrán mis senos se esparcen como rosas quemadas en la espera.
¿Qué tonos violentos, qué descrinados potros romperán con sus cascos mis helados cristales, mi azorado silencio, mi soledad, poblada de nieblas y rubores?
Me siento desvelada por manos de ceniza, recorrida por tristes miradas compasivas, evitada por sauces y ríos vigorosos a quienes doy mi blanco desnudo palpitante.
Lejanas voces claman. Cuerpos, como montañas, se golpean, se funden, y su lava se vierte sobre la vida ávida, fecundando sus brotes...
Rompen ríos de sangre sus oscuras cortezas, y entre bosques, se buscan y mezclan sus furiosos caudales enemigos elevando a los cielos sus sangrientos despojos.
Y yo, sola, me busco entre espejos siniestros; sin encajes ni lágrimas, con mi triste desnudo —¡Oh fealdad doliente!—, saltándome a los labios como un perro, en la triste soledad de mi alcoba...
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