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Denise Monti nos sorprende ahora,
enviándonos desde Ciudad de México
D. F., un pequeño relato. Nos dice:
"Este pequeño relato se lo dedico
a todos los que sienten que la pluma
ya no obedece los mandatos del corazón".
Además nos recuerda que estaría
encantada de tener contacto con
poetas de otros países. (Puedes
escribirle a denymontip@yahoo.com.mx)
La fuente
Un escritor de cabello casi blanco, revuelto por haberlo peinado con
prisa, se sentó frente a su computadora en una silla acojinada, a
revisar las ultimas líneas del día de ayer, los anteojos sostenidos
por la punta de la nariz, resbalan constantemente y provocan una mueca
casi inconsciente para acomodarlos, pero la mueca que era mas
perceptible, era la de duda revuelta con coraje, al parecer, la
inspiración había huido por la ventana y no conseguía concentrarse.
Se dio un leve descanso y paseó la vista por el estudio, no había
notado últimamente el ambiente especial que reinaba en él, es como si
se viajara a un mundo aparte, porque al abrir la puerta el golpe del
aroma de tabaco, cedro e incienso entra hasta el cerebro sin previo
aviso, provocando una alucinación instantánea. En el piso tres o
cuatro montones de libros de pastas viejas y hojas sueltas, forman una
colección de rarezas, volteó a observar detenidamente los dos enormes
libreros de piso a techo, buscando (no sabía realmente que quería
encontrar) entre los cientos de ejemplares, que como soldados mudos,
dejan ver sus historias en los lomos formados y apretados, unos gastados
por los años y el uso continuo, otros vírgenes todavía, adquiridos
por considerarlos prometedores, aunque el tiempo para leerlos no
existía realmente, son adquisiciones compulsivas, por el simple hecho
de tener una nueva lectura esperando en la repisa, quizá como consulta,
alguna vez si hay suerte, sus hojas sean acariciadas. Sintió una
corriente en la espalda y se dio cuenta de que había olvidado cerrar el
ventanal que estaba detrás del escritorio, las cortinas de gasa y
encaje parecían alas en pleno vuelo por el aire, a través del marco de
madera se puede ver el paisaje otoñal del jardín de la casa,
observándolo, cualquiera puede pensar en lo maravilloso que podría
resultar si Van Gogh viviera para pintarlo, se levantó para estirar las
piernas y contemplar a los tres árboles de hojas rojas, naranja y
amarillas, en las orillas, a los arbustos redondeados recién, por el
mismo, y a las flores casi salvajes, de colores temerarios que viven
protegidos por una cerca blanca pintada a mano, pero lo que más le
gustaba contemplar desde ese ángulo, era la eterna e incasable aguadora
de la vasija rota, una mujer con peinado de estilo romano coronada con
una diadema de estrellas marinas, vestido transparente, cinturón de
perlas y formas esbeltas, que nunca se cansa de saciar la sed del blanco
delfín postrado bajo sus pies descalzos; alrededor de la fuente, varios
rosales de distintos colores que iban desde el rosa claro al rojo casi
púrpura, perfectamente podados, eran su pasión, no podía decir que su
día había terminado, si no pasaba antes de acostarse a visitar a sus
rosas, las mimaba como si supiera que ellas recibían el amor y cuidados
que él les prodigaba y como recompensa las flores más hermosas
asomaban cada amanecer.
De pie en la ventana, con la mirada perdida en todo y nada, quiso
recobrar el propósito de sus palabras, porque al estar revisándolas
momentos antes, se percató de que solamente eran un montón de
sinsentidos y redundancias escritos en verso; tenía atorado en el pecho
el sentimiento hecho idea, porque su mano no cooperaba en poner las
frases, que le dieran la exactitud a lo que deseaba plasmar; no le
había sucedido esto antes, mucho menos habiendo encontrado el principio
global, sólo era cuestión de sentarse a darle forma y color, de
dibujar en su mente el escenario y danzar con las letras en el papel.
Se volvió a sentar en su silla gastada, pero muy cómoda, viendo la
pantalla, recorrió la hoja para agregarle algunas comas, sustituyó los
adjetivos que no lo convencían por los más elegantes que conocía y
agregó verbos donde no los había para ver si el movimiento se daba
solo. Es inútil – pensó - y se dejó caer en la silla con el
síntoma de la derrota, buscó su taza de café entre los papeles y
libros abiertos (que abundaban en desorden arriba de su escritorio) y
tomó pensativo un sorbo del líquido frío. - ¡ No es posible!, para
hablar de amor se pueden utilizar todo tipo de situaciones, lo conozco y
lo puedo describir, siento como si en el árbol de las ideas, se
hubieran caído todas las hojas y no quedara ninguna para tomarla entre
mis manos y con su ayuda, explicarle al mundo lo que sé; me duele la
cabeza de tanto pensar el cómo, las manos no me responden y el pecho me
duele donde se congestiona el sentimiento, me siento enfermo. - Y dejó
su poema para después.
Bajó al jardín a aclarar su horizonte y ver, si con un poco de
descanso, podía hacer algo más, le preocupaba el solo pensar, no poder
seguir haciendo magia con las palabras, el no hacer brillar los ojos de
los enamorados adivinando cómo se sentía su amor, hacer llorar al
despechado entendiéndolo en su desesperación, poner en las mejillas de
las mujeres los besos que les enviaba con cada trazo de su pluma y,
regresar las caricias de su musa cuando terminaba. Buscó las tijeras de
podar y se dirigió a los rosales con la idea de acicalarlas otra vez,
se entretuvo largo tiempo quitando las hojas maltratadas, acomodando los
tallos para que no se doblaran con el peso de los enormes botones de
rosa, cortó algunas flores para el jarrón del estudio, porque además
de ser muy bellas, tenían el perfume más embriagador que jamás
percibiera olfato alguno; trajo la pala pequeña y removió la tierra un
poco y dejar así, que las raíces crecieran a placer.
Todos los días, cuando estaba en la labor cotidiana de arreglar el
jardín, veía sin observar, a la silenciosa dama dueña de los rosales,
solamente buscaba que funcionara correctamente y que el agua no dejara
de correr, había comprado esa fuente para adornar un poco el espacio
donde le gustaba reposar, pensaba en esto cuando el vuelo de una
mariposa llamó su atención, la siguió con la vista hasta que se posó
sobre la cabeza de la aguadora, la mariposa reanudó el vuelo, pero el
escritor no la siguió esta vez, se quedó prendido de los grandes ojos
verdes de la mujer que apareció en su jardín, en lugar de la estatua;
sorprendido, caminó unos pasos hacia atrás y tomó la mano que
extendida hacia él, solicitaba ayuda para bajar del húmedo pedestal;
era muy blanca, de cabello lacio recogido en la nuca, sosteniendo el
peinado con la corona de estrellas de mar multicolores, algunos mechones
dorados caían despeinados alrededor del pálido rostro de finas
facciones, una vez abajo, la mujer tomó la mano del escritor y se la
llevó a la cintura, mientras el sonido del agua de la fuente se
transformó en una pieza de vals. Nervioso, tomó la otra mano de la
bella mujer y comenzaron a bailar siguiendo el compás que les marcaba
la melodía, lenta y cadenciosa, provocando que la sensualidad aflorara
en los sentidos del escritor, y pudiera aspirar el aroma a rosas de su
piel, movió la mano que tenía en la cintura para poder posarla en la
piel desnuda de su espalda sin dejar de acariciarla, y poco a poco
apretó el cuerpo de la mujer de la fuente contra el suyo, pudiendo
así, enredarla en un abrazo, percibiendo la respuesta que provocaba su
respiración entrecortada, en el largo cuello de porcelana, y el
estremecimiento del frágil cuerpo cuando intentó besarla, la música
paró sin previo aviso y el escritor se apartó apenado, seguro de haber
cometido el error de ir demasiado aprisa; como respuesta a su
turbación, una tierna sonrisa asomó en el rostro de la aparición: -
No te alejes, ¿es que no me reconoces?, no soy mujer de amores
apasionados, soy la musa que creíste perdida en un rincón de tu
corazón, he venido a hacerme presente en este momento de silencio en tu
mente, para que vuelvas a creer en mí, y me saques del encierro
inconsciente en el que me has sometido por no tener amante en el
presente -, y para sellar sus palabras y estar segura de que no
escaparan en el viento, lo besó lentamente, mientras se soltaba del
abrazo como el rocío se resbala del pétalo por la mañana.
Al abrir los ojos, el escritor vio que todo estaba en su lugar, la
fuente como siempre, con la mujer de yeso sosteniendo la vasija rota
calmando la sed del delfín postrado a sus pies, dejó todo en el piso y
corrió a su estudio, se sentó en su vieja y cómoda silla para tratar
de besar de nuevo en los labios de seda a la hermosa musa, con palabras
tejidas con el hilo de la esperanza, de encontrarse con un amor en la
madrugada.

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