|
Denise Monti nos envía, desde
Ciudad de México D. F., un pequeño relato.
Nos dice: "Hola, ojalá les guste, no he recibido
mails de otras personas, de verdad
me encantaría contactar a alguien interesado
en mis obras y poder platicar
sobre ellas. Gracias". (Puedes
escribirle a denymontip@yahoo.com.mx)
Pequeña semilla
Hace mucho, mucho tiempo una pequeña semilla se albergó en mi
corazón, no pudo crecer y se quedó escondida, porque le faltaba el
calor de un abrazo para romper la dura capa que la protegía, la luz de
una mirada para dar el primer brote triunfante, el alimento de la
confianza en sí misma para seguir creciendo, el soporte de otro hombro
al lado para apoyarse y seguir hacia arriba, el cuidado diario de una
mano cariñosa, el recipiente donde las raíces crecen conscientes de lo
que son y tienen que soportar. Esta semilla me dolía de vez en cuando
porque ocupaba un espacio vital en mi cuerpo, como no crecía y no daba
ningún fruto, simplemente me estorbaba, no la podía desechar porque
era parte de mi existencia, una especie de esencia propia no
desarrollada.
Un día, buscando entre las cosas viejas que guardamos en los
recuerdos, me di cuenta de que las lágrimas de la frustración habían
reblandecido poco a poco su capa protectora, a tal grado, que era fácil
que se contaminara con cualquier anhelo ó sueño imposible, la
protegí, cubriéndole los ojos, con la venda de los conformistas,
tratado de hacer que aceptara mi visión de la vida, pero en un arranque
de enojo me dijo que deseaba crecer, hasta lograr la altura de quien
confía en si mismo, deseaba ser flor hermosa principio de fruta madura,
enredarse en historias fáciles de contar pero vividas como las ultimas
posibles, quería ser el alimento para fortalecer el vuelo de los
sueños y servir de cobijo para el buen descanso del alma, no deseaba
perder la frescura interior de la primavera, aunque por fuera la
congelara el invierno, y sobre todo, deseaba saber de que color era el
cielo. No deseaba vivir encerrada y eso lo podía entender, pero ¿para
que conocer el color del cielo, si desde donde estaba lo podía hacer? Y
me contestó con la mirada perdida: el cielo no solo esa bóveda celeste
que conoces y a la que le has perdido el valor, para mí, es la
realización de lo que soy y el anuncio de haber logrado el objetivo de
mi creación. ¡Qué tonterías!, pensaba, tarde o temprano se dará
cuenta de su error, y olvidé esa plática, ya que no tenía
importancia.
Pero mi semilla no dejó de luchar, día a día trabajaba en el plan
de vida que se había trazado, hasta que terminó por romper la débil
estructura que la seguía protegiendo, con la dolorosa conmoción que
causó su salida, no me dio tiempo de arroparla de nuevo e impedir que
escapara; con el impulso de la determinación, salió a cazar la luz de
los anhelos alcanzados y comenzó a crecer sin un rumbo determinado por
la falta de experiencia, pero eso no la detuvo, devoraba todo lo que se
asomaba a su paso: conocimiento, sufrimiento, abuso, confianza, derrota,
deseo, inteligencia, etc. Hasta que logró obtener todas las
herramientas que necesitaba para construir la plataforma que la
llevaría al cielo.
Comenzó por reforzar la base que contenía sus raíces con mil
cables de férrea aceptación, abonó sus tierras con sacos repletos de
la confianza que encontró por montones detrás del conocimiento, pensó
en que tenía que mover la tierra, para que penetrara bien y no se
esparciera con la segura ventisca de las futuras derrotas. Trabajó
afanosa días enteros ofreciendo su sudor a la tierra seca, con el paso
del tiempo su tallo se engrosaba casi imperceptiblemente por el esfuerzo
que hacía en cada jornada y comenzó a crecer.
Desde mi ceguera, no podía ayudarla porque me ataba las manos la
credulidad en las demás personas que me decían que no había nada que
hacer, que la dejara sola para que se cansara de hacer intentos fallidos
y regresara a la jaula de su destino, eran personas a las que yo amaba y
debía creer en sus palabras, no me harían daño con consciencia, y
querían lo mejor para mi, así, que dejé trabajar sola a mi pequeña
semilla, observando de lejos, lo que creí era su fin. La extrañaba,
pues solo con ella me atrevía a escapar por segundos a lugares que no
conocía y a imaginar vidas paralelas a la mía, con diferentes
protagonistas, ya me había acostumbrado al dolor que me causaba con su
desacato y últimamente me hacía falta el recordatorio de su presencia
en mi corazón, tan convencida estaba de su derrota, que aseguraba
regresaría a mi, en corto tiempo, no tenía confianza en el poder de su
fuerza de voluntad y nació en mí un sentimiento de lástima.
Pero un día apareció un espejo y se formó una imagen que no
conocía, abrumando todo mi ser, y mi semilla comenzó a gritar de
felicidad, porque precisamente, era lo que le hacía falta para terminar
de crecer, obtuvo el calor de un abrazo y creció un poco, pero cuando
la luz de la mirada del espejo, llegó a su savia, un enorme rayo de
amor cubrió cada una de sus hojas haciéndolas crecer de tal modo que
le faltaba un pequeño empujón para lograr su objetivo, instigó a su
dador de vida para que le diera lo que le faltaba, un hombro a su altura
para apoyarse en él y poder erguirse al máximo, estaba dispuesta a dar
todo lo que tenía por ese hombro, llegó a ser tan insistente, que me
molestó su presencia tan cercana y egoísta, estaba a punto de estallar
en cólera cuando se abrieron las nubes en el cielo, y un hilo de luz
nos alcanzó y envolvió a ambas, entró a mi semilla crecida desde sus
raíces y a mí me tomó del vientre, nos empujó una delante de la otra
y una voz muy severa se dejó escuchar: tontas y ciegas egoístas, sois
parte una de la otra y solas no lograréis vencer ninguno de los
obstáculos necesarios para crecer, tú semilla, debisteis crecer dentro
de esta mujer, y tú, mujer, no la encarceles de nuevo. Diciendo esto la
luz estalló dentro de nosotras y volvió a hacer pequeña a la semilla
y la metió en mi corazón.
Ahora mi semilla sabe que su misión, es crecer en mi interior con
todo lo que logró hacer sola y yo debo darle las herramientas para que
lo logre, estamos a la mitad del trabajo hombro con hombro, sudando por
el esfuerzo de mantener a la confianza dentro de la tierra y cargando la
pesada aceptación entre ambas, los materiales son más propios y
consistentes que antes, lo notamos en el rápido crecimiento y el color
que va obteniendo nuestra vida juntas, pienso que cuando lleguemos
juntas al cielo y veamos el verdadero color de éste, quizá volteemos
hacia abajo y al ver todo el trabajo que implicó el estar allá arriba,
nos demos un descanso para seguir alimentando sueños y cobijando
nuestras almas, esperando que llegues y nos guíes por un crucero
celestial.
 |