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Nash tiene 17 ?? años.
Desde Buenos Aires, Argentina, nos envía el
relato que podéis leer más abajo. Nos pide
que pongamos su dirección de email:
lastoninas@yahoo.com.
Escríbele y exprésale tu opinión sobre su escrito.
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el relato completo, desactiva cualquier gestor de descarga
distinto del propio del navegador de Internet y pulsa en el
siguiente enlace: descargar Poder
puro: Impuro poder)
Poder puro: Impuro poder
I
Un torrente de lágrimas caía precipitadamente de los ojos de un
joven argentino, Marcelo Sivilia. Las gotas parecían cristalizarse por
el intenso frío, en su camino hacia el gélido torso de un anciano,
Jorge, en el que chapoteaban jubilosas por haberse escapado del
contenido llanto del muchacho. Marcelo lo había perdido, él acabó
marchito en sus brazos mientras trabajaban en la oficina que hacía
largo tiempo los acreditaba como funcionarios públicos.
La imagen del catastrófico momento se repetía irritante en la mente
del joven, quien no podía entender que su padre y su madre ahora se
encontraban juntos, más allá de donde podían llegar sus gritos y sus
llantos, desde donde jamás volvería a sentir sus cálidos abrazos y el
consuelo de sus palabras. En aquel traumático instante, sus últimas
fuerzas le permitieron a Jorge acercarse a su hijo para, con una
insondable mirada, repetir en voz alta una serie de palabras sin
sentido, tan aletargadas como su fallecimiento.
Entre las tantas personas presentes que Marcelo nunca había visto,
un hombre de traje gris escondía tras sus lentes foscos una mirada
penetrante que el joven más de una vez tuvo la oportunidad de
vislumbrar. El reservado personaje se acercó a quien trataba de ahogar
sus penas en un delirante y maniático monólogo introspectivo, le tomó
la mano y le dijo:
- Decirte cuánto lo siento es tan inútil como llorar buscando
acabar con el dolor. ¿Me recuerdas?.
- Por supuesto. Si hay alguien a quien mi padre le debe su dignidad
es a su jefe – contestó Marcelo mientras se secaba las lágrimas que
hace segundos humedecían sus mejillas.
- Llámame simplemente Marcos, al fin y al cabo eres casi mi sobrino.
Tal como lo pensaba, subsiste en ti el fiel reflejo de tu padre. No
puedo evitar decirte que advierto detrás del llanto a toda una fiera
– decía el trajeado mientras se quitaba los lentes -. No podrás
negarme que esto no evitará que sigas luchando por la causa que le dio
sentido, aunque haciéndola peligrar, a la vida de tu padre.
- Mi padre nunca le encontró sentido a la vida, y es por eso que
murió en la misma oficina en la que trabajó durante más de veinte
años – el joven se expresaba mientras su voz, antes apática,
comenzaba a dotarse de vitalidad -. Ahora es cuando lo necesitamos para
enfrentar a los ideales despóticos que nos timaron el poder, y ahora es
cuando su cuerpo se rinde dejándome solo en este infundado mundo.
- ¿No sientes que tú puedes terminar su trabajo? – cuestionó
dibujando en su rostro una sutil sonrisa.
- Miles de sensaciones recorren mi mente y mi cuerpo en todo momento
en que debo enfrentarme a los dilemas de la vida. Luchar por prevalecer
es una premisa demasiado grande para muchos, pero para mí el lema del
vencedor. Este cuerpo frío recostado en el cajón confió en la ley
natural de la justicia, evitando probar el exquisito sabor de la gloria,
que trasciende la existencia hacia una dimensión de imperios a la cual
pocos pueden resistirse, pero menos aún dominan. Aunque sea sin él, la
dominaré.
- Tu padre me habló mucho de tus excelentes trabajos como economista
y de tu acelerado crecimiento en tu labor como secretario del Banco
Central. Ese espíritu que tienes es el que estoy buscando para el gran
retorno – decía Marcos mientras sacaba de su billetera una tarjeta
para entregársela al muchacho -. Llámame el viernes, que tengo una
propuesta que puede cambiar tu vida. Hasta entonces.
- Adiós – saludaba Marcelo mientras la últimas lágrimas de la
noche se escurrían sobre su rostro, adormecidas por el impacto que
había producido la reacción anímica tan particular del joven.
El día pactado no se hizo esperar. El amigo de su difunto padre
citó al muchacho, luego del contacto telefónico, a tomar un café a un
lujoso bar de la Capital Federal. El sol se escondía tras las colosales
edificaciones. Hacía diez minutos que Marcelo, enmarañándose
nuevamente en sus planteamientos filosóficos, esperaba sentado en una
cómoda silla de madera labrada.
La conversación tomó una dinámica increíble, y la astucia del
joven le permitió seducir en varios designios al hombre que todavía no
se quitaba sus lentes oscuros. Marcelo no podía creer lo que estaba
escuchando, pero nuevamente el descubrimiento de los ojos de Marcos le
inspiró una confianza que desató un monosílabo afirmativo que quebró
la voz del muchacho y esbozó una sonrisa en el hasta entonces inmutable
rostro de su compañero.
El joven saludó una vez terminada la charla, que duró
aproximadamente una hora, y cuyo desenlace fue en forma tajante la
última respuesta de Marcelo. Ambos personajes, que se contagiaban
mutuamente un matiz de misterio, se fueron riendo ligeramente hacia sus
automóviles, aunque sus razones no estaban exactamente alineadas.

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