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Esteban Moore (Buenos Aires, 1952)
Poeta, traductor y periodista. En poesía ha publicado: La noche en llamas (1982), Providencia terrenal (1983), Con Bogey en Casablanca (1987), Poemas 1982-1987 (1988), Tiempos que van (1994), Instantáneas de fin de siglo (Montevideo, 1999), Partes Mínimas y otros poemas (Mar del Plata, 1999).
Ha dado a conocer traducciones de Charles Bukowsky, Raymond Carver, Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg, Gregory Corso, Gary Snyder, Bill Berkson, Anne Waldman, Andrei Codrescu, Seamus Heaney, entre otros.
En 1996, la UNESCO publicó sus traducciones de Lawrence Ferlinghetti, América desierta y otros poemas, (Ediciones Graffiti/Unesco, Montevideo Uruguay).
En la actualidad prepara una antología de poesía irlandesa contemporánea y una antología de Lawrence Ferlinghetti.
En 1990 fue invitado a la escuela de poesía The Jack Kerouac School of Disembodied Poetics, fundada por Allen Ginsberg, donde realizó un proyecto de traducción. En 1994 expuso sobre poesía y traducción en la escuela de poesía de Viena, Schüle fur Dichtung in Wien. Ha participado de diversos festivales en su país y en los de Montevideo (1993), Medellín (1995) y en 1998 fue invitado por Amiri Baraka a formar parte del comité de homenaje a Allen Ginsberg que realizó un encuentro en Nueva York, del que participó.
Colabora con publicaciones del país y del extranjero. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, italiano, alemán y portugués e incluida en diversas antologías.
Una selección de sus poemas traducidos por Craig Czury, fueron publicados en diversas plaquettes por Red Pagoda Press, (Pennsylvannia, EEUU, 1998-1998)
El brindis de Auden:
o tomando whisky con Esteban Moore
por Osvaldo Picardo
I
En un poema titulado "ángeles caídos", este poeta de las pampas desiertas y las ciudades desbordadas, Esteban Moore, imagina un brindis
de la mano de otro poeta,
"...Auden
en vísperas de un nuevo año
propone un brindis alza su copa
elevo dice
en el agrio aroma del licor
el peso de los planetas
la mutabilidad del universo
no busquemos en el pasado
edenes ilusorios
menos aún
la seguridad de las jerarquías
el siglo nos presentará
las imaginadas ruinas
Rimbaud arrastrará
su gangrena de oros
el cuerpo de Alejandra
sus oscuros labios de sangre quieta
callarán nunca la última palabra"
¿Qué raro ardor etílico -en su sentido etimológico- ha entusiasmado a Moore? ¿La no menos rara composición del poema puede ser
que sufra también de esa suerte de materia del éter? Veamos.
Con el mismo brindis concluye -pero sin terminar- su poema. A su vez, cuando lo inicia con la minúscula de la primera palabra,
representa un no-comienzo: la difícil idea del continuum , de lo que no
tiene principio ni fin, una especie de in media res sin resolución.
La imagen del brindis no es, por cierto, menos significativa, porque, con un brindis, más que cerrar algo se abre un nuevo ciclo que
no es sino continuidad y reanudación celebrada de los "ángeles caídos".
El poema discurre, sin comas ni puntos finales, a través de la evocación de otros poetas, sin que esa ennumeración guarde un orden y
dando la idea no del caos, sino del ritmo eterno y ubicuo de reiteradas epifanías (o bien testimonios) de la palabra poética. En sus versos se
dan cita, alcóholica y amistosa, Dylan, Vallejo, Lowry, Kerouac, Bukowski, Carver, Pound, Michaux, Julio Huasi, Perlongher y el extraño
" nosotros/ desde Montevideo observamos...".
Con ellos, el vino californiano, Sunset Boulevard, la madrugada y el ardiente sol de los parajes sureños, Cuernavaca, la caipira y el
sabor deseado, Londres, etc. Desde la voracidad de Dios hasta el calembour de Joyce, el poema refleja el caleidoscopio del aleph mítico.
En este caso, aleph indescriptible de la indescriptible poesía.
Un desafío poco original si lo pensamos desde la poesía de Ezra Pound y Jorge Luis Borges, pero ¿qué tiene que ver ese tipo de
originalidad con un poema como éste, que reanuda la celebración de la palabra poética como una insistencia en y frente a la historia?
En este punto, la escritura de Moore ha demostrado otra clase de preocupación, que ha sido una marca generacional de algunos poetas
que inician sus publicaciones en los años 80 y que se instalan en los márgenes de la poesía institucionalizada o emergente. Los mismos
escriben con gran independencia de grupos editoriales y de poéticas epigonales como las neobarrocas, nerrománticas u objetivistas,
conformando cada uno por su lado, esa otra escritura silenciosa que se muestra más preocupada por resolver históricamente su relación con las
fuentes originarias de la palabra poética, que por ostentar públicamente originalidad en los temas y las estrategias. Todo ese
proceso fue acompañado con una práctica artística volcada de lleno a una intensa traducción y relectura de la tradición literaria y, a su
vez, con grandes esfuerzos por salvar el abismo entre poeta y lector, que venía devorando gran parte de lo escrito durante décadas, en el
círculo de intercambios entre poetas y amigos. Es así que la escritura
con sordina, que o se perdía en los correos o se enmohecía bajo las sombras de las celebridades legitimadas por diarios, revistas, críticos
y universitarios, intenta desde los rincones más lejanos abrirse camino
con perfomances, publicaciones alternativas, talleres, encuentros, videopomas, canciones, recitales, cafés literarios, etc. Los años de la
democracia fueron testigo de la polución infinita de esta práctica artística que en buena medida fue tapizada por el polvo del olvido o
por la gloria de un puñado de consagrados. Y, aunque no faltó la metapoesía, faltó desde las propias filas reflexionar sobre esa
escritura, ya no desde la teoría literaria sino desde la propia poesía. Sin embargo, en todo ello había una gran esperanza en la palabra
poética, a veces, anticuada y "másdelomismo", a veces, desafiante y parricida.
Creo oportuno, entonces, detenerme en esta diferenciación que bien puede hacernos saborear mejor el brindis de
Auden.

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