|
Antonio Gamoneda, nacido en Oviedo en 1931, es un poeta
desconocido para la mayoría. Con un estilo muy particular,
su poesía es un canto a la sensibilidad. Sus libros dan la sensación
de ser obras incompletas. Cada relato, cada poema,
es algo nuevo, sin relación con lo demás. Nos deja
siempre con el regusto de "¿qué
ocurrirá?".
A continuación os presentamos un poema y un relato.
La rosa del mundo
ha traído el domingo la ceguera
la mudez de unas manos que ensordecen
tus párpados cerrados a mis ojos
tan sólo tres mujeres velan tu silencio
tres mujeres y el llanto desgarrado
del ángel del dolor que no consiguen
ahuyentar
que permanece aún
prendido en sus entrañas
dan ganas de gritar
de no ausentarse
de quedarse aquí junto a los versos
últimos que leíste
porque a veces el grito y las palabras
escritas del poema dilatan la emoción
hasta las lágrimas
crean nuevos espacios compartidos
en los que respirar
profundamente
es imposible escapar a la pregunta:
qué queda de tu luz esta mañana
hay flores secas que perfuman
la casa y sin embargo
alguien ha puesto entre tus manos frías
una rosa desnuda.
Suciedad del destino
La mitad está hendida por un lamento; la mitad habla sobre las heridas. Aquí
la muerte halla su forma en todos los rostros. ¿Quién viene dando gritos por
entre calles blancas? ¿Quién anuncia el verano con campanas horribles? Mi
corazón escucha a las hormigas; mi corazón escucha la actividad del gran muerto
en su eternidad ensangrentada, mientras entra la sombra en los espejos y los
mendigos se ejercitan en la delación. La crueldad se enciende en las bujías y
arden los párpados de los últimos durmientes. En otra página, altos, frenéticos
escribas hacen las leyes de los derrotados. Y vienen días infecundos, láminas
sin honor, horas cansadas. Vierten acónito sobre la lengua que saludaba a los
crepúsculos y, en este punto, arden banderas entre laureles. Desde este día las
ciudades están marcadas con las sentencias de los grandes perjuros. En las aguas
más lentas, la suciedad se extiende y esta sustancia entra en el destino.
La enemistad crece en nosotros y la esperanza cohabita con el desprecio. La
cobardía es nuestra patria más frecuente, pero ¿quién es, al fin, el verdadero
muerto? Su belleza está entregada a los insectos, mas sobrevive entre torrentes.
Alimentado en el hastío, alimentado por una flor infecciosa, él es esbelto en la
injusticia. Ahora duerme y, de sus labios, oigo el gemido que te nombra, España.
Eran días atravesados por los símbolos. Tuve un cordero negro. He olvidado su
mirada y su nombre.
Al confluir cerca de mi casa, las sebes definían sendas que, entrecruzándose
sin conducir a ninguna parte, cerraban minúsculos pradeños a los que yo acudía
con mi cordero. Jugaba a extraviarme en el pequeño laberinto, pero sólo hasta
que el silencio hacía brotar el temor como una gusanera dentro de mi vientre.
Sucedía una y otra vez; yo sabía que el miedo iba a entrar en mí, pero yo iba a
las praderas.
Finalmente, el cordero fue enviado a la carnicería, y yo aprendí que quienes
me amaban también podían decidir sobre la administración de la muerte.
Veo el caballo agonizante junto al pozo de aguas oscuras y las gallinas a su
alrededor. El rocío afila su pureza bajo los dientes amarillos y el crepúsculo
acude a las desiertas pupilas (sombra de las higueras, serenidad de la hierba,
profundidad del aire atravesado por vencejos). Veo la espalda de la
indiferencia, los corredores destinados a la contemplación del hastío entre las
altas begonias, entre las grandes hojas soñolientas. Siento la curiosidad de los
perros y la piedad de las mujeres: es el paisaje de la infancia, el olor
incorporado a mi espíritu en los accesos de la edad.
|