Amanecer
Resbala el Sol naciente en la curva del río
y enaltece el trigal con su aureola,
tamo oloroso y leve que tiembla en la ventana.
Columnillas de humo hacia el fondo del valle
huelen a miel, a hierba mojada, a pan caliente,
a cecina, a hojas muertas esponjadas y húmedas,
a leña de cerezo, de algarrobo, de olivo;
abre como un breviario la guarnicionería
con su aroma de yute, de cinchas aceitadas.
El eco de la luz designa tu cintura
y recobro en tu piel los colores del sueño:
perfume de milhojas, de marquesas de coco,
pomas de chocolate con su pezón de guinda.
La campana impaciente tañe de gotas de cera
y nos llama al sacrificio más goloso:
aroma de tu sexo entre las sábanas
-corazón encendido en caridad, quemando
con su rubia corona de rizadas espinas-,
bendición candeal para cruzar el tiempo
hacia el jirón de fe que ondea en los almiares.
Eternamente vivos
La gama de los grises y de los rosas pálidos
sosiega en la penumbra nuestros ojos
que han visto tanta muerte. Culebrinas, arietes,
pavos reales, fuegos de artificio
acarician los muros.
Entre las arpas gira
un contenido vendaval de amor.
Eternamente jóvenes, esos cuerpos de niños
o de diosas no en el jardín, no expuestos
al fuego y a la nieve y al hierro de la lanza,
sino cálidamente abrigados aquí, en el delgado aroma del marfil,
no devueltos al ciclo, a la vorágine de lo que vive y muere.
No en el aire que sacude la pólvora, sino en esta penumbra
entre un rescoldo helado de rubíes.
Máscaras no corrompen el finísimo brillo de las carnes de
mármol.
Eternamente jóvenes, eternamente vivos,
eternamente vivos como en el primer día,
debajo de la máscara,
y ni fuego ni muerte ni curso de las horas
habitarán jamás este salón.
Lección del agua
Mirándome en el agua de la fuente
por salvar las imágenes vencidas
-colores idos, músicas caídas-
en memoria con gracia de presente
las vi oscilar girando levemente
en facetas y trizas esparcidas
recompuestas y luego divididas,
y hundirse y escapar en la corriente.
Puse sobre las aguas un espejo
con que hurtarme a la muerte en escritura
y retener la luz de la conciencia
pero la nada duplicó el reflejo
y el cristal añadió su veladura
en doble fraude de la transparencia.
Noche de la memoria
La gran natural de los sentidos
no tiene fundamento donde anclarse
y así flota sin rumbo ni certeza,
escrita sobre el agua por el soplo del tiempo.
Sus olas se suceden en la noche
y en la miseria del entendimiento,
que no sabe leerles su designio
de ser un leve rasgo de blancura
en la página negra, noche clara
por la luz cegadora del sonido.
Con la caligrafía de su arrullo
el tiempo disemina sobre el agua
ese significado que no puede
ser certeza y nombrarse,
y existe como pájaro que asciende
siendo sólo rasguño de color,
la huida de la imagen de haber sido,
mientras la terquedad de su pregunta
se revuelve en su noche y en la mía.
Debería bastarme la verdad
en que se desvanece la figura
en el paralelismo de las líneas
descendiendo y borrándose en la página
rasgada por el viento en el que mueren,
en la oclusión del blanco enmudecido.
Las veo replegarse y retenerse
al tiempo que las alza la marea
a las aguas azules del gran río,
y allí tejen un leve diagrama
entrecruzando líneas que no saben
detenerse: se cruzan detenidas
en el ojo vidriado por el tiempo,
y sólo allí persisten.
Así es vida
no saber ni nombrar, pero morir
es también pasar sólo, sin nombrarse;
y si en la luz rotunda de las cosas
no pensadas ni escritas hay acaso
mejor y más total conocimiento,
también la noche inquiere como espejo
sin el que no es posible hurtar el rostro:
dos hileras solemnes de farolas
que no pueden estar así brillando
sin interrogación, porque conducen
a la estación vacía, duda cóncava
persistente en su luz.
Si la luz brilla
a medianoche tengo que pensarme
porque sabe de mí, trae mi espejo.
Los raíles se engarzan detenidos
en la estación vidriada por la muerte.
Por el cristal trasero, en el último coche,
los veía danzar, aproximarse,
desunirse, cruzarse sobre el puente,
mientras debajo, en verde y gris, crecía
la marea, pautando, el río azul.
Su realidad huía conciliada
en la fugacidad del movimiento
de un puñado de líneas con su brillo.
No puedo retenerlas ni volver
a la mirada viva donde estaban
siendo al perderse.
Qué poca realidad,
cuántas formas distintas de no ver
para llegar al fin al gran engaño:
un puñado de líneas que se cruzan
sin brillo y sin color en la memoria.
El tren remonta el río; en sus colores
suena la gravidez de la marea.
Desde el andén lo veo remontar
la ingravidez del tiempo, mero signo
incoloro por ley de la memoria,
mudo tras su cristal. Su geometría
no resplandece como en la luz griega
el torso cenital de un dios desnudo;
sus doce aristas urden el vacío
en la expansión de cuatro diagonales
calcinadas, un signo de extrañeza
en la luz que no viene desde el cielo
y no trae su ofrenda complacida
de realidad, el don de los sentidos
que no sabemos retener; se pierde
como espejo de agua entre las manos
esperando a existir al ser leído
en la distancia inmóvil de algún sueño.
Memoria, no me salvas en el tuyo,
eres mal tejedor. Algunas veces
recuerdas el acento y las palabras,
el cómo y el por qué, traes la efigie,
el atrezzo, la luz y el escenario;
otras, tan sólo briznas y fragmentos
de indeterminación, leves jirones
de músicas, retazos de color
sin el lugar y el rostro que tuvieron,
huérfanos de su norte y su sentido
pero con terquedad de tatuaje,
entremezclando vidas como naipes
en muchas otras manos y en las mías;
o el vacío de cosas que he olvidado,
con la aureola intacta de su olvido.
Eres pájaro burdo y azaroso
al reclamar la voz y el alimento:
chapoteas, enturbias, encenagas,
no sabes avistar el pececillo
brillante en la quietud del agua límpida.
Acudir a tu juego es cubrirse
las aguas del espejo de gran niebla:
un reducido número de estampas
indecisas, que pierden
densidad y volumen, como el humo;
el guía que me burla y llega siempre
a desaparecer tras los recodos,
escurridizo, artero, suplantándose
sin que nunca le pueda ver el rostro,
que es el mío: palabras
en un espejo escrito y aplazado,
en las apariciones de una sombra
que se esconde detrás de la cortina,
confunde su papel y olvida el gesto
o impone su evidencia mentirosa
de actor de cine mudo que ha pasado
con demasiadas muecas al sonoro;
un texto que se pierde en el reverso,
el espesor y el margen del papel,
que nace con las dudas
de su sentido y de su desaliento,
paréntesis inscrito en una historia en blanco. |