Sociedad

Transmisión oral de la cultura

Hablamos de la cultura en su transmisión a través de la palabra. Lo hacemos basándonos en un libro escrito hace 38 años. Lee y descubre.

Transmisión oral de la cultura

La palabra es el hálito y el hálito es la respiración y la respiración es la vida. Según culturas, como la antigua cultura árabe, en la palabra misma hay un «alma» y el conjunto de palabras representa una suma de «almas» o espíritus vitales que sale de una persona hacia las demás, con todos los condicionantes y todo el contenido vivo que le son propios.

La conversación es, pues, una transmisión de vida de alguien a alguien. El relato oral, la poesía, las tradiciones y las leyes no escritas, pasados de generación en generación, son una herencia que palpita y que conlleva la suma de los hábitos, intenciones, esperanzas y modos de cada generación. Una herencia en movimiento.

«Antes de hablar de las cosas sagradas nosotros nos preparamos, a nosotros mismos, mediante ofrendas…, uno de nosotros colmará su calumet [pipa] y lo tenderá a otro que lo encenderá y lo ofrecerá al cielo y a la tierra… Entonces estarán preparados para hablar«, dice un siux yanktonai.

Evidentemente, si las palabras en general son vida y llevan vida, tanto más importantes y dignas de serenidad y de plena comunicación con el mundo son las que proceden de un dios, o las que cuentan algo sagrado. La carga y el hálito de la palabra y del discurso, entonces, son divinos. Están penetrados de misterio y de poder.

Un filósofo árabe medieval, Al-Kindi (del siglo III de la Hégira, equivalente al IX después de Cristo), considera los sonidos como elementos primarios de la creación que, una vez puestos en movimiento, producen ondas. Cada sonido con su propia longitud, su propia cualidad inherente y su capacidad de provocar efectos distintos según el objeto sobre el cual actúe.

De este modo, sigue diciendo, el poder de los sonidos —de las palabras— es tal que puede cambiar los estados de ánimo de los seres vivos, alterar las condiciones propias de las fuerzas naturales, provocando —por ejemplo— fenómenos contrarios a la ley de la gravedad, y crear formas nuevas a partir de los elementos de la materia, etc. Los sonidos asociados formando palabras y frases aumentan y confirman sus poderes.

Y si a esto se le añade el contenido importante, por un lado, y la concentración de ánimo y la intención del que habla, por otro, el impacto es muy fuerte. Y más todavía, dice, cuando las palabras se combinan con otros sonidos, como son los musicales, combinación que sin duda multiplica el efecto.

Esto mismo se ha pensado desde siempre dentro de la magia, y no solo en la árabe. La fuerza de una formulación mágica dicha oralmente, o de un conjuro, se debe bastante a su expresa condición oral, tanto más si van entonadas musicalmente. Igual ocurre con los versículos o trozos de un texto religioso, a los que la salmodia o el canto prestan mayor capacidad de «encanto» y de influencia.

Si nos hemos referido a un filósofo árabe antiguo y al pensamiento de esta raza sobre la palabra es, precisamente, porque la cultura árabe más antigua se ha basado inicial y principalmente en la expresión oral. Su forma de existir ha sido la de una transmisión hablada de los esquemas, de los hechos y de las tradiciones más importantes.

Pocos pueblos hay que hayan concedido tanta importancia a la palabra y a sus oficios, a la estructuración de la frase y a los mundos creados por la fuerza del verbo, como el árabe. E, igual que éste, han existido también otros pueblos que han depositado en la palabra juiciosa y sabiamente transmitida su manera de ver las realidades, incluso las más internas. Los nahuas mexicanos —y seguramente, antes que ellos, los toltecas— sustentaron la belleza de su cultura en buena parte sobre la palabra, de ésta, en la palabra hablada. Entre los incas la transmisión de autoridad y de civilización se hacía a través de las enseñanzas de los amautas, con un gran componente oral en el paso.

Y entre los pueblos africanos el habla ha sido —y sigue siendo— la cultura, y es la vida, y es la cosa misma que se nombra, y es la historia en sí. También entre los pueblos europeos y en Asia, bajo la civilización escrita, se
mueven los sedimentos de la oral hasta nuestros días. En todas partes.

Nuestra cultura misma, la propia a cada uno de nosotros, individual e interna, es oral en el pensamiento; el discurso es hablado en el cerebro. Al transmitirlo a otros, la transitoriedad de las palabras queda detenida, fijada incluso, con los tonos y la intención que hayamos querido darle.

Utilizando la memoria como instrumento de fijación se puede dejar una herencia con mayor riqueza de matices y proceder a una acumulación de conocimientos que hagan de cada generación un avance más en la marcha del hombre. Como, de hecho, ha ocurrido. «Decir y comunicar a quienes todavía vivirán, habrán de nacer…«, dice un cronista mexicano. «Cuentos y cuentos, verdades y verdades si esto no hubiera pasado jamás lo hubiéramos contado«, dice el narrador ruso.

En estos mismos momentos las civilizaciones orales siguen transmitiéndose, a veces como la mejor forma de comunicar la personalidad de los pueblos o de las familias. La mejor manera de conocer a los antepasados y saber lo que uno mismo es. Y, por una curiosa vuelta de las cosas, hay una nueva cultura oral, universal y comunicante en grado sumo, que intenta sobreponerse a todas las demás: la de la televisión, la radio y los medios audiovisuales, con su mística y sus mitos, grandeza y limitaciones.

Fuente: Temas Clave de Aula Abierta Salvat – Los cuentos de hadas: historia mágica del hombre. Publicado en el año 1982
Autor: Rodolfo Gil

fabriciano

Amante de la informática y de Internet entre otras muchas pasiones. Leo, descifro, interpreto, combino y escribo. Lo hago para seguir viviendo y disfrutando. Trato de dominar el tiempo para que no me esclavice.

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