Sociedad

Sobre la conducta compleja y sus acciones

Se sabe que el cerebro humano no actúa como un espejo, formando imágenes de la realidad. El cerebro es capaz de interpretar la realidad, y la conducta tiene mucho que ver en el proceso.

Sobre la conducta compleja y sus acciones

La característica principal de la conducta de los organismos es que parece dirigida a un propósito o fin. Aparentemente el futuro influye sobre la conducta presente, pues ésta se desarrolla para lograr ciertos sucesos que aún no han ocurrido o para impedir que ocurran otros.

Este carácter proyectivo de la conducta ha parecido siempre irreconciliable con las interpretaciones puramente mecánicas, en términos de causa y efecto, del comportamiento.

El desarrollo de la cibernética ha venido a solventar ese aparente conflicto. Hoy hay máquinas que autorregulan su propia función o la función de otra máquinas. Muchos casos de conducta con propósito han resultado estar gobernadas por mecanismos similares o análogos a los de las máquinas regulables.

La regulación del beber y la sed es un buen ejemplo. Para tener una idea exacta de las necesidades de agua del cuerpo en cada momento, el cerebro efectúa dos tipos de medidas mediante los receptores internos apropiados.

La información proveniente de ambos canales es sumada, y cuando la carencia de agua sobrepasa cierto valor límite se desencadena la sed. El agua bebida debe atravesar el intestino y ser llevada por las venas hasta los tejidos, de modo que el control del beber sería demasiado lento si se basara únicamente en los receptores mencionados. Cuando en el cuerpo se detectara agua suficiente, de hecho el organismo habría ingerido agua en exceso.

Para evitar ese problema, el cerebro también mide la cantidad de agua que pasa por la garganta y la contenida en el estómago. Esa información se resta de la del agua corporal y así se logra un control más exacto de las necesidades de agua. Este tipo de mecanismos autorregulables complejos parece operar en otros muchos tipos de conducta con propósito, como el comer, la conducta sexual, etc.

Aunque la conducta con propósito es muy interesante, el aprendizaje y la memoria son los problemas que más han fascinado a los psicólogos y fisiólogos del sistema nervioso. Ciertamente los reflejos condicionados, clásicos u operantes, deben encontrarse en la base del aprendizaje elemental. Pero el aprendizaje complejo trasciende los puros reflejos.

Si una neurona implicada en un acto reflejo resulta dañada, el reflejo deja de tener lugar o exhibe rasgos patológicos. Como era de esperar, la integridad física de las partes del sistema nervioso encargadas del acto reflejo es imprescindible para su correcta ejecución. Lo mismo ocurre con nuestros ordenadores y dispositivos móviles. Si una pieza se estropea, la máquina deja de funcionar correctamente.

Hacia 1930, el psicólogo conductista Karl Lashley comenzó una serie de experimentos encaminados a averiguar qué centros cerebrales están implicados en el aprendizaje. Para ello lesionó quirúrgicamente ciertas partes del cerebro, concretamente áreas de la corteza cerebral, suponiendo que si el área determinada está implicada en el aprendizaje este proceso resultaría alterado al lesionar dicha área. Con sorpresa encontró que ninguna lesión parcial de la corteza alteraba el aprendizaje. Parece que unas partes de la corteza pueden asumir la función de las que falten y que el aprendizaje es una tarea de toda la corteza.

Posteriormente, los matemáticos han demostrado que se podría construir un computador redundante que funcionaría correctamente aun faltándole ciertas piezas. ¿Será similar la corteza a dichos supercomputadores?

La investigación psicológica actual busca también la base física de la memoria. Durante algún tiempo se creyó que los datos memorizados se guardan en ciertas moléculas. Hoy se sabe que eso no es cierto, la molécula de la memoria parece no existir.

En el curso de estas investigaciones se ha descubierto, inesperadamente, que en realidad no hay una sino dos memorias. El problema, por lo tanto, no se ha resuelto sino que se ha duplicado: actualmente se busca la base física de dos memorias diferentes.

Una de las memorias funciona solo a corto plazo; es el tipo de memoria que empleamos para retener unos segundos cierto número de teléfono. Si a continuación no lo anotamos en la agenda o lo pasamos a la memoria a largo plazo, a los pocos minutos lo habremos olvidado.

Bien pensado, resulta obvio que una memoria así es imprescindible. ¿Qué haríamos si quedasen grabados en nuestra memoria los innumerables hechos triviales que tienen lugar en cada día de nuestras vidas? La memoria a corto plazo actúa como un filtro que solo deja pasar a la memoria duradera los hechos que, a juicio del cerebro, tienen interés.

La memoria a largo plazo ha sido comparada a una cinta de magnetófono o a las fichas de papel donde se almacenan los datos a medida que van entrando, quedando unos yuxtapuestos a otros. Pero esta idea de la memoria es totalmente incorrecta.

Si contamos el cuento de Blancanieves y los siete enanitos a un magnetófono, al pedirle que lo recuerde nos lo repetirá palabra por palabra. El cerebro es incapaz de hacer eso, en su lugar hace algo más interesante: no recordará las palabras exactas (salvo quizás algunas frases aisladas) pero si el sentido general del cuento.

Si pedimos al que escuchaba que lo repita, nos contará un cuento básicamente similar al que oyó pero enriquecido con sus percepciones y conocimientos previos. La memoria a largo plazo funciona, pues, seleccionando primero los datos básicos de la información que recibe, e integrando esos datos elegidos en el conocimiento previo ya almacenado.

Los humanos somos únicos en el reino animal por nuestra extraordinaria capacidad para aprender y utilizar lenguajes. De hecho, el lenguaje puede haber sido una de las principales armas evolutivas en el proceso de hominización. Una de las ventajas del lenguaje es que permite fácilmente la socialización del conocimiento.

Cada individuo no necesita descubrir por sí mismo todos los conocimientos que utiliza. La mayor parte de ellos los ha aprendido vía comunicación oral o escrita. Por ello, la evolución cultural ocurre a un ritmo mucho más rápido que la evolución biológica, en la que esta difusión horizontal de la información no se produce.

Parece un hecho comprobado que el lenguaje no se aprende por ensayo y error. Según Noam Chomsky, todos los seres humanos están dotados de la capacidad innata de aprender el uso de una gramática general sin empleo de reflejos condicionados.

El aprendizaje de un idioma concreto se basa en esta gramática general. Por supuesto, saber usar el lenguaje no significa ser consciente de todas sus reglas, del mismo modo que para tirar flechas correctamente con un arco no es necesario saber balística. Así, la mayoría de nosotros hablamos en prosa sin saberlo.

Fuente: Temas Clave de Aula Abierta Salvat – Biología hoy Publicado en el año 1981
Autor: Juan Ramón Medina Precioso

fabriciano

Amante de la informática y de Internet entre otras muchas pasiones. Leo, descifro, interpreto, combino y escribo. Lo hago para seguir viviendo y disfrutando. Trato de dominar el tiempo para que no me esclavice.

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