Los seres humanos vivimos reunidos en espacios diversos, extendidos de forma desigual por toda la Tierra, formando sociedades en cuyas diferentes organizaciones pueden verse los efectos de la explotación del hombre por el hombre, el enfrentamiento o la ignorancia mutua entre diferentes comunidades, y también el resultado de la complementariedad y solidaridad humanas.
Pero al margen de estas y otras muchas connotaciones en torno al vivir de los humanos, el fenómeno demográfico y las distintas fórmulas de reunión o concentración constituyen aspectos fundamentales de la vida del hombre en sociedad.
La demografía y la historia humana
Una rápida mirada a la historia humana desde el punto de vista del crecimiento demográfico nos ofrece algunos datos dignos de tenerse en cuenta. Al principio de nuestra Era se calcula que la población del mundo oscilaba entre 150 y 200 millones de personas.
Fue necesario que transcurrieran diecisiete siglos para que esta cifra se doblara, pero solo un siglo y medio más tarde (a mediados del siglo XVIII) volvió a duplicarse. Sin embargo, la gran expansión demográfica, uno de los factores más importantes del mundo contemporáneo, no comienza de modo generalizado hasta la mitad del siglo XIX.
Pese al natural crecimiento de la población, la fuerte incidencia de las causas tradicionales de mortalidad — enfermedades, epidemias, guerras— mantuvo las cifras en una relativa estabilidad al comienzo de esta etapa. Pero entre 1900 y 1960 la población mundial volvió a duplicarse hasta llegar a los 3.000 millones de personas.
Según recientes estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al final de la década de los ochenta la población humana sumaría unos 4.400 millones de personas y para el año 2000 se estima que se habrián superado los 6.000 millones.
La importancia de las cifras
Las cifras, pues, son lo suficientemente elocuentes como para que pueda verse materializado en ellas una especie de desafío a la muerte y, al mismo tiempo, el punto de partida de numerosos interrogantes sobre la vida en el futuro. Y es que, reducidas al máximo las causas de la muerte y controlado hasta extremos antes insospechados el proceso de la natalidad, hoy se vive en multiplicación demográfica tal que el hombre se siente más preocupado que nunca por las condiciones de su supervivencia.
La manifestación más inmediata y visible de esta actitud está en la desaceleración progresiva de la tasa de crecimiento y en la disminución constante de la fecundidad experimentadas durante los últimos años.
Con todo, en lo que faltaba del pasado siglo la población humana se decía que iba a contar con alrededor de 2.000 millones de habitantes más, habitantes que necesitarían comer, trabajar, educar, convivir y ocupar una vivienda en su correspondiente agrupación humana, porque por muy significativas que las cifras puedan parecernos, hay que tener en cuenta su reparto, su localización y su estructura por edades en países y pueblos con distintos niveles de desarrollo, para alcanzar una visión lo más completa posible de las consecuencias que se derivan de la expansión demográfica.
A tener en cuenta
Uno de los primeros datos que saltan a la vista es que son los pueblos menos desarrollados los que más rápidamente crecen y los que cuentan con mayores porcentajes de población joven, hasta el punto que en el año 2000 se estimó que viviría en ellos el ochenta por ciento de la población mundial.
Y junto a este fenómeno hay que tener también en cuenta que las actuales características del crecimiento aseguran una continua polarización urbana: las ciudades crecen más y más deprisa. Y como los emigrantes son jóvenes y acuden en el momento álgido de su capacidad reproductora a entornos urbanos donde la muerte es más eficazmente combatida gracias a la difusión generalizada de los conocimientos médicos y sanitarios, la multiplicación urbana parece asegurarse de manera definitiva, pero ¿en qué circunstancias?
El sistema urbano
Los hechos demuestran que son muy pocos los recién llegados que logran alcanzar una posición adecuada dentro del sistema urbano. La mayoría permanece en los suburbios del extrarradio, «oscilando entre la esperanza y la desesperación», sometidos a la progresiva acumulación urbana y desarrollando una acelerada multiplicación, que crea problemas de ubicación y sanidad, a la vez que genera una abundante mano de obra barata, carente de especialización, ajena a los instrumentos técnicos y al propio régimen de vida en la ciudad.
Por todo ello las grandes aglomeraciones urbanas se convierten con frecuencia en suburbios insalubres, donde siguen existiendo las ya tradicionales formas de hacinamiento, tan criticadas y rechazadas teóricamente a lo largo de los últimos cien años como ineficazmente combatidas.
Conclusión
En 1960 vivían en ciudades de más de 20.000 habitantes el veinticinco por ciento de la población mundial. En 1980 el porcentaje se elevó casi al cuarenta por ciento, y se calculó que para el año 2000 serían aproximadamente 3.300 millones de hombres los que habiten en ciudades, frente a los 3.186 millones asentados en las llamada áreas o zonas rurales.
De esta forma, del campo a la ciudad, se eleva un claro reto a la supervivencia y una irrefrenable lucha por la vida, factores ambos que contribuyen a explicar los conflictos humanos a través de los problemas que plantean los espacios habitados.
Fuente: Temas Clave de Aula Abierta Salvat – Del campo a la ciudad. Modos de vida rural y urbana. Publicado en el año 1982
Autor: José Sánchez Jiménez