Imaginación

En la literatura, hay un paso entre lo ridículo y lo sublime

Volvemos a recuperar un artículo de los ya desaparecidos Foros de Batiburrillo. Fue escrito por RodoCarmona en la sección de Literatura. Lee y disfruta.

En la literatura, hay un paso entre lo ridículo y lo sublime

En la literatura, hay un paso entre lo ridículo y lo sublime, entre atrapar al lector con una idea, una imagen, un sentimiento o dejarlo completamente indiferente ante la incierta aventura del texto.

Tal vez sea demasiado pretencioso “tratar de asir la esencia de los días” en un papel, no ser un amanuense gélido y eficaz de historias que aspiran a escribirse a sí mismas, buscar la belleza incluso cuando todas las salidas de emergencia vitales conducen directamente a la catástrofe…

Pero no concibo otra forma de escribir que la que asume el riesgo de trasmitir todo aquello que es capaz de soñar, la que se atreve a diseccionar las luces y las sombras que hay detrás de la realidad y aspira a convertirla en mito, en algo que recuerde lo sagrado del acto de vivir ante el espejo de la muerte.

Cayó Cartagho y cayeron sobre ella la noche de los siglos. Como caerán sobre nosotros todas las noches del tiempo. Y quedaremos a la intemperie, sometidos al saqueo que sufren todas las ciudades en ruinas. Convertidos finalmente en cantera para principiar otras vidas. No en vano, en la palabra fin están, balbuceantes, todos los comienzos.

Lo finito busca la eternidad, a la par que la eternidad necesita la finitud para saberse inacabable. Por eso los dioses anhelan el aplauso y el temor de los hombres. Acabemos ya con la liturgia de los géneros literarios. Profanemos el altar de los sonetos.

Todo texto es, para mí, poema, ensayo, novela, memoria

Ya lo dijo Borges “en la letra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Nos cabe el gozo y el dolor, lo pueril y lo profundo, la inmensidad del universo y sus misterios en cada línea.

Era al alba cuando aprendí a no decir jamás las últimas palabras, a comprender que cada día puede ser traidoramente el preludio de un epílogo, a aceptar la decadencia del tiempo que pasó y que siempre acaba por amarillear los libros y la prosa. Era al alba, esa misma alba que cantaron todos los poetas, cuando entendí que no pueden ponerse enmiendas a la felicidad ni a la locura.

Navegan en demanda del sol las corcheas invisibles de un clavecín ausente. El mar azul y plata de Sorolla no sueña, vive su sueño en la agradable duermevela del viento y de la luz. El faro destellea sus palabras amables a todo barco en busca de refugio. Entran a puerto las gaviotas y los viejos poemas. Aparecen por fin, en esta escena, los siete sacramentos de la soledad.

Es tarde ya para la verdad, sea cual sea. El primer paso hacia la libertad es cruzar el Rubicón de las limitaciones propias. Para el resto del viaje nada importa más que izar el mayor trapo posible y zarpar. Zarpar sabiendo que no se puede alcanzar la lejanía. Siempre hay un horizonte más allá del horizonte, un deseo más allá del deseo, un amor más allá del amor, una metáfora más allá de la metáfora.

Zarpar sabiendo que algo está a punto de ocurrir a cada instante, que en todos los ahoras son posibles los milagros y la resurrección del niño que fuimos. Van Gogh pintaba tulipanes junto al río. Y los hizo eternos. Al fin y al cabo, de eso se trata la escritura.

Fabriciano González

Amante de la informática y de Internet entre otras muchas pasiones. Leo, descifro, interpreto, combino y escribo. Lo hago para seguir viviendo y disfrutando. Trato de dominar el tiempo para que no me esclavice.

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