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Los actos adoptados y su sentido

Los actos que adoptamos lo hacemos inconscientemente, independientemente de nuestros compañeros. Los pantalones vaqueros y los pantalones rotos son algunos de los elementos que marcan los actos adoptados. Y hay más... ¿Estás de acuerdo?

Los actos adoptados y su sentido

Los actos adoptados están copiados de otras personas y, como en el caso de los actos descubiertos, no sabemos nunca cómo llegamos a adquirirlos. Sin embargo, difieren de los actos descubiertos porque tienden a variar según el grupo, cultura o país.

Como especie humana somos imitadores natos, y es imposible que un individuo normal crezca y viva en una comunidad sin sentirse influido por sus tics.

La forma en que andamos, nos ponemos de pie, reímos, hacemos guiños, está sujeta a esa influencia. Muchos de esos actos solo los hacemos porque los hemos observado en los demás, pero el proceso de absorción es tan sutil que, en muchas ocasiones, uno no se da cuenta de qué ha ocurrido.

Es, en cambio, mucho más fácil de observar cuando se trata de minorías: por ejemplo, la de los homosexuales, que, en el caso masculino, realizan una serie de actos peculiares de esos grupos. Un colegial que en el futuro llegue a ser homosexual puede no ofrecer, de joven, ninguna característica especial que lo distinga de sus compañeros de clase. Pero cuando se traslade a una ciudad y se una al grupo de homosexuales adultos adquirirá inmediatamente los tipos de comportamiento típicos en ellos.

Su gesto al quebrar la mano cambia, como cambia su manera de andar y su manera de estar de pie. Acentúa la gesticulación del cuello torciendo más de lo acostumbrado la cabeza, frunce los labios y los movimientos de la lengua resultan más activos y visibles.

Se dirá que lo que hace ese muchacho es, sencillamente, imitar a una mujer. Pero, en realidad, sus actos no son imitación de los de una mujer, sino de los de otros homosexuales y se repiten en cada uno de los grupos de homosexuales que hay en el mundo. Es posible que en su origen fuesen movimientos de tipo femenino, pero luego pasaron a constituir un tipo de comportamiento muy alejado del de la mujer.

Eso es tan evidente que una mujer puede imitarlos, mostrando claramente que no actúa como una mujer, sino que finge ser un homosexual del género masculino.

No sólo los seres humanos imitan a sus congéneres. Estudios en colonias de monos y primates han permitido descubrir que en un grupo puede haber gestos que no se encuentran en otros de la misma especie. La razón es que en el primero, han aprendido a imitar a un individuo que inventó unos gestos por su cuenta… Porque lo que resulta claro es que, tanto en los hombres como en los monos, tiene mucha importancia la categoría de la persona imitada.

Cuanto mayor sea su fama, más fácil resulta la imitación. Así absorbemos mucho de la gente que admiramos. Antes era sólo de los que conocíamos personalmente, pero ahora, gracias a los medios masivos de comunicación, lo hacemos también de celebridades lejanas, figuras públicas o ídolos del espectáculo…

Un ejemplo reciente de este culto es la divulgación de una manera desenfadada de sentarse entre los jóvenes de hoy. La forma despatarrada se ha contagiado a todo el mundo en las últimas décadas, y como muchas posturas ésta obedece a un cambio en la forma de vestirse.

Durante los años 60 del pasado siglo, los pantalones cuidadosamente planchados perdieron, en un principio, su sitio desplazados por los bluejeans o vaqueros, que empezaron siendo pedazos de tela de tienda arreglada para uso de los cowboys del oeste y que durante mucho tiempo sólo se consideraron buenos para el trabajo rudo. Después, los admirados elegantes de California empezaron a utilizarlos como ropa cotidiana, y los jóvenes de todo el mundo empezaron a imitarles.

Y no solo eso, también hay que incluir en la lista los pantalones rotos, con más o menos cortes, que podemos ver hoy en multitud de jóvenes y no tan jóvenes. Es la moda del sin sentido, que esperamos que desaparezca en algún momento.

Del uso de esos pantalones, sobre todo vaqueros, procede la costumbre de sentarse abriendo las piernas, en el suelo de la habitación, en las escaleras, tumbados en suelos sucios o ásperos, cuyo contacto sólo los jeans pueden resistir.

Todos los veranos, y también en el resto del año, es fácil verlos en pequeñas y grandes ciudades, en el campo y en la playa. Y el contraste con la forma de sentarse de generaciones anteriores es realmente notable. La prueba de ese cambio impresionante fue cuando, en los grandes festivales al aire libre de los años 60 del pasado siglo, la gente pasaba días enteros tumbada en la hierba, sin que nadie pensara siquiera en la posibilidad de proveerles un asiento.

Claro que los vaqueros, y los pantalones rotos, no son más que la forma exterior de un cambio mucho más profundo, un cambio en la filosofía de la juventud. La apertura de ideas y un estilo relajado de pensar se reflejan en una relajación semejante en su tensión y musculatura. Muchos adultos consideran de pésimo gusto esas posturas corporales, pero, para el observador imparcial, representan un cambio de estilo mucho más que una falta de estilo.

No hay nada nuevo en este cambio. Durante siglos los cronistas han venido anotando la desazón de los ancianos ante las nuevas maneras de la juventud. Unas veces por exceso de elegancia o afeminamiento, otras por demasiada brusquedad y grosería.

En cada caso, posturas y gestos han cambiado en todo sentido y, por un proceso de rápida absorción, los nuevos estilos se han transmitido hasta que desaparecieron, reemplazados por otros. Ahora mismo, ya hay síntomas de que la tendencia al desaliño está en retroceso, pero nadie puede predecir cuáles serán los tipos de comportamiento que imitarán y adoptarán los jóvenes en un futuro próximo.

Fuente: El hombre al desnudo de Desmond Morris. Publicado, en el año 1977, por Muy Interesante, Biblioteca de Divulgación Científica

Fabriciano González

Amante de la informática y de Internet entre otras muchas pasiones. Leo, descifro, interpreto, combino y escribo. Lo hago para seguir viviendo y disfrutando. Trato de dominar el tiempo para que no me esclavice.

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